Hoy quiero contarles una historia sin historia

Al lado de nuestra casa situada al final de la calle sin salida en la Dos Oriente entre 9 y 10 Norte en Viña del Mar, había un terreno vacío lleno de escombros y algo de maleza. Colindaba con la casa del noruego Björn y nuestra vivienda, además de con aquel terreno, al que llamábamos “el sitio”, la nuestra limitaba con la enorme casa de la Anita María. Al otro lado de nuestro patio vivía el alcalde y cada vez que era su santo y para su cumpleaños, le despertaba y despertaba a todo el vecindario con marchas militares, la banda municipal

Con la Anta María, y muy pocas veces, jugué en “el sitio” y más que jugar hablábamos, Ella me contaba lo tontos que éramos los españoles y yo le replicaba explicándole lo tontos que eran los chilenos. En fin, era el rincón de las banalidades donde transcurrían en días soleados, algunos minutos de ocio sin que se forjaran mayores recuerdos de cara al futuro. Aparte de ello, no estaba bien visto por parte de mi abuela que jugase con una “india” chilena de pelo rubio, pecosa y de ojos azules e hija de madre americana ni tampoco era del agrado de doña Mary, la madre americana de Anita María, que ella jugase con un “coño leso” (español tonto).

Aparte de la Anita María, a quien le he dedicado un post en este mismo blog, otros “indios” chilenos amargaban a mi abuela con sus intentos de amistad que pesara a quien pesara, se consolidaban con la misma fortaleza con la que se consolidan en sus nidos las aves migratorias.

Era, por la edad, el período de la pasión por tonterías, una pasión y unas tonterías que solía enfrentarme con otros niños del barrio pero no con vecinos. Tal vez, no lo recuerdo bien, fuera porque con la Anita María nos queríamos de verdad, pero lo cierto es que nunca tuvimos polémicas ni siquiera superficiales, porque lo de tontearnos mutuamente no era más que un diálogo de besugos.

Una de esas polémicas que apunto en este post , que viene siendo, como muchos otros, una simple divagación acerca de algún pasaje de mi aburrida vida, se planteó un día cuando me detuve a escuchar una conversación entre dos coleguitas, cerca de la casa.

Uno le decía al otro “mi papá es almirante y manda en un barco” y el otro le contestaba “y el mío es general y manda en un tanque”.

Y ahí nació el pique que siguió “y el mío va a poner su barco frente a tu casa y la va bombardear” y el otro” y el mío que puede mover el cañón del tanque va a hundir el barco de tu papá y después va a bombardear tu casa y a matar a tu papá y a tu mamá”.

Aquel día, como suele ocurrir entre seres humanos, las diferencias se dirimieron a golpes y yo, que me había quedado como pasmado ante tanto poder de sus padres, porque hay edades en que te lo crees todo, no quise quedarme atrás y mientras los golpes iban y venían, alcé la voz y quise participar en su prueba de poder paterno con lo primero que se me vino a la cabeza..

…”durante la guerra civil mi padre cogió un sable y mató a todos los curas y las monjas de España”.

¡Amigos míos! Aquella nimiedad comparada con sus crueles bombardeos detuvo los golpes, sus ojos aterrorizados me miraron por un instante y salieron corriendo como alma que lleva el diablo.

No recuerdo, sin embargo, que aquella peregrina afirmación que involucraba a mi inocente y pacifista padre, haya tenido algún tipo de consecuencia.

Ya lo ven. Hoy tenía ganas de escribir algo, no sabía de qué y he apelado a esta historia sin historia.

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