La muerte del hijo del viejo Tochón


El viejo Tochón era un hombre de unos 75 años, que parecía venir en el mismo paquete de Serin, S.A., la empresa italiana para la que trabajé durante siete años en Venezuela. Nadie sabía desde cuando estaba allí y no recuerdo si cuando me reencontré con el periodismo seguía allí. La cosa, en todo caso es que como me dijo otro viejo, Ficarra, con las mismas características de Tochón, que Serín duraría hasta que yo me fuera y así fue, sé que el viejo Ficarra murió poco después, pero el viejo que hoy me ocupa, no sé si vive (lo dudo por el tiempo transcurrido) o ha muerto (lo más seguro).

El viejo Tochón era uno de los tres ancianos que por haber agotado su tiempo útil en el departamento de Servicios Generales y que por su fidelidad a la empresa no se le quería dejar en el paro se le había ofrecido ser vigilante de planta con su mismo sueldo más horas extraordinarias, que no eran pocas porque en lugar de las 40, trabajaba 60 o más horas a la semana.

Un hombre exasperantemente práctico

Quizás lo que mejor defina la personalidad del viejo Tochón que hasta que se le ofreció la vigilancia de la empresa había cambiado durante no sé cuántos años, los neumáticos del enorme parque automotor de Serin, se concentra en aquel día en que habiendo gastado una nada desdeñable cantidad de dinero para adquirir productos que acabaran con la plaga de hormigas que había invadido el edificio administrativo, le pedí que hiciera un alto en sus labores que se reducían a estar sentado todo el día en una vieja silla de madera frente a la entrada de nuestras instalaciones, y acabara con las hormigas…

…Desechando los productos que le puse a su disposición, comenzó a matar hormiga por hormiga, con un dedo, mientras me explicaba que “hormiga muerta no vuelve”.

¡Qué glorioso el angelito!

Un día, el viejo Tochón que tenía su casa en el campo donde vivían su joven esposa de 24 años (una mujer muy agradecida según sus palabras, que le respondía con amor y fidelidad haberla apartado de la pobreza) y el menor de sus hijos, de dos años, me contó que el pequeño tenía sarampión y aunque quise darle permiso para ir a verlo y llevarlo al médico, con absoluta seguridad me dijo que los “hermanos” estaban orando por él y eso lo sanaría. Vamos, que no fue aunque solo los veía los domingos.

Un día después, con evidente dolor, me pidió permiso para ir a su casa porque le habían comunicado que el niño había muerto. Naturalmente se lo di y le ofrecí el equivalente a 800 dólares para el entierro, pero me explicó que necesitaba al menos unos 2.500 porque quería rendir al angelito, los honores póstumos que se merecía. El gerente general no tuvo reparos siempre que Tochón trajera las facturas correspondientes y así se lo hice saber al viejo agradecido.

Pese a que la legislación le otorgaba al pobre padre cuatro días de permiso, Tochón no regresó sino hasta dos semanas más tarde cuando me entregó la factura de la empresa funeraria que ascendía a 600 dólares y me explicó que había gastado 10 mil. Obviamente le expliqué que no podría pagarle todo eso, aunque le requerí los recibos para ver qué se podía hacer.

Cubbeddu, el mandamás y yo, no entendíamos cómo un funeral campesino podría haber salido tan caro pero nos lo explicamos cuando al día siguiente nos trajo la relación de gastos…

Estaban plasmados con lápiz de grafito con la mayor inseguridad y faltas de ortografía imaginables en un trozo de papel de envolver…

50 cajas de cerveza de 36 botellines…. tanto
12 cajas de whisky Dimple de 6 botellas de 75cl… tanto
24 cajas de Ron Cacique con seis botellas de litro… tanto
Una vaca y cinco cerdos… tanto
Matarife… tanto
Tartas, arepas, jamón, queso huevos, todo por kilos y docenas… tanto
Mariachis y grupos musicales llaneros… tanto

Total 9.400 dólares que con los gastos de enterramiento, sumaban justo los 10 mil.

Aunque resulte perverso reconocerlo, Cubbeddu y yo, encerrados en mi despacho, no pudimos contener las carcajadas y tal vez condicionados por el natural remordimiento, buscamos la forma administrativa de justificar los gastos y le pagamos.

Hacen más de 30 años que no sé nada del viejo Tochón, pero mirad cómo y por qué, lo he recordado con el aprecio que siempre le tuve

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