Dice el dicho, que no hay cojo bueno

Escribí no ha mucho tiempo un aspecto biográfico harto conocido por mis allegados durante mi juventud aunque solo notorio en el entorno de los conocidos y casi desconocido en la actualidad y que dice relación con un acentuado sentido del ridículo que me ha afectado casi siempre. Para que os hagáis una idea, haced click en este enlace y conoceréis aquella historia y comprenderéis lo que hoy he decidido narraros..

Feo como soy de nacimiento, siempre he intentado rondar la perfección en mis actos y por ende, he evitado el ridículo o actitudes inusuales a toda costa, pero últimamente, la suerte ha comenzado a ser bastante esquiva conmigo… “Nos hacemos mayores”, sentenció muy seria la doctora Balladares, mi médico de cabecera, lo que me ofendió, porque a mis sesenta pasaditos que parecen setenta de aspecto, todavía me creo un veinteañero. En fin que no era de la edad que quería hablar.

Cuando en febrero del 2010 me caí como un imbécil de la moto, se quedaron en el asfalto dos muelas y un diente, Las muelas me preocuparon poco, porque mal que mal, ¿a quién no le falta una, dos o hasta tres muelas sin dar del todo mala imagen? Lo que de veras me oprimió, fue la pérdida de una de las paletas superiores… ¡Madre mía!… No saldría yo así a la calle y como tenía que hacerlo, prefería pasar por mudo que hablar y por saciado que comer.

Raudo me fui al dentista a reparar el estropicio, pero como ya poir aquellos días vivíamos en plena crisis, por lo que podía pagarle, el profesional me dijo que me podía adaptar un chicle en el hueco…

Más no fueron las dos muelas y el diente los únicos percances padecidos a raíz de la caída de la moto, porque además se me produjo una dolorosísima e inmensa hernia inguinal traumática que, aunque no lo creais, tuvo sus consecuencias positivas…

Me explico. Era tan grande el bulto inguinal que me hinchaba exageradamente el pantalón y lo que en un principio era otro motivo de vergüenza, se convirtió en uno de orgullo, al ver las miradas lascivas de cuanta dama se cruzara por mi camino… “¡Torero!” me gritó una un día y otra me dijo, “adiós padre de mis hijos”… Claro, marcaba paquete ¡Y qué paquete!… Norma, celosa, optó por cortar por lo sano y me compró una boina de viejo para que las damas se fijaran menos en mis bajos, teniendo en los altos tan decrépito aspecto.

Ya sin hernia, operada a su tiempo, he perdido mi sex appeal, un sex appel artificial, es cierto, pero que me ayudó a olvidar incluso lo de mi diente… Total, hablando poco y comiendo en casa, pocos se enteran del faltante.

Y ahora, cuando olvidaba por costumbre aquello, me sale un espolón en una pata y lo peor que me podía pasar me ha pasado, y es que camino cojo… Y eso no tiene disimulo, menos cuando mi querida, amadísima y amantísima esposa, así como cuando antaño me compró la boina de viejo, el otro día me compró en un chino, un bastón de viejo.

¡El acabóse!

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2 comentarios en “Dice el dicho, que no hay cojo bueno

  1. Ay por favor, eso no es por ser viejo sino por los achaquillos que vamos teniendo. Y estoy segura que si Norma te compro la boina era por recelo de las pedorrillas que hay por ahi perdidas. Pero nada de viejo, la vejez esta en la mente no en el cuerpo. Besos.

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