El viejo Casimiro


El viejo Casimiro, más específicamente las “Consejas y consejos del viejo Casimiro”, ha sido uno de mis mayores logros periodísticos por su amplia difusión y por permitirme aplicar en esa crónica diaria la más amplia libertad de expresión que recuerde en mi vida profesional.

En 1981 llevaba varios años apartado del ejercicio de la profesión, cuando una tarde me senté en la amplia mesa de mi estudio hogareño, cogí la misma máquina conque en 1965 había escrito junto a Jaime Hales nuestra “Literatura de gente joven” y la misma también con la que escribiría en 1985 “Un libro para leer sentado en la pceta” (el retrete) y me puse a divagar. Y esas divagaciones a manera de recuerdos casuales las apliqué a la mente de un anciano y así escribí sobre una vivencia personal referida a la semejanza de los ojos de un perrillo setter con los de mi primer rollete. Una vez terminado el trabajo que nada tenía que ver con la línea que seguirían mis escritos a partir de ese momento, convencido fantasiosamente que tendría cabida permanente en el para entonces principal diario del Estado Bolívar, El Expreso, decidí ponerle a la crónica un nombre permanente.

De esta manera, apareció en mi mente la imagen de un viejo campesino, me inventé su procedencia, Mata de Totumo, recordé aquellos micro programas radiales que llevaban por título “Las consejas de Alejandro Casona”, pensé que consejas encajaba con consejos y además formaban una buena combinación y sin pensarlo mucho dí forma a “Consejas y consejos del viejo Casimiro”. Tres folios a doble espacio quedaron guardados en uno de los cajones de mi mesa y al día siguiente en mi trabajo, dibujé en un pequeño papel a un personaje pensando en lo que debía ser el “viejo casimiro”, es decir. un hombre de pelo y poblados mostachos blancos, ataviado (aunque solamente era un dibujo del busto) con la tradicional vestimenta llanera venezolana, el liqui-liqui y un enorme sombrero de pelo’e guama.

Olvidé mi escrito -el dibujo se quedó en algún rincón de mi despacho- hasta que volví a encontrarlo un par de semanas más tarde y lo dejé en la corresponsalía de El Expreso en Ciudad Guayana, a sabiendas de que con el prestigio del diario y la fama de sus colaboradores, allí, se quedaría guardado en un archivo para siempre. Sin embargo, al día siguiente apareció muy destacado en la página de opinión lo que para mí desentonaba, pues no es lo mismo hablar del parecido de los glaucos de un perro con los de una eventual noviecilla, que opinar de política, economía o similares. Pero parece que gustó tanto que de la corresponsalía me avisaron que tenía a mi disposición un espacio semanal en página impar, fuera de la sección “opinión”

Sin embargo, durante dos meses me dediqué a escribir cuentos para el suplemento cultural del diario hasta que encontré el dibujito de marras. Incentivado por el hallazho hice un artículo de dos páginas referido irónicamente al gobernador del Estado, que significó, en cuanto fue publicado, que me ganara la antipatía de este político y de su partido, pero al mismo tiempo un prestigio desmedido, por el estilo. Desde entonces todos los jueves primero, y diariamente al poco tiempo, el “viejo Casimiro” que se extendió a todos los rincones de aquel país fue el objetivo de muchos políticos y gente pública que rogaban salir en sus líneas pese al tono sarcástico utilizado.

Las consejas me granjearon grandes amistades como la del Dr. René Silva Idrogo, médico, político, escritor y gobernador de Bolívar y enemigos a granel, tantos que recordar a uno sería discriminatorio.

De lo que no puedo dudar en absoluto es de la absoluta libertad que disfruté durante los ocho años durante los que vio la luz. No obstante, al regresar a España, pese a su éxito inicial en Madrid, las tempranas y sorpresivas presiones políticas en cuyo entorno, dado el acento adquirido durante mi pasantía americana, me llamaban despectivamente “el argentino” acabaron con su existencia y el intento por publicarla en el modesto Diari de Terrassa de mi ciudad natal colisionó con un asombroso “”Podria ferir la sensibilitat dels lectors”. O sea que en resumen, en esta Patria pequeña pero acogedora, Franco ha muerto pero sus usos siguen presentes en los medios.

Aunque como veis la historia del “viejo Casimiro” es simple, hoy le he recordado porque fue en septiembre de hace 30 años cuando le parí y la última, hace un par de años en un blog que ahora lleva por título El Blog de Ricardo Salvador, porque la situación de España no da cabida ni para sarcasmos ni ironías tan propias de mi vieja y añorada creación.

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