Confesiones de un catalán en Catalunya

lameculosDespués de quince años de haber regresado a mi tierra natal, Terrassa, aparte de no haber sido ni por casualidad profeta en mi tierra, otros detalles me han quedado muy claros.

Uno de ellos que me recuerda el provincianismo de la sociedad catalana, recogido por Terenci Moix en su novela Mujercísimas, es la imagen normal que ofrecen algunos catetillos que se creen miembros de la más alta aristocracia europea, manteniendo las manos en los bolsillos mientras hablan con los demás, en uno de las más destacables defectos de urbanidad imaginables. Esta postura que puso de moda el Hollywod de los más duros, con Humphrey Bogart a la cabeza, la puedes ver en gente como Mas, rectores universitarios o todos aquellos que por falta de instrucción social, creen que les da un toque de distinción. Yo, personalmente me pongo las manos en los bolsillos cuando me pican los cataplines… A lo mejor, pienso, esos ignorantillos de ocasión padecen de una invasión de ladillas… ¡Nunca se sabe!

El otro detalle, aparte de una envidia propia del ser español -se dice por esta península orgullosa de ser europea, pero de la que Europa comienza nuevamente a renegar, que la envidia es el deporte nacional-, lo conforma otra carencia absoluta de urbanidad. como lo es que cuando alguien conversa con otra u otras personas, se olvida de la educación y del resto del mundo y si pasas por su lado, te ignora y si les preguntas luego por qué, justifica su ignorancia afirmando que es de mala educación interrumpir una conversación para saludar a otro, aunque las buenas costumbres aconsejan siempre o a presentar a esta nueva persona al otro o al grupo o al menos saludarle con la cabeza acompañando el movimiento con una sonrisa de cortesía. pero imaginar esto por estos lares sería un sueño fantasioso, salvo que el que pase casualmente sea un superior o alguien al que se considera de mayor importancia o rango.

Lo último del párrafo anterior nos lleva a otro gran defecto de mi pueblo, como lo es el lameculismo patológico y a la adulación más indigna y vergonzosa y estos dos terribles males nos ayudan a explicar el fracaso de una sociedad pues al que lameculos le gusta hacerlo, así como al adulado serlo y el mejor premio, en el caso de las empresas, es ofrecer cargos por agradecimiento más que por capacidad y pasa lo que pasa.

Por ejemplo, en los últimos diez años de mi vida estuve trabajando dentro del edificio de la desaparecida Caixa Terrassa y posiblemente como producto de lo expuesto, llegué muy pronto a la conclusión de que con las naturales excepciones que confirman toda regla… nunca, jamás, había visto tanto tonto junto. La historia y muerte de la entidad son el mejor ejemplo.

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