Dueño de la vida y de la muerte

Si algún día quieres sentirte como un dios, te sugiero que mates a alguien. Es cierto que al principio, si estás contaminado por algún tipo de creencia religiosa o simplemente eres aprehensivo, te dará un poco de repeluz. Sin embargo, te puedo asegurar que a la segunda o a lo más a la tercera experiencia comenzarás a sentir una afición rallana en el vicio, acompañada por el placer -aunque solo sea sicológico, de ser el dueño de la vida y de la muerte.

A mí, para que os voy a mentir, sentí temor aquel día en que estuve cerca de un sujeto maloliente y estar tentado de darle en la cabeza con la llave inglesa con la que vanamente intentaba aflojar uno de los neumáticos del coche.

“¿Le puedo ayudar?”, me preguntó el desgraciado aproximándose con su cuerpo impregnado con la hediondez del sudor y el desaseo y tuvo además la desfachatez de corregirme y a más, de sugerirme que aquella tuerca no cedería sino con una llave de cruz. Me tembló la herramienta en la mano. Sí, sí, había cobrado vida propia ante la insensatez humana y me pedía a gritos caer con toda su fuerza sobre aquellos cabellos grasientos que le cubrían una cabeza que no estaría menos sucia. Quise dejarme llevar por las órdenes implícitas de la llave, pero… ¿sabéis que me contuvo?… La decencia, la limpieza, la higiene… Solamente de pensar que podía tocar a aquel hombre me retenía. ¡Dios mío!

Sé que ese titubeo no fue más que una tontería que retrasó el placer que se siente al ver cómo se escapa la vida de alguien y que el honor de quitársela, de decidir como el Todopoderoso el momento preciso para hacerlo te da una infinita sensación de grandeza. Pero también desde ese instante supe que el goce delirante estaba al caer.

Digamos que la ocasión se presentó propicia y me permitió mientras el estilete horadaba las carnes filamentosas de aquel desconocido anciano, cumplir con un cometido cristianamente humanitario. Y es que está claro como el agua…

…Caminaba por las calles de mi ciudad, atestadas siempre de gentes, animales cagando, coches echando humo y produciendo ruidos, ciclistas toreando las normas, señalizaciones y semáforos, motoristas circulando por la acera. En fin, caminaba dentro de lo que es la normalidad urbana y por entre una masa de seres briosa, ágil, estridente y anónima le vi. Era un anciano con su brillante cabeza manchada por unos pocos pelos canos, la piel cetrina y el caminar cansino.

¡Qué lástima me dio! Si por cada diez de mis pasos, él y su bastón daban dos apenas. A la línea recta de mi cuerpo respondía el suyo con una interrogación en forma de joroba. Y además al pobre desgraciado al que por poca cosa parece ser que la Parca había olvidado, le temblaban ambas manos y como si todo lo anterior fuera aún insuficiente, el pobre viejo tenía reflejado en su arrugado rostro un semblante de mala hostia que no veas… ¡Como para no tenerla con esa edad y los achaques pertinentes!

Cuando extraía de su espalda el estilete similar al que utilizaron para matar a la pobre Sissi, el hombrecillo -o mejor dicho, lo que quedaba de humano en él- se giró, me contempló con estupor, escondió sus pupilas tras sus párpados superiores y blancos como le quedaron los ojos, se desplomó para nunca más levantarse.

¡Qué pasada! Os lo juro… ¡Qué pasada!

Pero no os penséis que el entusiamo fue de la magnitud que parece desprenderse de las letras precedentes. No. La sensación de hacer un favor a un moribundo le restó a la acción el morbo y el riesgo necesarios para este tipo de aventura tan impresionante, así es que quise intentarlo una vez más. Le aliviaría a un joven y animoso caballero, de la lenta y cruel espera en que se convierte la vida camino de la muerte.

De esta manera, un mes o algo así después de mi primera experiencia que podría calificar como de resultados de discreta alegría, se me presentó la segunda oportunidad.

