A los cinco años descubrí el cuerpo femenino

El otro día encontré imágenes recientes de la casa que vivimos mi padre, mi abuela, mi madrastra, mi hermano y yo, recién llegados a Viña del Mar en 1954. Esa vivienda todavía está en pie (es la que ilustra esta nota), en el pasaje situado en la calle 2 Oriente, entre 9 y 10 Norte. Justamente se llama Pasaje 9 y medio Norte.

Muchas cosas ocurrieron en el barrio mientras vivimos allí. Una de ellas, está recogida en mi libro “Segismundo… ¡Pobre ángel!” que si bien no es autobiográfico, sí recoge entre un océano de ficción, algunos pasajes de mi vida, como el que contiene su capítulo IV:

“Un mar permanentemente embravecido, que desdecía abiertamente su nombre de Océano Pacífico, y una ciudad pequeña como lo era para aquel entonces Viña del Mar, dividida en tres clases sociales muy acentuadas y distantes las unas de las otras, sorprendieron a la familia.

Al niño le fascinaban aquellas enormes olas que rompían sobre las rocas de la Avenida Perú, el único sitio donde solía llevarlo a pasear la yaya. Pero, así como le atraía el mar, posiblemente influido por doña Josefina, ese entorno humano en el que comenzaba a sumergirse, no terminaba de gustarle. Esa gente en su conjunto le parecía diametralmente distinta a la de su Terrassa natal. Los viñamarinos recelaban los unos de los otros, dependiendo principalmente de sus oficios, sus aspectos o los sectores donde residieran.

Lo más increíble de todo, es que muchas de las diferencias se sustentaban en la supuesta alcurnia de los apellidos, siendo los heredados de los vascos pobres los más enorgullecedores en aquella compleja sociedad. Segismundo, a través de la memoria de la abuela, no recordaba que en su pueblo ocurrieran cosas tan pintorescas.

La ciudad sin embargo, dejando de lado el mar, que calmo o tormentoso le daba  el encanto propio de cualquier poblado marinero, era, con sus chalets rodeados de hermosos y floridos jardines, el extremo opuesto de su gris y anodina villa originaria. Y la diferencia no estribaba solamente en esas casas bajas tipo chalé, sino también en esos coloridos y modernos edificios con las que compartían espacio, muchos de los cuales se disparaban hacia el cielo al borde del estero Marga-Marga. Ese estero, lleno como estaba de aguas quietas que servían de nido a millares de mosquitos en verano, era más encantador aún en esas condiciones de abandono, que las tristes  y comúnmente secas rieras terrassenses que solamente llevaban agua a raudales en contadas ocasiones causando  serias inundaciones en la localidad catalana.

En ese nuevo escenario Segismundo tuvo, como todo mortal, aunque tal vez algo prematuramente, ocasión de relacionarse con una chica.

Días después de cumplir los cinco años, transcurridos pocos meses desde su arribo a Chile, comenzó a gustarle Ana María, una rubita con unos ojos de un azul intenso como el cielo y pícaras pecas, con la que había compartido inocentes intimidades nada más conocerse.

***

Por muy básicas que fueran aquellas sensaciones parecidas a sentimientos amorosos, es preciso recordar el pensamiento certero, justo y ecuánime de doña Josefina respecto a las futuras relaciones sentimentales de Segismundo, porque marcarían con rotundidad su porvenir.

-Mi niño ha de casarse con una chica honesta y virgen, como su abuela. -Solía afirmar la matrona.

El pequeño que había comenzado a conocer los sinsabores de la vida hacía apenas un lustro, solo atinaba a sonreír, quien sabe si intentando bloquear la sarta de estupideces que decía su abuela, o simplemente porque se sentía de alguna manera halagado por ser considerado como un adulto al que ya se le podía hablar de matrimonio. Aunque la suposición menos errada con relación a esa sonrisa complaciente, es que probablemente no entendía lo que decía la yaya, y simplemente lo hacía porque la veía sonreír.

Mas, doña Josefina no solamente deseaba damas honestas y vírgenes para el niño de la nariz luenga y grande, por lo que invariablemente añadía en tono absolutamente imperativo:

-¡Y debe ser catalana, porque las demás mujeres son unas putas!

Esa fijación tenía su explicación en el hecho de que ella, la buena dama, célibe desde la muerte de su mártir y agresivo marido, a pesar de ser almeriense de nacimiento, se sentía catalana como la que más, e incluso,  había hecho un gran esfuerzo, en vano, por aprender la lengua de la tierra. Aunque Visitación cumplía con creces con aquella regla, ya se ve que se había constituido en la excepción que a todas luces la confirmaba.

