Durante una época fui pintor sin renombre, ni fama, ni menos calidad

pinturaAllá por 1983 o principios del 84, durante una tarde de aburrimiento extremo y calor sofocante, envalentonado por el inesperado éxito que comenzaban a tener en la prensa venezolana mis “Consejas y consejos del viejo Casimiro”, pensé no sin cierta vanidad y crecida autoestima, que si pintaba como escribía, todos los artistas del lienzo y la paleta que me habían precedido, verían opacado su esplendor ante la refulgencia del mío.

Cogí entonces una cartulina, una caja de acuarelas y di rienda suelta a mi dudosa genialidad…

En la cumbre de un cerro coronada por un árbol seco que servía de silente centinela  a una solitaria y sombría tumba, había a su vera un hombre en cuclillas llorando su infinito dolor. La escena era observada por un noble perro que con toda probabilidad luchaba por mitigar las emociones del amo amigo.

De fondo, como escenario grandioso de la sublime escena, dibujé lejanas montañas que más parecen, vistas con objetividad, una serie de tetas equivocadas de cuadro.

¡Un fracaso!

La Imagen refleja el resultado de mi triste incursión por la pintura. Mi queridísima cuñada Mireya guardó enmarcado el resultado, no sé si por cariño o para recordarme, cuando terciara, que la pintura fue un exhabrupto de mis íntimas ambiciones.

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