Mi vida en una melodía

Una vez lo conté, pero hoy, a los acordes de esa inmortal melodía de Charles Chaplin, Candilejas, me ha vuelto a la memoria esa escena breve, sin lazos ni menos importancia, pero que se me ha quedado grabada en la memoria forjada por los más intensos fuegos del mundo.

Y la recuerdo cuando mi mente germinada a finales de la primera mitad del siglo XX, sigue siendo –al menos así lo siento- la misma que cuanto tenía 5, 15, 25 ó 45 años, pero enclaustrada en un cuerpo que cuando quiero correr, camina.

Era invierno. Tendría yo cuatro, a lo sumo cinco años y sentado sobre las rodillas de mi padre, escuchábamos en reverente silencio la melodía “Candilejas” que desaceleraba emocionalmente con su cadencia romántica y nostálgica, la rapidez del acetato que giraba 78 veces por minuto.

En el exterior de nuestra confortable casa de una planta rodeada de un idílico jardín, llovía y hacía frío. En el interior, el calor del cariño de mi adorado padre, que no era pródigo en demostrármelo, para mí ya era suficiente.

Cuando se acabó el disco, alabó los avances tecnológicos que nos permitían escuchar en casa música como aquella, “con la misma calidad que en un auditorio”. Me dejó en el suelo y se fue y mientras para él ese instante se olvidó en el momento, para mí nació la melodía de mi vida…

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