Pero no eran aquellas las únicas normas que imponía la selectiva dama a las candidatas que en un futuro pudieran desear compartir su vida con la de aquel chaval, porque, además, a todo lo anterior le añadía un dicho muy elocuente el que visto lo visto, jamás pudo aplicarse a sí misma:

-La suerte de la fea, la bonita la desea, -sin precisar a qué suerte se refería, porque quienes la escucharon afirmando tales necedades, que no fueron pocos, ya que tenía la costumbre de hablar mucho, largo, repetido y tendido, más bien sentían lástima por aquella eventual pobre chica, que pudiera equivocar su camino hacia aquello que poco se sabía si era un niño pequeño con una gran nariz o realmente una gran nariz con un niño pequeño.  ¡Segismundo distaba mucho de ser guapo! La cuestión, en fin, es que la primera infancia, niñez, pubertad, adolescencia y temprana juventud de Segismundo, la pasó en Chile y en Chile  no fue precisamente con una catalana honesta, virgen y fea, con quien tuvo su primera, ni tampoco su última anécdota amistoso-sentimento-sexual, sino simplemente con una niña.  Era una pequeñaja así de chiquitina que por su edad era honesta y sin duda virgen, pero por mala suerte desde la forzada óptica de doña Josefina, era chilena de nacimiento y de costumbres, aunque la madre era norteamericana… y el padre bombero. En un principio llegó a pensar que la niña era de origen europeo.

***

Ana María como ya hemos anticipado, era el nombre de la moza.  Tenía entonces como él, cinco ingenuos añitos y era, amén de una monada, vecina del barrio.

Pese a la prohibición de doña Josefina de que Segismundito alternara con los indios chilenos, los niños no tuvieron mayores problemas para comenzar a conocerse y jugar juntos, convencida como estaba la yaya al principio de que aquella pecosa rubilla de ojos azules era hermana de otro vecino, Björn, un mocillo nacido en Oslo, o sea, europeo.

Aquella mocosa simpática que día tras día se apostaba frente a la reja del jardín de la casa familiar de los recién llegados españoles, tuvo así y poco a poco, acceso a la rígida morada de Robustiano y Visitación, pero especialmente y sobre todo, la de doña Josefina Millares Hernando, que aportaba, según ella misma decía, “respetabilidad, honradez, honorabilidad y decencia a los ojos de los vecinos,” explicación a la que añadía siempre que la daba en presencia de su sufrida nuera: “porque otras no hacen gran cosa para que nos las merezcamos.”

-¿Cómo te llamai, oye? -fue la primera de las muchas preguntas que tuvo que responderle a Ana María el bueno de Segismundo. Con esa chiquilla se enfrentaba por primera vez  en solitario a un ser humano que no fuese de su familia. Y de ahí en adelante, con la confianza plena de la abuela en la castidad del niño -a los cinco años hasta el más puto de los hombres ha sido casto- y con la plena confianza de doña Mary, madre de la niña, en su castidad -a los cinco años, hasta la más zorra entre las zorras ha sido casta- se inició una amistad de la que de esa castidad, aunque con matices, hablan a las claras algunas anécdotas a las que pese a todo, al niño no le marcaron en absoluto…

¡Pocas cosas marcan la vida de aquellos a quienes el destino no ha proporcionado muchas luces!

A Segismundo la abuela no le enseñó nunca a encender las luces de la inteligencia.

-¿Vos tenís rajita o tenís pico? -Le preguntó un día la dulce niña cuando conversaban de cualquier cosa en medio de un solar baldío anexo a la vivienda alquilada por los Salmerón.

Obviamente el pequeñuelo no tenía ni  pijotera idea de que la rajita y el pico no eran otra cosa que las humanas vergüenzas, es decir, el coño y la polla, cuya simple mención ocasionaba las iras de la abuela la que de sólo pensar que tales palabras hubiesen sido pronunciadas por Segismundo, le daría tal paliza que le haría ver estrellitas.

Pero como la pregunta la interpretó literalmente, su respuesta no fue del todo afortunada:

-Yo tengo una rajita, -le contestó, y antes de que la sorpresa de la chiquilla alcanzara a exteriorizarse, le enseñó un pequeño rasguño que se había hecho en la rodilla izquierda, producto de una caída en una de los tantos intentos de huida de las iracundas explosiones de furia de la abuela.

Anita María se rió de buena gana por lo que al principio pensó que era una broma, pero luego recordó lo que su padre le había dicho acerca de los peculiares vecinos: “No me gusta m’hijita que se junte con esos gallos, porque son españoles y los españoles son muy lesos, puh”. Es decir, que en opinión de la chiquilla, Segismundo no había entendido lo que eran ni la rajita ni el pico porque era un leso, es decir, un gilipollas.

