La aberrante perversión de la Bella y la bestia

bellaybestiaEsta semana, desesperada mi mujer porque ya se acababa su exhibición en las salas de cine, me obligó a llevarla a ver la película La Bella y la Bestia y a mí que poco me gustan las cintas infantiles, la complací con la certeza de que un poco de dulzura y ternura, reblandecerían mi oxidado corazón.

¡Pero qué angustia más espantosa me embargó casi desde el principio de un filme plagado de aberrantes perversiones! ¡Madre mía! Debían prohibirlo a los niños.

Vamos a ver. Comienza a perfilarse la trama cuando un príncipe o duque o qué sé yo qué, que al decir de mi parienta es la mar de guapo, en medio de una fiesta en pleno y crudo invierno, le niega el derecho de auxilio a una pobre anciana, aterida de frío y muerta de hambre que llega arrastrándose hasta el lujoso salón de fiestas pidiendo calor y comida. Como respuesta, el tío la manda a sacar de su opulento castillo. ¡Un horror!

Y a fe mía que la indigente que no estaba de mal ver, no era en realidad indigente, sino una poderosa y brillante hechicera que me causó tal pavor que me comenzaron a castañear las muelas, tanto que una fulana entrometida de las butacas traseras me dijo que no dejaba escuchar la peli a su pequeño hijo y yo, alterado por el temor de lo que veía en la pantalla, le reproché llevar al niño a ver esa película tan terrorífica.

¡Y eso que estaba empezando!

La hechicera indigente que brillaba como un sol, condenó al príncipe o duque a ser una bestia y ¡zas! que lo convirtió en un gigantesco y repelente carnero con derecho a voz, aunque no a voto, porque debía atenerse a las condiciones impuestas por aquel engendro luminoso y  vengativo si quería volver a ser Dan Stevens, o sea el actor que protagoniza el papel del príncipe o el duque y esas condiciones eran que una mujer debía enamorarse de él como bestia, antes que cayera el último pétalo de una rosa que ya se veía bastante marchita. Mi mujer gritó “¡Yo te amo, mi amor!” y le dije que se callara y la gente nos hizo callar a los dos de mala manera.

Pero ahí no se quedó la venganza de la bruja, que convirtió en utensilios y muebles a todo el personal al servicio del príncipe o duque, o lo que fuera. Créanme. Casi se me cortó la respiración… Viejas convertidas en teteras, niños en tazas, mayordomos en candelabros, criadas en armarios… ¡Y todos caminaban y hablaban!

¡Pavorosamente increíble!

Pero todavía faltaba lo peor.

El carnero parlanchín, cuando comenzó a cumplir su condena por cabrón, privó despóticamente de libertad sin juicio previo al padre de una chavalilla la mar de simpática que se llamaba Bella, por el inocuo hecho de arrancar una rosa que le había pedido su niña, un ser dulce, hermoso e intelectual, por lo que pasaba por extraña en un pueblo dominado por Gastón, su malvado perenne pretendiente.

La cosa es que enterada Bella de la suerte de su padre, se ofrece  a cambio de él y la bestia la sentencia a quedarse allí para siempre… Es decir, la secuestra impunemente, al más puro estilo de Maduro.

Los utensilios y mobiliario del castillo que eran bondadosos como el que más, se alegran de su decisión, porque anhelan que la chica se enamore del carnero y se rompa el encanto, al final del cual, si no se resuelve, les enviará a la muerte…

Al poco tiempo, Bella se ve afectada por el síndrome de Estocolmo y se siente a gusto al lado del engendro que comienza a dar visos de simpatía por su rehén… ¡Alegría para la servidumbre condenada! Dolores de pecho para mí que no soy capaz de soportar tanta irracionalidad.

La cosa es que, acelerando el desenlace, el monstruo deja libre, por amor, a la intelectual para desolación de la servidumbre.

Pero, no recuerdo exactamente por qué agobiado como estaba por el pánico, Gastón manda al loquero al padre de Bella a quien creía haber dado muerte y a la propia protagonista y se dirige con una vociferante poblada a ultimar al carnero.

A todas estas, apelando a la más obscena  zoofilia, la película da cuenta de que la damita se ha enamorado del animal, por lo que debe huir de su encierro para ir a salvarlo..

Hubo un ir y venir de acontecimientos, tiros van, tiros vienen y muere el malo del Gastón que se cae al desplomarse un puente, no sin antes dar un par de certeros tiros a la bestia, que queda expuesta a las garras de la indolente Parca. cuando ya ha caído el último pétalo y su personal comienza a convertirse en vajillas, muebles o candelabros, sin vida.

Y ahí vino lo peor. En un repulsivo acto paralelamente zoófilo y necrófilo, Bella besa al cadáver del carnero, diciéndole que lo ama y mi mujer sollozando, comenzó a gritar “yo también, yo también”, para irritación del público del cine. Yo ya no tenía fuerza para reaccionar.

En eso, apareció de nuevo la hechicera indigente y con el mismo brillo del principio, dio por buena la ruptura del encantamiento y el carnero volvió a ser el príncipe o duque con cara de Dan Stevens, y su personal, gente de verdad.

Y yo me quedé atenazado en mi butaca, hasta que llegó el personal sanitario que me inyectó un relajante muscular para que pudiera espantar el agarrotamiento que me produjo el pánico.

Desde entonces no puedo dormir atenazado por el miedo y además porque mi mujer no deja de deslizarse por toda la casa cantando…:

“Se oye una canción que hace suspirar

Y habla al corazón de una sensación

Grande como el mar

Algo entre los dos cambia sin querer

Nace una ilusión, tiemblan de emoción

Bella y Bestia son”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s