Los perros hambrientos

Cuando estudiaba en la “uni” leí un libro que me dejó muy marcado, tanto que años después se lo recomendé a mi mujer y también quedó muy marcada. En ambos casos nos invadió esa sensación de ser partícipes del constumbrismo campesino impregnado en cada una de las páginas de “Los perros hambrientos” del escritor peruano Ciro Alegría. Sin embargo, aunque ahora ni mi mujer ni yo seríamos capaces de recordar más que someramente la trama de la novela, no podemos olvidar por su fidelidad, nobleza y valor, a esos perros nacidos, criados y crecidos en la inmensidad andina peruana, sin más norte que comer y servir al amo… mal comer y servir al amo hasta la muerte.

Güeso y Wanka eran sus nombres. Dos chuchos sin más raza que la que da la altura, el frío y la lucha por la supervivencia y sobre todo una soledad matizada por contactos breves, casuales y repetitivos siempre con las mismas gentes y los mismos perros, gemelos en necesidades, tristezas y circunstancias y ajenos todos, a las alegrías mundanas.

Pero como en esta oportunidad no es mi intención hacer un comentario del libro, ni menos un análisis como tampoco una crítica, iré directo al grano.

Cuando vivíamos en el precioso chalé de Villa Africana en la localidad venezolana de Ciudad Guayana, decidimos hacernos con un guardián que a la vez disfrutara del amplio jardín que rodeaba la vivienda y pusiera todo su caracter en defenderla, lo mismo que a nosotros, que ya éramos cinco. La guapa Iris, una amiga de mi mujer, nos dio un pastor alemán joven que rondaba el año, pero que venía con tan malas costumbres que se sentía mucho más cómodo dentro que fuera de la vivienda. Incluso, si estaba tres días en el jardín, esperaba al cuarto para filtrarse en la casa y vaciar de sólidos y líquidos el cuerpo en la sala, su lugar preferido. Decidimos devolver la dádiva a la pobre Iris que años después moriría afectada por un dengue hemorrágico.

Sin embargo, como la necesidad de un perro protector seguía vigente, a los pocos días,, visitando al malogrado tío Alberto, el preferido de mi mujer, nos percatamos que tenía tal cantidad de canes, que no significaría para él ningún problema suministrarnos uno. Y el hombre, generoso, simpático, campechano y bonachón que tal era su carácter, quiso que nos lleváramos toda la última camada compuesta por cuatro machos y dos hembras, cada cual más horrendo y para no desairarlo en su entusiasmo, nos quedamos con una hembrita negra y un macho color miel. Tendrían las bestias un par o tres de meses y una fiereza tal -lo mismo que sus hermanos, padres, tíos y abuelos- que hubo que lacearlos y mantenerlos a distancia antes de meterlos en una jaula.

No nos costó bautizarlos… “Güeso” y “Wanka”, aunque los nombres más apropiados hubiesen sido Gruñón y Gruñona, porque no dejaron de gruñir y enseñar amenazantes sus incipientes colmillos durante el trayecto de regreso a nuestra casa.

La historia de nuestros Güeso y Wanka, lejos de hablar de fidelidad, sumisión y servicio, podría resumirse en una serie de carreras, huidas, mordiscos.palos para apartarlos de sus presas, que solían ser las piernas de nuestros tres hijos. Entre medio de la convivencia bélica, no escuchamos ni un solo ladrido. Solo hubo gruñidos, miradas maléficas y cargadas de odio. Incluso al darles la comida debíamos ponernos guantes gruesos, pues solían confundir las manos con el pienso. también confundieron con su alimento al canario y al loro que no se salvaron ni por estar en altas jaulas, de su voracidad destructiva. Ni siquiera la dura caparazón de la tortuga pudo protegerla.

Al llegar y al salir de casa, íbamos premunidos de un bastón y un botellón de agua para distraerlos y evitar su ataque.

Al poco tiempo de tenerlos, tres meses o así, nos vimos precisados a tomar una decisión sobre su tenencia y lo que la aceleró es que estos chuchos, feos como ellos solos y peligrosos como ninguno, estaban tan centrados en su acoso a la familia que un día alguien que nació en mala hora, entró tranquilamente el jardín y se llevó en pleno día toda la colada que se secaba al sol.

Fue una noche cuando tras varios intentos los laceamos y los amarramos en la parte trasera del todoterreno y me los llevé a una de las playas más alejadas de la casa del Río Caroní y en una zona oscura, no sin gran trabajo y riesgo, logré que se salieran del vehículo al que se aferraban como si supiesen que el abandono era su destino y regresé pitando a casa.

Aquella noche cenamos en paz. La tranquilidad invadió la casa y los niños nos precedieron en ir a dormir. Se había acabado la peor pesadilla que jamás hubiésemos imaginado.

Sin embargo, a la mañana siguiente, los gritos de los viandantes nos alertaron de que algo no iba bien y lo que no iba bien es que Güeso y Wanka habían regresado y mordían a cuanto peatón se aventurara a pasar cerca de la verja exterior que ellos mismos eran incapaces de franquear. No nos quedó, pues, más alternativa que con toda la precaución del mundo, dejarles entrar al jardín y sortear sus intentos por alcanzar nuestros tobillos e incluso, con los saltos que daban, nuestros glúteos.

Una semana tardamos en idear un nuevo plan. El listín telefónico de El Tigre, ciudad petrolera situada a unos 250 kilómetros tenía una clínica veter9naria, entre muchas otras, que daba hospedaje a los perros por viaje de sus amos o cualquier otro motivo, así es que concertamos cita para dejarlos una semana, tras la cual no pensábamos regresar. Viajamos hasta allí.

-Qué perros más lindos, -mintió una joven y agraciada veterinaria en cuanto entramos con ellos atados de manos, patas y hocico, tarea en la que nos habían ayudado un vecino de apellido Rojas y su mujer.

Dimos nuestros nombres, dirección y teléfono, obviamente falsos y pagamos la semana anticipada, mientras la vterinaria nos recriminaba gentilmente la forma que habíamos atado a esos animalitos tan inocentes.

Cuando nos marchábamos, no obstante, oimos a la profesional llamando…

-¡Nectario, coño, corre! Ayúdame a controlar a estos monstruos…! ¡Corre, coño, que me matan!

Yo sé que por el tiempo transcurrido, ambos bichos deben estar mordiendo tobillos y culos en el infierno desde hace años, pero por si acaso, si usted se topa de frente con dos perros, uno color miel, y otra negra como la noche, de mediana estatura, contextura fuerte, orejas puntiagudas en permanente posición vertical, cola recta, también en posición vertical y los ojos cargados de odio y sangre… ¡Corra!… ¡Corra como alma que lleva el diablo!

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