Muy práctica la mozuela, se aprestó, con toda la inocencia e ingenuidad del mundo, a mostrarle a Segismundo su rajita, y  así, sin más, se levantó la falda y se bajó las braguitas.

Lo que quedó expuesto a sus ojos jamás lo había visto y como hasta ese instante lo único que conocía del entrepiernas, eran sus propios colgajos, siempre había pensado que eran comunes a todos los mortales.

-¡Co…! -exclamó Segismundo aterrorizado. ¡Te han cortado la colita! Ana María volvió a reír, pero esta vez divirtiéndose del “leso” que tenía al frente y le corrigió…

-Las colitas las tienen los perritos.

En un intento de rectificación para que la dulce niña no se quedara en su error, Segismundo utilizó otras palabras para expresar lo mismo:

-¡Te han cortado la polla! La chiquilina quedó algo contrariada porque no alcanzaba a entender qué tenían que ver un perro o un ave en todo aquello. Pero estaba en su razón.  Ante la creciente confusión de su ibérico amiguete, Ana María le explicó que las chicas tenían rajita, que a Segis se le antojó como una tímida rayita en el lugar donde él tenía su pipí y sus bolitas, y que los chicos tenían el pico que era algo que ella nunca había visto.

-¿Me querís mostrar tu pico, cabrito? -le rogó mimosamente. Sin embargo, ante la renuencia del chaval, terminó exigiéndoselo:

-¡O me mostrai tu pico o te acuso con mi mami!

Extraña amenaza, ciertamente.

Temeroso no tanto de la madre de Ana María, como de las manos poderosas de la Yaya, el peque se quitó sus pantalones cortos y sin bajarse del todo los calzoncillos, dejó ver a la sorprendida vecina sus nada despreciables intimidades que casi hacían juego con su nariz. Pero, inesperadamente, la moza, en un posible arrebato de pudor, salió corriendo en veloz carrera hacia su hogar dando agudísimas voces…:

-¡Mami, mami! ¡El coño me mostró su pico!

Debemos dejar claro que en Chile “coño” no es el sinónimo de la vagina sino un adjetivo con el que se denomina, dizque cariñosamente a los hijos del Mío Cid, sin distingos de color, edad, raza, sexo, autonomía -para aquella época, región- o religión.

Fue tal el escándalo que se armó que se enteró todo el barrio y medio Viña, hasta el punto de que el Padre Estuardo, el párroco de la Parroquia de San Antonio en la Calle Quillota, la más popular de toda la ciudad, se personó en ambas casas buscando la reconciliación chileno-hispanoamericana, misión en la que tuvo indudable éxito al comprender todos que sólo habían sido cosas de niños.

Pero la unanimidad en la comprensión en torno al asunto fue solamente en las formas, porque en el fondo, todo aquello no hacía sino confirmar los más oscuros presagios de la yaya, en el sentido de que sólo las catalanas practicaban la castidad como principio inalterable de vida. Sin ir más lejos, esa niña, de la que en tardía hora se enteró que era nativa de aquella tierra de salvajes, había demostrado ser un capullo de libertina.

Tras el buen hacer del clérigo y en honor a la convivencia y buena vecindad por él predicadas y aceptadas por Robustiano, Visitación,  Mary y el padre bombero de Ana María, las partes permitieron el reinicio de la inocente e ingenua amistad entre los niños, todo ello eso sí, y por decisión unilateral y secreta, bajo la supervisión de doña Josefina, quien desde ese momento se constituía como único miembro, fiscal y juez de una suerte de tribunal no declarado del Santo Oficio: “He de salvaguardar la honra de mi niño” pensó la abuela con furiosa vehemencia, y con la firme determinación de llevarlo a la práctica.

Y con la renovada confianza de sus progenitores, los niños volvieron a reunirse en el mismo solar baldío.

Durante los primeros días, las ingenuas conversaciones, adornadas con las cantarinas risas de la más genuina inocencia, versaban sobre arañitas, mosquitas, perritos, florecitas. En los días siguientes siguieron divirtiéndose con la narración de algunos cuentos infantiles, que si “Pulgarcito”, que si “El gato con botas”, que si “Pinocho”, que si “La caperucita roja”… que si “La Cenicienta”, que si “Blanca nieves y los siete enanitos”. En fin. La cuestión es que con ese último cuento bajo la mira, demostró Ana María no ser del todo consciente del revuelo causado con lo ocurrido en su anterior encuentro, porque hablando de los personajes de aquel precioso cuento, le asaltó una duda que quiso zanjar con una pregunta:

-¿Vos creís que la Blancanieves cuando se iba a la cama les mostraba el poto a los enanos?

