El día aquel que recibimos la primera comunión

1ComunionEl misterio que rodea a la primera comunión, quedó patente durante la catequesis que nos ofreció al buen padre Amadeo que nos convenció de tal forma de que ese día recibiríamos en nuestro interior al cuerpo de Cristo, que Carlitos, muy devoto, una virtud que le venía de familia, se negó a recibirla, temiendo que aquella hostia que le darían en la iglesia de Las Carmelitas de Viña del Mar, sufriera el efecto de palomita de maíz, pero con el tamaño de un cuerpo humano y estallara el suyo por los aires.

Aunque aquello no nos ocurrió a ninguno de los atemorizados primocomulgantes, derivado de aquel acontecimiento, mi hermano Juan y yo, fuimos protagonistas de una anécdota que no por chorra deja de ser anécdota.

De esto me he acordado cuando mi querida sobrina María Alejandra me envió a raíz de la reciente y penosa muerte de mi hermano Juan, una fotografía de estudio de aquella primera comunión, en la que ambos, con unas caras de santos primorosas, posamos para la posteridad.

No obstante ni de la comunión ni de la foto, ni tampoco de la iglesia, ni menos de la hostia emerge anécdota alguna, básicamente porque no me acuerdo de todos los detalles

Ya os lo digo, lo que sucedió fue una tontería y si no queréis seguir leyendo, estáis en vuestro absoluto derecho y si lo hacéis y no os gusta , no me demandéis explicaciones… Ya lo dije, fue una chorrada, pero fijaos que han pasado 58 años y aún la recuerdo.

Estábamos en el salón de la casa del fotógrafo que utilizaba una de sus habitaciones como estudio. Destacaba arrinconado en una pared una de esas radios con tocadiscos empotrados dentro de un mueble, de los que se usaban en los años 50. Era de aquellos con una tapa en la parte superior que protegía el equipo. Pues bien, Juanito con su innata e irreprimible curiosidad, comenzó a rondar el mueble con la indisimulable intención de contemplar el tocadiscos, que en aquella época los había de los de 78 rpm y los del 33 y 45 rpm.

Mira tú que le dió vueltas y yo que era bueno y legal como el Beato Martín de Berrio Ochoa, aquel que perdió la cabeza por predicar el cristianismo en tierra de mandarines, me hacía el desentendido.

Y no aguantó más. Levantó Juan la dichosa tapa y tal vez contagiado por el espíritu sagrado del momento, lanzó un sentido y ofendido… “¡Oooooooooh!

Como la curiosidad tampoco me es ajena, ni lo era tampoco a mis ocho dulces años, salté a su lado, en momentos en que su cara comenzaba a teñirse de carmín y contemplé hacia el interior del mueble. Sobre el tocadiscos había un papel escrito…:

“¿Se te perdió algo aquí adentro, conchetumadre?”

Ya os lo advertí.

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