Sufro cuando muere el torero y también cuando muere el toro

Ayer murió un torero. Lo siento por los suyos y también por él que posiblemente creció en un sector de esta tierra tan orgullosamente Europea, pero curiosamente salpicada por esa España profunda que se niega a recular y lleva siglos confundiendo sadismo con arrojo y masoquismo con valor.

También lo siento por el toro, (por todos los toros), porque llega al ruedo sin más opciones que las de hacer babear en las gradas a los brutos que con vino, jamón y pan en sus manos y fauces, contemplan satisfechos cómo clavan  al animal debilitadoras banderillas y le corre la sangre y se le escapa el alma en la suerte de varas. Ese es el triste segmento de la población por el que pervive aún la aberración, por que alcanza su disfrute el clímax, aunque la inteligencia se resista a creerlo, cuando el toro llega exhausto y agonizante al enfrentamiento supremo ante un sujeto que ostenta la dudosa razón humana y saborea el placer del sufrimiento clavando la espada hasta lo más profundo del inocente ser…

¡Hasta cuando!

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