¡Qué tiempo tan feliz!

cumple

En la gráfica de 1955 de izq. a derecha: mi hermano Juan, Osvaldo, Ana María, el suscrito, María Luisa y mi primo Jordi

En mi época de niño, es decir hace más o menos 60 años, todo era más simple, más natural. Nada estaba contaminado ni con la tele ni con las nuevas tecnologías. En el cine disfrutábamos con las seriales de Fu Man Chú o Flash Gordon en blanco y negro y westerns casi siempre también en blanco y negro y en ocasiones muy celebradas, en colores. A través de la radio nos divertía “El conejo Tam-Tam”

Jugábamos todo el día en la calle y respetábamos, como se repite como un dogma indiscutible, a nuestros mayores…

…A veces…

Creo que ya lo he contado, pero por si acaso, lo repito. Un día que jugábamos en los columpios, balancines y toboganes de la plaza del Coliseo, un antiguo gimnasio de boxeo abandonado que coronaba su corazón, nuestro amigo Osvaldo Torres reconoció en una vieja vestida de negro que descansaba su oxidada humanidad en un banco de madera, a la mismísima bruja de Blanca nieves.

No pasaron desde el descubrimiento, su difusión y los primeros insultos a la malvada anciana, más de diez segundos. Otros diez los separaron de las primeras piedras que con atolondrado y temeroso esfuerzo conseguimos en el suelo y menos de cinco para comenzar a lanzarlas contra la desdentada mujer.

La perseguimos varias calles y si habíamos sido cinco o a lo más seis los que iniciamos la persecución, en tres o cuatro calles éramos quince o veinte. La bruja desapareció exhausta detrás de una puerta. Cuando nos cansamos de comentar con todos los mortales que se cruzaban en nuestro camino que habíamos puesto a la fuga a la bruja de Blanca nieves, regresamos a la plaza del Coliseo.

Osvaldo Torres propuso ir al día siguiente a la casa del engendro, porque seguramente era hija del inmortal Caín, que según cuenta la Biblia, mató con la quijada de un burro a su no muy querido hermano Abel y castigado por ello por el buen Dios, a errar eternamente por la Tierra.

Sin embargo, al día siguiente, recibidas las reprimendas y no pocos cachetes de nuestros mayores, que informados quizás por quién de nuestra proeza, no la aprobaron, nos dejaron a cada uno en casa a manera de severo castigo.

No fue aquello de extrañar en unos años que cuando estábamos en grupo y uno de nosotros se tiraba un pedo, todos corríamos a oler culos en busca del responsable.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s