El día que el ridículo me mató

Yo, todo hay que decirlo como es, más o menos a los diez años era un chavalillo majete, no tanto como cuando tenía tres o cinco, que era gordito, rubio platino y con una sonrisa permanente en la boca que hacía que las viejas dijeran “mira que niño más mono” y las madre de mis amiguitos se murieran de la envidia. De ese encanto de mis primeros años, ya lo digo, a los diez me quedaba el calificativo de majete y solo mi abuela me encontraba precioso.

Era para entonces, buen dibujante, comenzaba a escribir mis primeros cuentos y me atraía -con gran pesar de mi padre que quería verme convertido en médico o ingeniero o a lo peor en abogado- el periodismo. Era además mal futbolista, y en general mal deportista, aunque practicaba el fútbol y hacía algunos deportes. Se me daban también mal los juegos habituales como, por ejemplo, la peonza o las canicas y como si aquello no fuese suficiente, en los estudios, especialmente las mates y Natu, me iba fatal, tanto que debo confesar que aprobé el bachillerato por promedio. porque en mi vida ví una buena calificación en matemáticas.

Pero el gran defecto de aquellos tiempos era mi horroroso sentido del ridículo. Y es que es normal. Con mi abuela que entre paliza y paliza -porque tenía el genio muy alto y las manos en exceso pesadas- me repetía que yo era el niño más guapo que jamás ella había conocido y mi madre aseguraba un día sí y el otro también, que tenía porte de príncipe -posiblemente por no decirme que tenía porte de enano y herir mis sentimientos.

La cosa es que sintiéndome guapísimo por un lado y de sangre azul por otro, desconociendo para entonces la escoria que se esconde tras el fasto real, estaba convencido de que todo el mundo me miraba y admiraba y que contemplaban, para imitarlos, cada uno de mis pasos, hechos y gestos. Esta situación expandió ilimitadamebnte mi sentido del ridículo. Así, menos para los estudios y el deporte, en lo demás, debía ser perfecto. El error debía serme absolutamente ajeno.

Sin embargo, aquel trauma que se fue enquistanmdo en mi cabeza se acabó un día abruptamente. Me lo quitó mi padre un domingo, a las puertas de un conservatorio de música, donde decenas de personas fueron testigos de cómo me daba cachetes, a la usanza de la época y me arrastraba por un largo pasillo cometiendo un delito contra natura, contra mi naura, claro está.

La cosa es que aquel día Juan, mi hermano, daba un concierto de acordeón en aquel conservatorio -era el muy sinvergüenza, un niño prodigio de 11 años. Como siempre mi padre se atrasó tanto en llegar que cuando detuvo su coche frente al conservatorio, el espectáculo acababa de terminar y la gente comenzaba a salir.

Mi primera impresión es que esperaríamos a Juan dentro del coche. Era lo natural, al menos para mí, pero no para mi viejo.

-Vé a buscar a tu hermano. -Fue su orden tajante.

Y fue algo automático. La maquinaria de mi mente comenzó a especular de forma inmediata… ¿Qué diría aquel público selecto que había disfrutado durante hora y media de los sones acordeonísticos de mi hermano, con “Por un beso de amor” como tema estrella, si me vierra llegar con tanto retraso al conservatorio? ¡Cómo se reirían de mi despiste! ¿Y si alguno me hacía ver mi error en público?. Definitivamente no me sometería a tal escarnio… ¡Jamás!

-¡No! -le respondí con decisión a mi padre.

-¡Que te bajes y vayas a buscarlo! -ordenó con tono irritado y alzando la voz.

Imaginaos que saliese en aquel momento el portero del local y me gritase “¡Oiga, precioso señorito!… ¿Dónde cree usted que va a estas horas? ¿Que no ve que el artista ya ha concluido su número?”. Y entonces todo el mundo me miraría acusadoramente y con sorna.

Preferiría la muerte y arriesgándome a ella como en efecto ocurrió -ya os lo cuento- me mantuve inamovible en mi decisión.

-¡No!

Se bajó mi padre del coche. Me sacó a empujones y me arrastró hasta las escalinatas del conservatorio…

-¿Que no vas a ir, desgraciado? ¡Ya te digo yo que vas a ir, inútil -chillaba

Y yo, “erre que erre”, que no y que no, aunque ya me arrastraba por el vestíbulo ante un sorprendido público que se había arremolinado a nuestro alrededor.

Comencé a llorar y a patalear y a dar berridos, mientras escuchaba cosas como “que niño tan malcriado” “debía zurrarle aún más duro”, porque por aquellos años era norma y normal zurrar a los niños por cualquier quítame esta paja.

Afortunadamente mi padre dejó de darme pescozones cuando un oportuno infarto acabó con mi vida y sufrimiento. Me morí allí mismo, bien muerto y para siempre.

Me quedé con los ojos y la boca abiertos y me sentí ridículo porque los muertos que se precien se quedan con los ojos y la boca cerrados y eso lo sabía porque cuando íbamos a un entierro mi madre y mi abuela y otras señoras coincidían al mirar al finado en eso de que “Uy, si parece que estuviera dormido el muertito”.

La cosa es que mi hermano, al salir se encontró con el escándalo que precedió a mi triste e irreparable fallecimiento y se escaqueo.

Cuando llegamos a casa nos dijo que “como no os he visto me he venido en autobús”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s