Mis primeras maestras están en el Cielo

pantera
Esta mañana al subirme a un ascensor, me ha acariciado un suave perfume indefinible, de escasa calidad y fácil volatilidad, seguramente adquirido por su usuaria en una tienda de “chinos”. Iba acompañado, en todo caso, de viejas reminiscencias.

Era el mismo, o al menos muy similar al que utilizaban las señoras Elisa y Violeta, mis primeras profesoras en aquella vieja escuela infantil de Viña del Mar, en Chile, donde aprendí a escribir y a leer, en ese orden.

Por un momento, envuelto por los efluvios de aquel aroma  que en su día, llamábamos despectivamente Pachulí, asaltaron mi mente sus palabras suaves y cariñosas, sus reprimendas fingidamente severas, pero especialmente el alegre bullicio de aquellos compañeros, que vivos la mayoría, han desaparecido absorbidos por las tinieblas del tiempo y la distancia.

Elisa y Violeta, dos damas que por aquellos tiempos  eran “viejas” desde mi infantil óptica, pero que probablemente no llegarían a los 40, deben estar hoy, salvo milagrosa longevidad, enseñando los palos, círculos y letras a los querubines en el Cielo, impregnando sus alas con el mismo aroma que antaño olí con total indiferencia y que hoy me lanzó un largo lazo para rescatar una insignificante vivencia del pasado.

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