Con algunas deserciones a la disciplina los rábanos permiten gobernar a Rajoy

España es un país extraño, preocupantemente divertido. Una nación que convierte lo cómico en serio y lo serio en cómico. Al menos a la vista de un mundo que cuando quiere reír echa una ojeada hacia esta nación tan diferente, pintoresca y peculiar.

Y en este Reino que tiene un Rey heredado, paradójicamente, de una dictadura, hemos tenido un gobierno en funciones durante once meses y dos elecciones generales en seis. En este territorio que cambia su historia a gusto del consumidor, algunos pocos iluminados se dedican a la política para a nombre del servicio público, tener un trabajo bien remunerado y conseguir otro a los amiguetes del barrio o del partido. Asimismo, es tan buena la política, que los profesionales mediocres de cualquier índole, se enchufan a ella en cualquiera de sus partidos y pasan por obra y gracia del amiguismo tan propio de estas tierras, a ser próceres indiscutibles en sus materias y se les llena de reconocimientos. títulos, cargos y honores.

En fin. En este Estado tan particular en la que el atrevimiento de la ignorancia rezuma en cada rincón, los rábanos han permitido con su abstención que su colega de la derecha, Mariano Rajoy, repita en la presidencia del gobierno, pese a las vanas pataletas de ambición del destructor del PSOE, Pedro Sánchez. Cierto es que muchos de los rábanos, especialmente catalanes que no conciben en su dura mollera que es mejor un partido rabanito haciendo una buena oposición que perpetrar en España otro rabanicidio como el de Zapatero, votaron no a la investidura, pero no por motivos ideológicos, porque estos caballeros que no perciben la izquierda como no sea a través del populismo efectista barato, ocupan el mismo sitio de los populares al servicio del gran capital. Ese es el encono… No hay espacio en el gallinero para ambos.

Y es que aunque estos socialistas de salón no lo sepan, su aparición coincidió con la necesidad de la oligarquía internacional de contener el crecimiento marxista, creando partidos a los que llamaron social demócratas, cubriendo a berreantes y dóciles ovejas con pieles de lobos.

No sin razón, llamaron los bolcheviques rábanos a estos sujetos… rojos por fuera, blancos por dentro.

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