Segismundo, pudoroso amén de temeroso del castigo divino que utilizaba como instrumento el brazo implacablemente ejecutor de la abuela, enrojeció y bajó la vista. Sabía porque lo había oído en la calle, que en Chile llamaban poto al culo.

No le respondió, recordando la reciente tormenta vecinal. En vista del silencio y con el dicho aquel de que el que calla otorga muy asimilado, Ana María, tal vez considerando a su coleguilla como a uno de los siete enanitos, se bajó las braguitas, se puso de espaldas y le enseñó su albo y pecoso culete.

Segismundo estuvo a punto de echarse a llorar, más aún cuando la preciosa chavalilla comenzó a insistirle que le dejara ver sus nalgas.

-¡No seai malo, cabrito! Yo te mostré mi poto, puh. Déjame ver el tuyo.

De nada le valieron al niño ni su temor ni su pudor, porque ambos sucumbieron ante la insistencia de la niña, tal como muchos siglos atrás había cedido Adán con la manzana prohibida que le ofreció Eva a instancias de un Lucifer reconvertido en serpiente.

Antes, eso sí, quiso asegurarse de que nadie se enteraría de aquello que consideraba una terrible falta. ¿Una terrible falta? ¡Qué va! ¡Un pecado mortal!

-¿Me juras que no le dirás a tu madre que te he enseñado el culete?

-¡Te lo juro! -aseguró ella.

-¿Pero me lo juras de verdad?, -se quiso proteger el niño antes de caer en la indignidad.

-¡Cruz p’al cielo! -le respondió ella, besando los dedos pulgar e índice de la mano derecha cruzados.

Segismundo se dio la vuelta, se bajó los pantalones y a la vista quedó su también blanco nalgatorio.

Un solo alarido bastó para alertar a la vecindad de que algo había truncado la buena marcha del destino.

Ana María salió más que corriendo volando, en pos del lar protector al grito de:

-¡El coño tiene el poto sucio! ¡El coño tiene el poto sucio!

Ese otro escándalo, de mayores proporciones que el primero, tuvo que ser nuevamente apaciguado  por el padre Estuardo, quien puso un término de tres meses para que los peques aprendieran la lección y pudieran volver a jugar como niños, que lo eran.

Al menos eso parecía

Después de lo acontecido con la vecinita, la infancia de Segismundo siguió transcurriendo, aunque de forma mucho más radical, entre dos bandos bien definidos por su buena abuela, Josefina. Por una parte el de las mujeres puras y por el otro el de las mujeres putas.

La lista de las primeras era harto poco generosa y en ella figuraban aparte de la interesada y una prima segunda por parte de madre que había fallecido a los nueve años, la Gertrudis, una mujer impresionantemente buena. Esa santa, en opinión, lógicamente de la yaya que para algunas explicaciones, pese a su materialismo marxista, se ponía muy mística, “vivió toda su vida sola con tres cerdos para evitar que algún tío asqueroso pudiera acercarse a ella y la tentara con el pecado del origen”. Y junto a esas tres mujeres, ya generalizando, entre las más puras estaban por lo que ya hemos anotado con anterioridad, todas las catalanas, que al decir de la abuela, eran además, “fieles, virtuosas, trabajadoras y feas,” adjetivo este último, que solía acentuar como si fuese el más importante para llevarlas a los enorgullecedores listados de las heroínas de la revolución, o en su defecto, a los altares.

En la lista del otro bando, estaban todos los demás engendros con forma de mujer del mundo. La abanderada por derecho propio era, desde luego y pese a ser catalana,, Visitación, la madre de Segismundo.

¡Eso sí! Las mujeres hermosas, eran entre todas, lo peor de lo peor,- incluso peores que las prostitutas-, amén de embajadoras del mismísimo Lucifer.

Fue por aquella época, una vez que Visitación fue paulatinamente apartada por la abuela de toda actividad en la crianza de Segismundo para evitar que le contaminase con su mal, cuando las tradicionales oraciones que recitaba el niño antes de irse a la cama a instancias de la madre, como el avemaría o el padrenuestro, fueron reemplazadas por unas improvisadas curiosamente, por la comunistísima doña Josefina.

Así, el pequeño Segismundo, después de hacerse la señal de la cruz, oraba: “Señor Dios, señor hijo, señor Espíritu Santo. Ilumina mi vida para que no se cruce en mi camino otra niña mala como Ana María ni otra mujer peor como mi madre ni como muchas otras que nos ha enviado el Ángel Caído, para tentarnos en el pecado. Bendíceme cuando sea grande con una catalana honesta y hacendosa que no sea guapa, pero sí virtuosa y que me dé muchos hijos y que cuide de mi buena abuelita cuando sea viejecita. Amén.”

¡Ah! Por supuesto que la amistad con la dulce Anita María jamás volvió a reanudarse.”

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