El doctor “tocagüevos”

De pequeño, una vez al año el colegio de curas donde estudiaba en Santiago de Chile, realizaba a través de un médico que creo que se llamaba Camilo y tenía cara de forense, o sea algo así como de zombi, realizaba a todos los estudiantes del plantel, un examen físico que la primera vez me resultó humillante y estresante.

Me explico. Para hacer el examen, aquel médico al que lo único que parecía interesarle, aparte del estado de la vista, era el de los testículos lo que lo convertía literalmente en un “tocagüevos de cojones”, nos obligaba a mis compañeros y a mí, a quedarnos en camiseta y calzoncillos en la sala del coro, que se convertía en un pequeño consultorio y una amplia sala de espera, separados por un biombo blanco.

La cuestión es que mi abuela, con el beneplácito de mi padre que era algo adicto a no gastar en nimiedades, desde que tuvimos uso de razón, nos confeccionaba a mi hermano y a mí, unos estrambóticos calzoncillos a partir de sábanas de dril que ya habían cumplido exhaustivamente con sus funciones y las camisetas con la muy barata tela  de arpillera. Ella se sentía útil, mi padre ahorraba una barbaridad y yo sufrí una tremenda humillación cuando tuve que despojarme de mi ropaje exterior delante de mis colegas.

Aquello fue bochornoso y divertido. Bochornoso para mí, divertido para el resto de mis compañeros, el médico y la enfermera.

Como resultado de la vergüenza primero y los llantos en casa después, mi buen padre accedió a comprarnos una camiseta y unos calzoncillos a cada uno, para la revisión médica del año siguiente. Sin embargo, la oportuna intervención de mi madrastra, una mujer práctica que partía de la base de que las fortunas hay que gastarlas para disfrutarlas, se encargó de que dispusiéramos de una extensa variedad de ropa interior, tanta que mi hermano y yo, si no hubiese sido poco pudoroso, nos hubiésemos desvestido en los patios del colegio para presumir.

Pero no fue solamente la ropa interior el foco en que mi padre quería ahorrar, sino también en las gafas que necesitaba prácticamente desde que nací. Era, soy y seré, por mucho tiempo, espero, medio ciego, pero pese a que el médico del cole, desde 1959 comenzó a enviar notas a casa explicando mi grave problema visual, mi querido padre decía que él no tenía hijos estropeados y que yo, que desde la primera fila apenas guipaba lo que ponía en el pizarrón, tenía vista de lince.

No fue sino hasta 1965, seis años después del primer diagnóstico, cuando alguien, posiblemente mi madrastra, le convenció de la conveniencia de ir al oculista.

En las fotos que anexo, podrá observarse en qué año  unas gruesas gafas negras, me cambiaron la perspectiva del mundo. No tengo fotos de los gayumbos ni de la camiseta. Lo siento

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s