Los espejismos no pueden ocultar la decadencia

Cuando escuchas a algún político -gobernante, claro- hablar sobre la ciudad, da la sensación que estamos disfrutando del sétimo cielo. La imagen que emerge perfila una urbe, con unos empresarios que hacen del incentivo laboral su dogma de fe, unos artistas e intelectuales de insospechada maestría y unos dirigentes que solo pueden haber tenido como escuela la que en la mítica Vanaheim instruía a los dioses Vanir.

Pero ni lo uno, ni lo otro, ni tampoco lo demás…

Empresarios mediocres como los del resto de España, artistas e intelectuales que si no crecen al amparo de la refulgente luz del caciquismo aburguesado, mueren muchos en el anonimato, y unos políticos de “apaga y vámonos”, reflejan lo que es en realidad el municipio.

Si se escucha hablar de progreso, de inversión, de futuro, de resurgimiento y de cuanta cosa hermosa permita la vastedad idiomática y la fértil imaginación de los interesados que vertebran espejismos frente a la realidad, basta con dar un paseo por cualquier sector urbano para encontrarnos con locales, edificios, naves que un día dieron cobijo a la actividad y a la ilusión, pero que hoy solo son sombras fantasmales de lo indesmentible.DSCN1261

 

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