La fugaz historia del cementerio fantasmal de Casablanca

cementerio

El cementerio del que hoy quiero hablar, quizás sea, si es que aún existe, uno de los pocos sin historia, sin fantasmas, sin mitos, sin leyendas, sin zombies, pero sí naturalmente con muchos muertos. Es en fin, de esos camposantos, como casi todos, en que el miedo, la zozobra, el pánico o el terror están íntimamente ligados a las fantasías de la mente.

Y esa mente fantasiosa que suele jugarme a estas alturas de la vida malas pasadas, ya tenía esa mala costumbre a mis cinco o seis años, que eran los que tenía cuando mi padre mi hermano y yo comenzamos a cruzar mensualmente a la rauda velocidad que permitían los motores de los coches de los años 50, frente al cementerio de Casablanca, un municipio chileno cercano a Valparaíso.Siempre lo cruzamos en las primeras y tenebrosas horas de la noche.

Mi padre, conocedor de mi ‘respeto’ por los cementerios y su contenido, avisaba con tiempo la cercanía del lugar y para que me sudara el culo y castañearan los dientes, aminoraba la velocidad. En ocasiones, disfrutaba anunciando que se le había acabado la gasolina. Lejos estaba el pobre de saber que yo no tenía entonces ni pijotera idea de la relación de la gasolina con el funcionamiento del motor.

La cosa es que en la misteriosa oscuridad, ante mis ojos dominados por una curiosidad que se sobreponía a los angustiosos deseos de acultármelo tras mis tiernas manos infantiles, se perfilaba tenuemente la palidez de las paredes de la pequeña necrópolis próxima a la antigua carretera que unía Santiago con Valparaiso y Viña del Mar. Parecía flotar en la oscuridad lo mismo que aquellas formas que se insinuaban como cruces elevadas sobre el largo, estrecho y difuso rectánculo que no era más que el vetusto muro blanco que resguardaba los sepulcros,

Fuegos fatuos, barricada de espectros, muerte en movimiento. Eso y mucho más era para mi aquella fugaz visión tan ligada al santuario de la Virgen de Lo Vásquez que un poco antes o un poco después (han pasado demasiados años como para recordarlo con precisión) se convertía en parada obligatoria para mi padre que nunca he sabido por qué, siendo ateo convencido, se acercaba a dedicar unas palabras a manera de oración.

Una imagen para conciliar el sueño

Pese al miedo que me producía aquel camposanto, en casa, cada jornada en la comodidad del lecho cuando la abuela determinaba apenas puesto el sol que era hora de dormir, mi fantasía convertía la cama en una carreta tirada por bueyes y mis sábanas en una vieja lona que me protegía del frío y los fantasmas.

Temblando imaginaba que cruzaba lentamente frente al etéreo cementerio de Casablanca y que manos oscuras se acercaban a la carreta sin poder trasponer la lona y que cientos de cuervos y murcielágos intentaban sin éxito. perforarla apoyando a la pérfida muerte.

Y así  me sumergía poco a poco, olvidando el temor y el cementerio y sus manos negras y cuervos y murciélagos, en la mortal inconsciencia temporal del sueño.

En ocasiones.pienso que en algún momento, cada vez más cercano, la fantasía regresará y los animales finalmente lograrán perforar la lona para que las garras de la muerte se aferren a mi vida, secando su contenido para siempre.

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