El peligro de crecer sin las nuevas tecnologías

Este es el amigo Carlos como lo recuerdo antes de su muerte, pero, resucitado, su imagen habrá cambiado algo con los años, digo yo.

Este es el amigo Carlos como lo recuerdo antes de su muerte, pero, resucitado, su imagen habrá cambiado algo con los años, digo yo.

Cuando yo era pequeño y de esto hace muchísimos años, algo asi como sesenta, no tenía ni teléfono móvil, ni tablet, ni portátil ni Ipod y para empeorar las cosas, en casa no había wifi ni televisión por cable… Si es que ni siquiera teníamos televisor y lo más avanzado que había, aparte de la nevera, era una radio de onda media con un tocadiscos de 78 rpm. que para mi padre que disfrutaba orgulloso con su Chevrolet del 51, era lo último en tecnología.

¡Vaya mierda de vida!

Lo único que existía para entretenernos eran las canicas, las peonzas y las piedras para cuando nos poníamos agresivos y formábamos bandas rivales para iniciar guerras a muerte que terminaban cuando a uno de nosotros se nos abría una brecha en la cabeza…

Era tan aburrida aquella época que la imaginación nos jugaba malas pasadas como aquella en que perseguimos a pedradas a una pobre y esquelética anciana a través de varias calles, anunciando que era la bruja de la Blancanieves.

Tampoco puedo olvidar el día aquel en que vimos al mismísimo Caín, circulando cerca de casa…

El padre Amadeo nos había contado que Caín, después de haber matado a su hermano Abel, fue castigado por el Todopoderoso a vagar por el mundo eternamente cargando sobre sus hombros con el peso de tan horrendo pecado.

Caminaba el primer fratricida de la humanidad, con pasos cansinos, arrastrando aquellos huesos apenas recubiertos por una piel cetrina que le daban un aspecto que en condiciones normales se podría haber calificado como cadavérico, pero que a ojos de nuestra dogmática convicción, no era otra cosa que el resultado de los siglos que contaban a su haber.

La cosa es que el hombre tenía el pelo negro y una gruesa barba descuidada que hacían juego con sus ojeras. Vestía además, y eso le convertía en Caín sin duda, de riguroso luto…

Si hubiésemos tenido internet nada nos habría costado deducir con poco margen de error, que el pobre mortal tenía un cáncer terminal atroz, pero la ciencia no había avanzado lo suficiente y nuestra ignorancia nos llevó a juntarnos unos quince o veinte chavales y nos dirigimos alterados y alarmados, a la comisaría del barrio a denunciar al asesino de su propio hermano.

Los polis, abviamente, nos mandaron a comer mierda.

Y esto viene a cuento porque hace pocas semanas, gracias a Internet, descubrí que mi buen amigo Carlos, fusilado en Chile en los albores de la dictadura pinochetista, ni había sido fusilado ni tampoco estaba muerto y apareció con unos años más de lo que lo recordaba, en una paradisíaca ciudad sueca…

Carlos, para mi sorpresa, no cree en las nuevas tecnologías y no solamente no cree en ellas, sino que las utiliza mínimamente… Lo justo para ser él el que me encontró.

Y esto me inquieta, porque quién me dice a mí que cuando nos volvamos a ver no piense que soy el mismísimo Nerón y me prenda fuego, porque lo que está claro que ya no tengo esos 18 años con los que él me recuerda, o simplemente me ponga en aprietos denunciándome ante la justicia.

¡Madre mía!

Eso…

¡Madre mía!

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