Cerca de mi casa había un bosque

Cerca de mi casa había un bosque donde a diario iba a pasear al perro. Estaba situado en un pequeño cerro y era refrescante caminar entre sus árboles, bordear los arbustos, contemplar los rayos solares filtrándose entre las ramas. Era increíble poder, en medio de la ciudad, aislarme del bullicio, de la gente, de los coches. No tenía precio sentir el descanso del espíritu con el cansancio del cuerpo que se alimentaba de la pureza de un oxígeno recién alumbrado.

Pero, un día a algún político, de esos de los que decía mi abuela que son más tontos que hechos de encargo, se le ocurrió que ese bosque frondoso podría incendiarse y así sin más, para evitar siniestros, cortó por la raíz y mandó a talar los viejos árboles, algo así como “muerto el perro se acaba la rabia” y ahora ese sitio de solaz, ese bosque espeso, se ha convertido en un simple cerrito con algunos árboles.

Razón tenía mi abuela cuando me rogó encarecidamente que si era malo de mayor, era preferible robar o estafar, pero jamás ser político y me lo hizo jurar. Y cada vez que en mi vida se ha acercado alguno de estos peligrosos elementos a contagiarme su mal, me he mimetizado en la más pura gilipollez… me he convertido para sortearlos, en un “santo cachón”

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