Los mejores tratamientos contra la caspa

Durante mi infancia crecí compartiendo las comodidades de haber nacido en una familia de clase media alta, pero no sé si a cuenta de la catalanidad de la misma, siempre estuvo marcada por unos ajustes y ahorros presupuestarios en nimiedades a los que nunca ni mi hermano ni yo nos acostumbramos.

Y una de las víctimas de este ahorro en detalles, que no en comidas o reuniones e incluso viajes y gastos en colegios de pago, fue mi pelo.

Sí, sí. Mi pelo que aún sufre las consecuencias, en forma de persistente y rebelde caspa que según el viejo médico de Mataró, es nerviosa y así lo comprobó mandándome a tomar un tranquilizante muy suave que me la quitó, pero como no soy adicto a ese tipo de estupefacientes, no seguí sus indicaciones.

En fin…

Entre los ahorros del grupo familiar en los primeros años de mi niñez, se incluía el agua, por lo que los días de baño, y corto, eran miércoles y sábado, menos mi madrastra que desde su llegada a casa defendió a muerte y con éxito su derecho al baño diario, resultándole infructuosas sus negociaciones para que el resto hiciésemos lo mismo, amparados en la consigna de  mi abuela de que las personas limpias no necesitan bañarse más que lo necesario.

La cuestión es que la socialización higiénica tanto de mi hermano como mía evolucionó justamente ante la labor concienciadora de mi madrastra y especialmente de los compañeros y amigos del cole.

¡Vamos a ver, volviendo al tema del pelo!

Desde que tuve uso de razón, mientras mi cuerpo era restregado con una pastilla de jabón en una bañera con tres dedos de agua fría -el gas para calentarla salía muy caro- , el pelo, solo los miércoles, me lo lavaban con una barra de jabón azul, de aquel que se utilizaba para lavar la ropa. Y de aquello recuerdo las horribles picazones que me producía en la nuca, que de tanto rascarme me hacía ver como un vulgar piojoso.

La natural evolución derivada de las relaciones sociales y las consabidas recetas de viejas entre las que mi abuela era muy popular, la llevaron a fabricar un champú casero de manzanilla, que no iba del todo mal, pero que nos dejaba siempre cuatro o más semillitas de la planta enredadas en el pelo que en ocasiones, como eran rojas, nos hacía ver como coristas. De nada sirvieron nuestras protestas. Más bien la incentivamos para que siguiera corrigiendo el “invento” y un día le soplaron al oído que el champú de huevo era lo mejor que había para el pelo y decidió al aderezo de manzanilla echarle unas cuantas yemas…

A pesar de que nos enjuagábamos profusamente la cabellera después de echarnos aquel experimento, con la llegada del verano, mi hermano y yo siempre temíamos que con el sol  y el calor se nos formara una tortilla en la cabeza. Pero nunca tuvimos, menos mal, una tortilla por boina.

Sin embargo, un día que tenía prisa porque iba tarde  al cole, no me eché suficiente agua para blanquear y no sé si porque el olor creciente fue emergiendo de forma paulatina y en casa nos acostumbramos a él sin llegar a notarlo, pero lo cierto es que una mañana de lunes -el lunes siguiente- entró en el salón de clases el padre Claudio que nos daba Biología y sin saludar ni persignarse ni nada, gruñó con su voz afeminada… “Aquí huele a huevo podrido” y como todos mis compañeros me acusaron con la mirada, yo me auto inculpé poniéndome rojo y el cura me echó de la clase convencido de que la estaba bombardeando a pedos.

Desde aquel día, mi papi decidió rascarse sus opulentos aunque avariciosos bolsillos y compró en una farmacia una caja enorme de sobres de champú en polvo “Kent” que por la cantidad, dedujimos que la había adquirido en unas rebajas históricas..

La cosa es que poco después de traer la caja, la adolescencia comenzó a marcarme con granos la cara y con pelos los alrededores de mis vergüenzas y el baño, por eso de las chicas guapas, se hizo diario, pero el lavado de pelo se siguió manteniendo los días miércoles porque “el champú es caro” y sería tan caro desde la óptica de mi padre que dividía cada sobre en tres raciones, una para él, otra para mi hermano y otra para mí… Mi abuela seguía inmersa en su antigua costumbre de lavarse con jabón azul y mi madrastra desde siempre había disfrutado de un aromático y efectivo champú líquido de color azul, recuerdo.

Con ese maldito champú Kent, volví a revivir en toda su crueldad las picazones en la nuca y tuve mis primeros encuentros con la caspa. Las protestas no sirvieron de absolutamente nada porque había tanto champú como para toda una eternidad.

Sin embargo, en dos visitas seguidas a casa de compañeros, me percaté que a los perros de ambos amigos se les bañaba con el famoso champú en polvo Kent, que nos es que fuera para eso, sino que estaba de capa caída, era barato y les dejaba el pelambre reluciente.

Poco después la rebeldía se hizo notar, el médico me miró el cuero cabelludo tras hacerlo primero la abuela en busca de piojos y me mandó champú anticaspa Selsum, que olía a azufre, pero era decente y refrescante.

Siete años después, todavía bañábamos a nuestro fiel perro Duque, con el stock interminable del Shampoo Kent.

He ahí la historia de mi pelo y sus champuses.

Anuncios

Un comentario en “Los mejores tratamientos contra la caspa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s