La risa no siempre tiene resultados positivos

Lucho Córdova y Olvido Leguía / imagen del Archivo Fotográfico del Museo Histórico Nacional de Chile

Hacía un par de semanas que había llegado a Viña del Mar, en Chile, desde Barcelona y nos encontrábamos cansados y adormecidos después de una larga jornada de playa y bar, tirados, mi hermano Juan, mi tío Renán y yo, en tres sofás. Como quedaban algunas pocas horas del día por delante, rumiábamos la manera de torcer un poco el sino de la jornada que no había sido muy afortunado.

En efecto, en la playa, mi tío Renán le tiró los tejos a una escultural hawaiana que pasaba sus vacaciones en Chile y cuando ya la creía totalmente rendida a sus encantos, se presentó el marido. Juan se quedó esperando en vano que apareciera la preciosa Marcela Marín Concha, en su opinión la niña más linda del mundo y yo quise conquistar a una guapa rubita que con su minúsculo biquini toreaba la excomunión conque un sujeto de nombre Emilio Tagle Covarrubias y que ostentaba para desgracia de la evolución de su Iglesia el cargo de arzobispo de Valparaíso, sancionaba la utilización de tan cómoda prenda. Le compré un helado doble y graciosamente se lo ofrecí como ofrenda de inocente amistad y la muy pécora me lo montó por la cabeza con un insulto que hasta el día de hoy no oso comprender.

Luego nos fuimos a olvidar las penas en un bar donde cada uno pidió vodka con naranja, pero era tal el desánimo que lo dejamos a medio beber, aunque los pagamos completos.

Mientras ideábamos algún plan que nos sustrajera, al menos al final del día, de karma tan negativo, Renán se puso a preparar unos tallarines que le solían quedar buenísimos, y que debíamos ingerir como el preámbulo de que la jornada terminaría de putísima madre.

Sin embargo, haber comido esos tallarines o tragarnos unas bandas de goma, o comer papel blanco, hubiese tenido el mismo sentido, porque le quedaron hechos una buena mierda.

La comida nos sacó del ostracismo verbal, para maldecir la mala suerte que nos había acompañado aquella jornada. Los tres coincidimos que de lo malo, lo peor habían sido esos tallarines y juramos nunca más comerlos, aunque tuviesen buen aspecto.

Y en torno a cómo culminar la jornada, llegamos a la conclusión de que si asistíamos a una obra con los afamados actores cómicos, Lucho Córdoba y Olvido Leguía que se presentaban en el Teatro Municipal, al menos una sonrisa lograría cambiar la negatividad de aquella negra jornada.

La enorme sala estaba llena a rebosar y nos sentamos en la segunda fila, casi en el centro.

Pero ocurrió, al menos en los primeros minutos, lo que ocurre cuando uno está de mala uva, es decir, que aunque el público no paraba de reír y aplaudir, a nosotros nada nos hacía gracia ¡Nada!

Pero el misterio de esto de la risa está en las motivaciones…

Durante un rato incómodamente largo, los actores que no estaban tampoco en su mejor día, dejaron de arrancar risas, ni tampoco sonrisas, lo que nos hundió aún más en nuestra transitoria depresión colectiva. Sin embargo, en una escena en que los actores simulaban comer, Lucho Córdova en una frase que no tenía mayor historia, le dijo a Olvido Leguía…:

-M’hijita, le quedaron exquisiiiiiiiitos los tallarines

¡Madre mía! Esa tontería tan grande y tan insulsa, nos sacó del atolondramiento y nos arrancó unas risotadas tan sentidas y profundas, que los protagonistas debieron hacer una larga pausa. El resto del público, contagiado por las risas, especialmente por la estentórea de Renán, se unió en coro a nuestro trío, al que finalmente se unieron los actores.

Aplacado el motivo entre contorsiones y lágrimas, retomaron los actores el guión desde el…:

-M’hijita, le quedaron exquisiiiiiiiitos los tallarines

¡Y vuelta a lo mismo!

Sin embargo, tras la quinta interrupción y pese al éxito en que se estaba constituyendo la obra, un alterado Lucho Córdova nos invitó:

-Oye… ¿se pueden ir del teatro pa’que podamos terminar la representación?

Entre aplausos y risas salimos de la sala y en el vestíbulo un empleado nos entregó tres entradas para la función del día siguiente, pero para las últimas filas.

Ese día, superado el síndrome de los tallarines, su mención no lograría arrancarnos más que una sonrisa, pero no ocurrió lo mismo con Lucho y Olvido, que al llegar a ese punto, cinco veces, que fue las que también tuvieron que repetir, estallaron en carcajadas que se contagiaron ante una asombrada concurrencia.

Cuando decidieron reiniciar la obra pasando por alto lo de la comida, nosotros nos levantamos y comenzamos a aplaudir a la pareja, matrimonio en la vida real, seguidos por todos los asistentes en lo que terminó siendo una verdadera ovación.

El espectáculo terminó normalmente.

Por cierto. El día anterior habíamos terminado bailando en La Pérgola, donde mi hermano se encontró con la Marcela Marín Concha, mi tío se enrolló con una escultural morenaza y yo no me comí una rosca, pero me la pasé de puta madre bebiendo Cuba Libre.

Teatro Municipal de Viña del Mar, Chile

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