Un día fui mejor que Víctor Valdés

De pequeño -y también de joven, (no debo ser modesto ni para lo negativo)- me encantaba el fútbol y no me perdía ningún fin de semana de ir al estadio. También me encantaba su práctica, aunque el astigmatismo hipermetrópico del que he padecido desde la cuna y negado quizás por qué motivos por mi padre que afirmaba orgulloso que yo tenía una vista de lince, me convertían no en el menos bueno sino en el peor sobre el terreno de juego, en aquellas escasas ocasiones en que faltaba algún compañero en el equipo y no les quedaba más opción que incorporarme.

Un día, no obstante, ideé la forma de jugar todos los encuentros -medio ciego desde luego que sí lo era, pero tonto no- y convencí a mi padre de que en el equipo necesitábamos la equipación completa, porque solamente teníamos las camisetas rojas que ya estaban viejas, desteñidas y ajadas. Así es que un día me aparecí en la reunión informal de los martes con aquella maravillosa dádiva condicionada a jugar completos todos los partidos. Lógicamente ante aquellas relucientes camisetas verdes -gris la del portero- pantalones blancos y medias blancas con listones horizontales verdes, la tentación era grande y el sacrificio de jugar con un chaval menos, que es como veían mi prersencia, asumible, así es que accedieron llevados por la ilusión y la emoción.

En aquellos años del cine en blanco y negro y de la radio, el planteamiento futbolístico habitual era el 5-2-3, hasta que Suiza introdujo su famoso e ineficaz cerrojo con el 4-2-4, por lo cual mis colegas decidieron ponerme como medio campista derecho, retrasando al delantero derecho para apuntalar mi posición. Lo cierto es que dio resultado en los marcadores porque no perdíamos, pero al decir de mis crecientemente enfadados compañeros, como a mí me pasaba el balón por detrás o por delante, así como por los costados sin que me enterara, era efectivamente como jugar con diez y debían buscar una solución. Y la solución fue adelantar al medio campo al defensa central y a mí ponerme en esa posición con la instrucción clave de que por ningún motivo me despegara del delantero centro, o sea que lo molestara, lo acosara y de ser necesario, le hiciera faltas para evitar su movilidad.

¡Claro, yo era pequeñajo en edad y estatura y debía emplearme a fondo en la misión encomendada! y cada vez que un delantero centro se me aproximaba, yo venga a dar empujones y patadas y cuando el árbitro pitaba falta, los malparidos de mis compañeros le rodeaban airados no para protestar su decisión, sino para que me expulsara, que afuera hacía menos daño… Once penaltis provoqué en aquella posición, nueve de los cuales se convirtieron en gol… once veces me expulsaron, ocho a instancias de mis propios compañeros. Todo ello sin contar la enorme cantidad de faltas próximas al área que propicié. algunas de las cuales llegaron también al fondo de la red.

Un día en reunión urgente, la plantilla decidió que la posición menos comprometida era la de falso delantero centro, porque adelante haría menos estropicios y que con la calidad goleadora de nuestros atacantes, con cuatro bastarían reforzando sin dejar descubierta la mitad del campo.

¡Error de errores!

Como yo debía permanecer adelante y en posiciones que no entorpecieran el juego de los nuestros, mi cuerpo comenzó a convertirse en un verdadero imán para los balones que iban a puerta y tras rebotar en mí, evité 37 goles en la portería contraria, otras trece choqué contra mis propios compañeros y dos, eché el balón fuera a portería descubierta, una de las cuales, aunque parezca mentira, se fue hacia arriba y hacia atrás, como en un cuarto de “chilena”. Pero ya lo digo, resultaban casi milagrosos los rebotes del balón en mi espalda, en mi pecho, en mi culo, en la nuca, en mis testículos, o en la nariz, por lo que al decir de los míos, jugábamos con nueve y el equipo contrario que siempre se alegraba cuando me veía en esa posición, con doce… o hasta quince. ¡Qué sé yo!

Mas, esta pecualiaridad y la imposibilidad de echarme del equipo porque se quedaban sin equipación, hizo que uno de los chavales explicara que si yo era un imán para el balón, quizás ppniéndome en la portería pudiera sacar provecho de tal sinrazón..

¡Y tanto! Porque todos los tiros contrarios daban en mi espalda, en mi pecho, en mi culo, en la nuca, en mis testículos o en la nariz y nnguno iba a parar al fondo de la red… “El portero de la potra” me llamaban y cada vez que el balón daba casualmente (porque, repito, yo no lo distinguía) en alguna parte de mi cuerpo, tanto mis compañeros como mis rivales, que no se lo creían, se descojonaban de la risa.

Pero esto, como sucede con todo, un dia se acabó En efecto, cuando comenzaba a convertirme en leyenda, me eché novia y cuando fue a ver un partido, al terminar estaba roja como un tomate y decidió cortar conmigo avergonzada y la depresión me llevó a dejar el fútbol para siempre.

Mucho tiempo después llegó a mis oídos el comentario de uno de los entrenadores de un equipo rival, que con el tiempo se convirtió en uno de los mejores del fútbol profesional:

“Ese chaval no es que tenga suerte, sino que sabe estar bien situado”.

¡Hombreeeeeeeeeeee!

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