La evolución del embarazo

dumboEl embarazo tiene dos evoluciones. La primera, la natural, es decir la tradicional, se produce dentro del vientre de la madre que comienza en una etapa embrionaria y culmina en la fetal hasta que el engendro es parido como todos o casi todos sabemos.

La otra evolución, es la forma cómo el embarazo ha sido explicado en los últimos sesenta años a los críos… y no digo de antes porque mi memoria no me alcanzaría.

Y aquí comienzo a hablar en primera persona para narrarles mi evolución cognoscitiva en torno a tan trascendental tema.

Pues bien. Durante muchos años, demasiados quizás, entre mi padre, mi abuela y mi madrastra, fui creciendo en el convencimiento más absoluto de que a los bebés los traía de París una cigüeña, sin plantearme nunca el interrogante de por qué a las madres que esperaban que sus bebés llegaran de la capital de Francia, que entonces dentro de mi dulce ignorancia no sabía ni por asomo que Paris lo fuera, se les iba hinchando la barriga.

Sin embargo, esta curiosidad que emergió hacia mis ocho años, mereció dos respuestas evolutivas.

La primera me la dio mi abuela, bastante ordinaria la pobre, que me explicó que las mamás como no sabían si el bebé que les traería la cigüeña era niño o niña, bonito o feo, listo o tonto, se ponían tan nerviosas que se les llenaba el estómago de pedos retenidos por la delicadeza propia de las mujeres. Y yo, no solamente asumí tamaña barbaridad, sino que la compartí con amigos, compañeros y hasta con los curas del colegio. Ninguno me lo desmintió.

La que sí lo hizo, nada más conocer lo de la extraviada explicación, fue mi madre que no vivía con nosotros, que aportó un peldaño más de engaño al tema.

Para entonces, yo me lo creía todo… Para mí eran reales Papá Noel, los Reyes Magos y Dios y cómo no, también lo de la cigüeña y lo de los nerviosos gases estomacales. Y ahí, como digo, aportó mi madre su no menos retorcido grano de arena.

Aunque no tan retorcido, porque ubicó finalmente al engendro en el vientre materno, pero haciendo pequeños cambios en el proceso de la concepción… Y así me lo contó y así me lo creí:

No era cierto que los niños los trajera una cigüeña desde Paris, aunque en la peli de Dumbo, se veía que hasta los elefantes tenían derecho a tan descabellado encargo. En la prolífica mente de mi progenitora aparecieron unas pastillas que las madres con el dinero de los padres (en esa época solamente solían trabajar los padres), encargaban a Paris. Eran unas pastillas azules si querías un niño y rosas si querías una niña. La futura medre se la tragaba con leche y comenzaba a desarrollarse un precioso niño en su barriga… Eso de precioso me hizo pensar que mi pastilla había venido con severos fallos, aunque nunca hice pública mi triste convicción.

Y en este punto de la evolución estuve estancado al menos dos años, hasta que un amiguete de doce, cuando yo tenía diez, me abrió los ojos y con palabras tan disonantes como polla, coño o follar entremezcladas con deseos, orgías y, también cómo no, amor, comencé a comprender más o menos como era eso de hacer niños… y también comencé a compartir este nuevo y más creíble conocimiento con amigos, compañeros y curas del colegio…

…Y la evolución culminó con una reunión convocada por mi padre, con el padre del amigo que me abrió los ojos, Patricio Soto era y espero que siga siendo su nombre, y yo. Esta reunión terminó con dos bofetadas que le dio su padre a Patricio y dos que me dio el mío a mi no sé a cuenta de qué. Y no se habló más del tema.

Posteriormente, a lo que aportaban mis amigos en reuniones clandestinas, se añadía lo que me explicaba mi director espiritual con la condicionada y condicionante venia de mi padre.

Así supe que por algún extraño motivo, hacer el amor estaba permitido solo en el caso de haber consagrado el matrimonio… ¡Jamás antes! y que, así como era pecado venial la masturbación, era mortal el sexo prematrimonial… Eso sí, en boca del santo y célibe sacerdote jamás apareció una explicación de lo que era hacer el amor…

Ya lo aprendí a los catorce, cayendo en un pecado mortal que jamás me atreví a confesar.

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