De cómo el té se me atragantaba en la garganta

Hace muchos, muchísimos años tenía yo un buen amigo. ¡Vamos! Que hace muchísimos años tenía yo cantidad de amigos, delimitados por las diferentes épocas en las que se descomponen los años que suman medio siglo y dos lustros más 24 meses. Además, estaban señalados por los imprecisos límirtes que separan a los amigos de toda la vida (léase Jaime Hales y Sandra y Olga Garretón), los amigos íntimos de una época (Gabriel Valdivieso, por ejemplo, que es que el tiene que ver en este escrito) e infinidad de conocidos.

Resulta que hace pocos días, a través de facebook -¡como iba a ser de otra forma!- me reencontré con Gabriel y 45 años después, a través de una demostración magistral de buena memoria, me preguntó algo que yo siempre pensé que había pasado desapercibido y era en relación al hecho de que yo nunca hubiese querido tomar el té en la hora de la merienda cuando iba como invitado a su casa.

Ciertamente su interrogante me sonrojó un poco, porque quedó claro que la certidumbre que me acomopañó durante años de que había sorteado aquello con maestría, pues ya se ve que no… Es un poquito lo que les pasa a los políticos, que se piensan que detrás de sus palabras vacías pero cargadas de solemnidad y sus rostros adustos y serios, el mundo les toma por hombres íntegros y respetables, cuando lo cierto es que los vemos como unos vividores, sinvergüenzas y embusteros… en el mejor de los casos.

la cuestión es que cuando merendaba en su casa, se generaba al momento de tener frente a mí la taza de té (quien dice té, dice café con leche, chocolate o chocolate con leche) un drama tan intenso y una lucha interior tan despiadada y cruel que será difícil de entender para cualquier mortal.

Me explico. Entre mis muchas manías nacidas a la sombra de una familia mal estructurada que marchaba al compás de los recios tambores de guerra de mi abuela y se perdía el paso ante los clarines de contraataque de mi madrastra y que culminaba con la anarquía que generaban las desesperadas órdenes de retirada de mi padre, sometido más que ninguno a enfrentar la espada de una u otra, con la pared de una u otra también, cortando su retaguardia… Decía que entre mis muchas manías -como para no tenerlas en ese inestable ambiente hogareño- surgió una, y justamente en casa de Gabriel, como consecuencia de verme de pronto enfrentado a la paz de una familia que parecía no tener fisuras… ¡Perfecta, desde mi punto de vista!

Y naturalmente, admirado la primera vez, por la paz que se respiraba, el cariño que se profesaban, el respeto que se percibía, emergió visceral el temor a romper una situación que se me antojaba ficticia,y frágil, acostumbrado como estaba a la permanente situación de guerra fría, con reiterados rompimientos de hostilidades que se vivían en mi entorno… y… ¡Hombre! Que tampoco era yo un ente anormal que pudiera dinamitar el encanto de aquel hogar y de sus miembros… Pero ya mi propia inseguridad se inventaría algo…

¡Y se lo inventó.

Fue al momento de ir a coger la taza de té (multiplicada aquella situación por las incontables veces que fui a casa de Gabriel a merendar). ¿Y si al beber el líquido, pensé inopinada y estúpidamente, el sonido de la garganta al tragar rompe este maravilloso equilibrio?… ¡Pamplinas!, me dije. Pero ni pamplinas ni nada. El temor ya se había lanzado directamente a mis manos que al querer coger la taza dieron rienda suelta a un verdadero terremoto. Un parkingson transitorio se apoderó de ellas y por muchos esfuerzos sustentados en la razón que hiciera por controlar mis miembros, el fracaso fue rotundo y una tonta disculpa de que no quería té, terminó siempre por justificar el hecho. Y yo, tan tranquilo pensando que aquello -realmente sin importancia- había pasado por debajo de la mesa… De haber abierto el corazón para aclarar aquel detalle, estoy seguro que hubiese podido humedecer el paladar al degustar las delicias con las que la familia llenaba su mesa.

Esta certeza en la solución la constaté años después, en casa de los Toro, una familia muy parecida a los Valdivieso a una de cuyas bellas hijas pretendía. Al verme enfrentado a la taza de té, regresaron mis miedos y el temblor de mis manos. No obstante cogí la taza y me hice la promesa de que llegaría a mi boca aunque tuviese que salpicar mantel, pantalones y comensales, pero una parálisis en los brazos impidió trasladar aquella vasija de porcelana con asa. Tan inmerso en la tarea estaba, que no me percaté que mis movimientos y mi lucha eran observados por cada uno de los integrantes de aquella enorme y pía familia, además con ¡Con divertido regocijo! Y no me quedó más remedio que explicar con mi proverbial delicadeza, educación y elegancia que “¡Coño, me suena la garganta al tragar, joder!”

Y el milagro se produjo y después de que aquellos añorados amigos de los años de universidad hubieron dejado de reir, cogí mi taza y desde entonces bebo mi café o té sin temor y sin sonido en la garganta

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