Hubo un tiempo que en lugar de hacer el tonto con skates, intentábamos agradar a las chicas

Hubo una época en que los dolescentes de los sesenta parecíamos tontos comparados con los de otras etapas posteriores, pero llegados a la de los skaters, la verdad es que comparativamente parecemos genios sin haberlo sido… pero es que lo de hoy no admite comparación.

En fin. Por aquellos años, llegar a los trece o a lo sumo, a los catorce significaba dejar los patinetes o los patines -jamás las bicicletas- y enamorarse y dejarse enamorar por cualquier chavala en edad de merecer al precio que fuese, incluso el de hacer el mayor de los ridículos del mundo. Aquella situación nos distanciaba enormemente en cuanto a madurez de las chavalas que siempre han trenido la cabeza mejor amueblada que la nuestra.

Además que siendo la edad de los granos, no teníamos derecho -y de ello éramos conscientes- a escoger, sino con suerte, de ser escogidos para el primer amor de nuestra vida cuya búsqueda y no otra cosa parecía ser la meta única y última.

Inmersos en esa realidad, estábamos mi hermano y yo pasando nuestras vacaciones en Viña del Mar, cuando llegó a casa de nuestra abuela política, la sobrina de nuestra adorada tía Gladys, una modelo tan guapa que incluso había ocupado portada en la prestigiosa revista Life. La chavalilla por el contrario, era escuálida, con un pelo que parecía un estropajo y flacucha amén de pequeñaja… Y feilla, la pobre. Muy feílla.

Pasaron un par de días y mi hermano y yo no cejábamos de hacer el tonto frente a María Eugenia, una vecina preciosa pero que por preciosa aspiraba a algo mejor que nosotros, dejando de lado a aquella aparición en forma de niña esquelética.

Mas, amigas y amigos, un buen día, nuestra adorada tía Gladys nos abrió los ojos… Aquel ser escuálido y soso con un estropajo por cabellera, no tenía diez sino 14 años… O sea que estaba en edad de llamar nuestra atención, pero su apariencia no es que nos pudiese dar algún caché delante de nuestros amigos,,, hasta que mi hermano la clavó:

“La Elena es super inteligente” O sea, que era fea pero tenía cualidades que la hacían admirable. Sin embargo, por más que intentamos cortejarla o llamar su atención, nuestros rostros plagados de granos rojos y con pus muchos de ellos, no permitieron que la chica que aparte de todo era antipática, nos dejara franquear su mundo.

Un año después en el mismo escenario, apareció una prima de nuestro primo José Miguel. La moza era guaoa, alegre, simpática y buena amiga.

Habiendo cedido nuestras espinillas a los rigurosos tratamientos con rayos ultravioletas, tanto mi hermano como yo, así como toda la chiquillería adolescente del vecindario, nos sentimos merecedores de las atenciones de Isabel.

La ventaja corría de parte nuestra porque compartíamos techo. Pero yo con la nariz hinchada y mi hermano con los huevos adoloridos, recibimos nuestra violenta respuesta a nuestros ingenuos requerimientos de amor.

Con Isabel mantuvimos, no obstante, durante años una buena amistad, pero el orgullo herido no nos permitió volver a intentar un acercamiento, aunque en ocasiones ella pareció buscarlo, al menos conmigo.

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