Los gases ayudaron a desahogar las presiones previas a una deyección sólida en Urica


El otro día pensaba que cada vez escribo menos en este rincón de la billonaria red, desde el cual, a pesar de la infinita competencia, he logrado captar un nada desdeñable número de lectores fieles y consecuentes.
Podría pensarse que se me han acabado los temas o que mi capacidad de recuerdo se ha visto mermada por los años o, lo que aún sería peor, que pierdo facultades al momento de plasmar en el papel virtual que vemos a través de la pantalla, las vivencias que me vienen a la mente de distintas anécdotas vivenciales.
Pues no. En ocasiones, lo que sí falla es el ánimo, el humor o simplemente que hay cuestiones que aún enmarcándose dentro de lo anecdótico, son inenarrables porque forman parte de la intimidad.
Sería, visto de esta forma, impúdico que les contara por ejemplo lo que me sucedió un día viajando desde Caripito hacia Puerto Píritu, durante aquellos inolvidables años que viví en Venezuela.
Naturalmente, guiado por ese espíritu de pudor básico que ha animado todos mis actos, jamás haré público lo acontecido con posterioridad a un desayuno a las siete de la mañana en esa Fuente de Soda, que así se llaman en Venezuela a los bares-restaurantes, de la gasolinera de la pequeña población de El Tejero.
La cosa es que cuando pedí un bocadillo de humeantes tajadas de cerdo fritas en su propia grasa a tan tempranas horas del día, mi mujer me advirtió de los estragos que podrían ocasionarme las frituras, pero yo terco como siempre, disfruté no de uno sino de dos bocadillos y un tazón de aromático café con leche. ¡Qué buenos que estaban! Si incluso ahora que lo recuerdo se me hace agua la boca.
Lo último que diré de aquel día, porque el resto será cubierto por el olvido, es que viajábamos en nuestro todoterreno, aparte de mi mujer y mis tres hijos, Amada, la cuñada de mi hermano, una joven que conocía desde la época de la universidad en Chile pero con la que tenía poca confianza y sus dos hijas, que iban a pasar un par de semanas en nuestra idílica casa de la playa.
Ay si les contara.
Nada más salir del abrupto y selvático paisaje cuyo límite era justamente El Tejero, se iniciaba un larguísimo recorrido por los lineales llanos orientales que rodeaban a la recta carretera de Maturín, donde cientos de miles de hectáreas de hierba baja formaban un mar verde y sólido, sin árboles y sin sombras.
Los niños jugaban envueltos en sus propios sonidos en la amplia cabina trasera del Jeep, mientras Norma, mi mujer y Amada cosían y descosían verbalmente sus propia historias personales, alzando sus voces por sobre la algarabía infantil.
Yo, con la vista puesta al frente, observaba atento el trayecto de aquel camino sin curvas y que se fundía en un horizonte líquido como producto del vapor asfáltico que se levantaba por el calor. La vista la tenía allí, pero la mente en las cálidas aguas caribeñas de la playa de Puerto Píritu, donde aspiraba a darme un reconfortante chapuzón al llegar en unas cuatro horas más.
Y a partir de ahora, lamento decirles que ya dejo la historia en el misterio y en el anonimato, porque no es ni pulcro ni decoroso compartirla, porque de pronto, sentí una inesperada e imperiosa necesidad de evacuar. El cerdo clamaba a gritos ser depositado con urgencia y a manera de abono en los llanos monaguenses y anzoatigueños…
¡Qué apuro, Santo Dios!
Un sudor perlado y frío cubrió mi rostro de manera tan evidente, que Norma que vio brillar mi faz no tardó en preguntar “¿Qué te pasa, mi amor?” Y este servidor que estaba pendiente de mantener todo en su sitio hasta encontrar mejor depósito, sin que mi vista que oteaba ya a la izquierda, ya a la derecha, encontrase ningún arbusto, ni un pequeño arbolillo que medio cubriera mi humanidad mientras vaciaba su indeseado contenido, no estaba para detalles.
“¡¡¡Nada!!!”, le respondí malhumorado, mientras dejaba escapar a manera de desahogo un discreto pedete, que si bien fue discreto en su silencio no lo fue en su pestilencia que originó que los peques dejaran de jugar para culparse unos a otros de haberse cagado. Al menos, pensé con el poco halito que me quedaba para pensar, mi imagen quedaba a salvo.
Uno tras otro, los gases intestinales inundaron el interior del coche hasta el punto que Amada amenazó con descubrir al zorrillo que se estaba desfondando y darle un buen pescozón. Por el contrario, Norma que sabía de qué peludo culo se escapaban los vientos malolientes, prefirió por amor, callar. Fue cuando le confesé en voz baja: “me estoy cagando”, “no hace falta que me lo digas”, asintió.
¡Cuarenta minutos nos separaban de la gasolinera de Urica!, los mismos a esas alturas, que la de El Tejero.
Ya los pedos por no poder suministrar más aroma a una cabina saturada, dejaron de originar protestas, acusaciones y amenazas… O es que quizás ya hubiesen adivinado el origen.
En un punto del camino, veinte minutos antes de Urica, la puerta de Urica más precisamente, a cuya centenaria vera se levantaba la fuente de soda de la gasolinera, creí que iba a estallar y decidí detenerme, aparque el coche en el arcén de gravilla y tras una severa advertencia de que nadie se bajara ni mirara, decidí aliviar el vientre delante del motor. La advertencia se la llevó el viento, porque todos los niños bajaron a orinar y las mujeres a estirar las piernas y como por decencia no podía reconocer la desagradable contingencia, insté a los pasajeros a subir, confiando de que la profusión de gases lanzados libremente en aquellos momentos de “relax” me permitieran aguantar otros veinte minutos, partimos raudos hacia aquella más que necesaria escala en la puerta de Urica.
Si tuviera el valor de contarles el drama de aquel soleado día, les hubiese añadido que aquellos veinte minutos, convertidos gracias al acelerador en quince no exentos de peligro, fueron horribles. Incluso, creyente como he sido siempre, recé a mi patrono personal, San Cirilo del Perpetuo Socorro para que me proveyera provisionalmente de un tapón para el culo, que ya se lo devolvería cuando dejara de serme útil, pero que como es usual en estos y otros casos, no tuve respuesta.
¡Glorioso fue el momento en que se hizo visible la modesta puerta que daba acceso al pueblo! Y más cuando se perfilaron el restaurante, la gasolinera y el taller mecánico.
Frené en seco frente a la cafetería que hacía las veces de bazar, comedor y bar. Compré con natural celeridad un rollo de papel higiénico y pregunté por el lavabo…
“Nos lo acaban de clausurar por antihigiénico”, reconoció el infeliz a cargo del tarantín.
La desesperación me hizo gritar en presencia de mi comitiva, que me estaba cagando encima, ante lo cual el pobre hombre al que no le faltaba consciencia y sentido común, me sugirió utilizar la fosa séptica que estaba detrás de la fuente de soda, que no era más que un hueco excavado a la intemperie con vistas al amplio y ancho llano y al taller mecánico, que en aquel momento parecía ser el centro de reunión de todos los uriqueños y viajantes, ante cuyos ojos divertidos y asombrados, dejé la vergüenza en casa para rendirme a las exigencias de mi mortal envoltura corporal.
En alguna ocasión, quizás con la ayuda de algunas copitas desinhibidoras, les cuente lo que me sucedió aquel día entre El Tejero y la puerta de Urica

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