El pene disecado del abuelo Melitón

El abuelo Melitón era tan rubio como embustero y la abuela Mártires tan bella como fantasiosa. Ambos formaron drante 53 años una pareja de ensueño. Se amaban a rabiar, tanto que en ocasiones, después de viejos, había que llamarles al orden para que no escenificaran un espectáculo porno.

Un día, cuando la guerra, el abuelo Melitón se inventó que era ruso, que se llamaba Melitonevic y que había llegado a defender la República con las brigadas internacionales. Su acento de la Almería serrana lo explicaba asegurando que en Moscú había estudiado filología argentina… ¡Y tan pancho! La abuela Mártires para no quedarse atrás y ser la digna esposa de un héroe ruso de la revolución, dijo llamarse Martirianeva Melitoneviza y prefería no hablar para no quedar en evidencia porque era gaditana de las orgullosas y las de toda la vida.

Como suele suceder con los revolucionarios de ocasión, al terminar la guerra, el abuelo Melitón se convirtió en un turista americano al que había pillado la contienda en plenas vacaciones y que se llamaba Mel Iton (Aiton en su pronunciaci´pn inglesa) y su mujer, o sea la abuela Mártires, pasó a ser Mistress Iton y la embajada namericana los “repatrió”, porque los americanos pese a que sus películas los retratan como unos pillos listos, son más tontos que hechos de encargo.

Allí les fue muy bien, tanto que se venían todos los años a pasarse sus vacaciones en Benicassim, porque nada más llegar a Chicago el abuelo Melitón explicó, sin cambiarse el nombre, que era judío y que huía de la Alemania nazi y los judíos que no por eso dejaban de ser americanos y como ellos más tantos que hechos de encargo, les ayudaron a hacerse las américas.

Un día, hace unos diez años, o así, nos llegó la infausta nueva del fallecimiento del abuelo Melitón y como antes de palmarlas, el buen abuelo echó a correr el bulo de que en realidad era Joe Melitone, el más terrorífico “padrino” encubierto de Sicilia, media colonia italiana (la otra mitad se declaró públicamente enemiga de la tenebrosa familia Melitone) acudió a las ceremonias fúnebres oficiadas por los cardenales de Barlovento y El Palmar en representación del propio santo Padre (esto nos lo contó luego la abuela Mistress Iton, o sea Mártires).

Sola, con un hijo medio huérfano, el tío Abraham (Eibrahem en inglés) y con una cajita que guardaba, decía la viuda, los restos de su Melitón, “que Dios tenga en santa gloria”., regresó la abuela a su España natal.

Aquí no hacía más que hablar del poder sexual de su marido mientras acariciaba temblorosa y con orgullo la cajita con sus restos.

Una vez contó que ya hubiese querido el más grande de los elefantes de la Tierra, tener un “paquete” tan bien dotado como el de Mr. Iton y entonces besó y lamió la cajita.

Esta veneración por la pequeña urna picó nuestra curiosidad y fue el propio Abraham, nuestro tío, el que un día y en la presencia de toda la chiquillería de la familia, decidió abrirla para ver las cenizas de tan portentoso caballero, su padre.

Pero, ¡Oh sorpresas de la vida!. En esa cajita, amigos míos, no había otra cosa sino un pene gris con su par de huevos bien puestos, también grises. Pero ese pene aparentemente disecado no medía 18 o 30 centímetros… ¡No! Medía al menos medio metro y estaba enrollado alrededor de los testículos. ¡Vaya hombría la del abuelo Melitón! ¡Y vamos!, qué orgullo para la abuela Mártires que con razón un día nos dijo que al entrepiernas de su marido lo codiciaba hasta la “Tailol”, refiriéndose seguramente a la fallecida Elizabeth Taylor.

Desde aquel día, el Abraham no cabía en sí de orgullo por tener tal padre con tal polla… Claro que su orgullo también lo hacíamos nuestro, porque a fin de cuentas era nuestro abuelo (todavía no sé a cuenta de qué, porque ni era padre el abuelo Melitón de mi padre ni tampoco de mi madre).

Cuando supo la abuela Mártires de nuestro descubrimiento, simplemente sonrió y miró con cariño a su cajita y después siguió hablando del poderío de su marido Melitón. Era en la cama, decía, un superhombre y añadía una y otra vez,, “en la cama, en el lavabo, en la sala y en el patio y en todas partes porque no paraba nunca y yo me dejaba querer”.

Pero un día, como nos pasará a todos tarde o temprano, la abuela Mártires, con la cajita con los restos del abuelo Melitón al lado, se dejó llevar sumisamente por la Parca.

Antes, sin embargo, le habló al oído el tío Abraham que mientras escuchaba iba enrojeciendo hasta que ella murió y él estalló en llanto.

Después nos contó que la abuela Mártires que había estudiado escultura en Chicago, le había confesado en sus últimos momentos que había modelado las cenizas del difunto en forma de gran polla que era lo que ella siempre aspiró “porque la de mi Melitón no era más grande que la de un pollo”.

Incinerado también el cuerpo de la abuela Mártires, se fue Abraham a la playa, con ambas urnas, las abrió, remeció un poco las del abuelo para que se deshiciera como en efecto se deshizo la fantasía de la abuela, echó las cenizas al viento y en ese instante un remolino las confundió mientras que un coro de hermosos ángeles entonaba un himno de amor y de alegría…

¡Uy, qué bonito!

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