Las incomodidades de ser español en el mundo

Aparte de que el primer día de clase en un colegio nuevo y en un país nuevo no fue nada grato, al grito de “¡Coños, coños, coños!” conque nos recibió la menuda comunidad estudiantil del Colegio Infantil Viña del Mar, en esa ciudad chilena, un tal maestro Castillo que acompañado por don Manuel, se dedicaban a mantener en forma el amplio jardín de la casa, nos la tenía jurada.

El maestro Castillo, un hombre joven y parece que apuesto porque a todas las criadas de los alrededores, menos a la nuestra, la señora Dorita, que ya pintaba para vieja, les gustaba, un día, después de verlo todos los días, porque parece que venía con la casa y de prodigar sonrisas y salamerías a mi padre y a mi abuela, nos cogió a mi hermano y a mí y nos dio una ráfaga de hostias en la cara mientras musitaba “españoles de mierda, españoles de mierda”.  Cuando mi yaya lo encontró en plena faena y nos sentimos salvados, el hombre para justificarse, mintió “me rompieron los rayos de la bicicleta, jutrecita (patroncita)” y la abuela que era muy dada a eso, lo reemplazó con una correa en su menester y a cada correazo que nos daba en las nalgas, repetía “¡ay cuando se entere vuestro padre!” y nuestro padre obviamente se enteró y pese a nuestros juramentos de que lo de la bici era una mentira, no tuvo empacho en darnos una nueva ración de correazos.

Después de aquello y pese a que mucho nos cuidábamos de acercarnos al maestro Castillo y a su ayudante, el sombrío y silencioso don Manuel, se registró un nuevo episodio de odiosa xenofobia. Un día que estando dentro de la casa viéndole por la ventana cómo se marchaban, se le cayó una bolsa de papel que regó a su alrededor un montón de rojos tomates de nuestro pequeño huerto, que también estaba a su cargo. Los recogió, nos miró con odio, le dio la bolsa a don Manuel y se fue hacia la entrada principal de la casa. tocó el timbre y escuchamos la conversación con mi abuela:

-No quería decirle na, jutrecita, pero pa que no juera a pensar algo malo de mi, le cuento que los cabritos (niños) sacaron todos los tomates  de la huerta y los botaron a la basura”.

Y así, sin mediar ninguna averiguación, mi abuela volvió a marcarnos a correazos, mientras el malvado maestro Castillo se marchaba de la casa con los tomates, acompañado por su cómplice.

Nunca desconfiaron en lo más mínimo de la sinceridad de los jardineros que por cualquier quita allá esta paja, lograban sin calentarse las manos, que nos dieran un día sí y otro también, tremendas palizas.

A todas estas, don Manuel que no andaba bien de pasta, logró infiltrarnos en la casa a su cuñada, la señora Ernestina para que ayudara en la plancha a la yaya porque la reemplazante de la señora Dorita, que la echaron por ladrona luego de lograr durante meses que nos zurraran por tirar las joyas de mi abuela, no sabía hacer más allá que limpiar y coquetear con todos los jóvenes del barrio en edad de merecer, aunque era novia de un carabinero.. Se llamaba Hilda.

En fin, que un día llegó el maestro Castillo sin don Manuel que dijo que le habían dicho que había tenido un accidente pero que no sabía nada más y al poco llegó, echa un mar de lágrimas, la señora Ernestina.

Entre sollozos y pucheros le contó a la yaya que a su cuñado lo había atropellado un autobús y que lo había arrastrado, enganchado en los bajos del vehículo, más de kilómetro y medio y que cuando lo encontraron por el rastro de sangre que iba dejando, estaba hecho jirones… Y esto lo recalcó en una decena de oportunidades, no tenía la familia ni siquiera dinero para enterrarlo… ¡Una desgracia!

Mi abuela recurrió a los ahorros de años que tenía debajo del colchón y se los entregó y se fue la señora Ernestina a enterrar dignamente a su muertito.

Sin embargo, dos semanas después, cuando veníamos en autobús del cole, vimos sentado en los últimos asientos al finado don Manuel que al vernos le faltaron patas para bajar del vehículo..

Al llegar a casa, sin importarnos que estuviese planchando la señora Ernestina, le contamos a la abuela la novedad y fue tal el grito histérico de la planchadora y las maldiciones que nos echó por “no respetar a los muertos”, que la paliza que nos dio la yaya quizás haya sido una de las más grandes de nuestras vidas. Afortunadamente mi padre nos vio tan maltrechos que decidió no pegarnos y además parece que nos concedió el beneficio de la duda, porque cuando el maestro Castillo al pregurtarle le aseguró que él no había vuelto a ver a don Manuel, ni siquiera cadáver, ni había ido a ningún entierro, comenzó a averiguar más a fondo, dado que además la señora Ernestina no se volvió a aparecer por la casa.

Y, mirad que divina casualidad, el mismo día en que se enteró de que en efecto don Manuel estaba vivo y trabajando como jardinero en una fábrica textil, Hilda que se había quedado embarazada del maestro Castillo que no quiso reconocer su responsabilidad, le dejó al descubierto en todas las maldades. Y en un día, así como la pobre Hilda se quedó sin novio, sin trabajo y con un futuro crío, nos quedamos también sin jardinero.

Ya llegaría a reemplazarla la bella Lidia, una jovencita cariñosa y simpática que nos congració con su dulzura, con el país y que no duró mucho, porque según la retorcida y prejuiciosa óptica de mi abuela, una mujer tan hermosa no podía ser sino una puta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s