Fue en casa de mi tío Eleuterio, solterón de unos cuarenta años, fuerte, risueño, borracho, algo pendenciero y mujeriego más de palabra que de hecho porque era un poco afeminado. Le había ido a visitar como lo hacía siempre, o sea casualmente, para disfrutar de una cena opípara, bien sazonada, exquisita como siempre en sus detalles y precedida, seguida y también acompañada por licores y vinos de una calidad insuperables. Si no fuese porque podría pecar de subjetivo, diría que mi tío Eleuterio tenía los más finos caldos del mundo.

En fin, que cumplidos los objetivos de los potajes sobrios y aromáticos y de la bebida profusa y variada, cogí un candelabro de plata cuya utilidad descubrí en aquel momento, pues siempre había reposado sobre una repisa sin velas que encender y estando el tío Eleuterio de espaldas, se lo asesté por la cabeza. Como había hecho el viejo, se giró y me observó con el asombro dibujado en sus glaucos, aunque sin deseos de doblar sus piernas, a pesar de que ya la sangre le cubría el rostro.

¡Jesús! ¡Qué placer exagerado! ¡Qué delirio profundo! ¡El climax de la existencia, sin duda!

Pero ni con uno ni con dos, el tío murió. Tuve que darle siete golpes en la cabeza para que al fin culminara entre sangre, gemidos y jadeos, la rica vida que la había disfrutado en el mundo. ¿Y sabéis qué? Pues me invadió un sentimiento infinito de felicidad por mi mismo que le había evitado al tío Eleuterio la nunca desechable posibilidad de que las cosas se le torcieran y dejara de ser feliz para morir años después como un desgraciado. Es más, me atrevería a asegurar que noté en el último reflejo vital de su mirada, un rayo de gratitud que rompía los límites de la temporalidad.

¡Qué bonito!

Pero, miren ustedes como son las cosas, que esa apetencia de una sensación delictiva que daría forma a un complejo y completo cuadro de omnipotencia, se esfumó a los pocos minutos, cuando el cuerpo yacente del tío Eleuterio, deformada su cabeza a fuerza de golpes de candelabro todavía no se había enfriado del todo y yo hacía la colada para librar mi ropa de las feas manchas que suele dejar la sangre al secarse. Paralelamente también se esfumó la euforia, porque, deduje, al ser el tío Eleuterio el primo de mi madre que Dios tenga en santa Gloria, la cosa quedaba en familia y no corría el riesgo de que la policía fuese a inmiscuirse en asuntos privados. Es decir que la idea de huir, esconderme, evadirme que daban sabor a mi nueva afición se evaporaba a la par que lo hacía el interés de unos agentes desmotivados por algo que incumbía únicamente al sagrado círculo familiar.

Estuve otras cuatro semanas articulando planes y limando las estrías e impurezas que pudieran presentar. Era necesario evitar en el siguiente agraciado todo atisbo de sentimientos, amistades, parentescos y detalles que alterasen la sublime perfección de un Dios.

Con las ideas bien claras, una noche, a la salida del bar, me encontré a la elegida. Era según lo previsto, una chica mona, más bien alta y espigada. Bien vestida, mejor maquillada y dulcemente perfumada.
Para esa ocasión había comprado una pequeña pistola del 22 y tras asegurarme que no era una golfa cuya condición convertiría el favor en una venganza de la humanidad decente contra el perverso y pervertido ambiente del sexo sin amor ni sentimientos, le metería una bala entre ceja y ceja.

Me acerqué, le pregunté para descartar el pecado remunerado de la carne, cuánto me cobraba por un rato y me dio tal bofetada que dejaba su virtud más que demostrada y gozoso ante tal oportunidad, me llevé la mano al bolsillo en pos del arma, pero la muy perra se puso a chillar y a decir tonterías y tres fornidos sujetos, porque no menos habrían podido reducir la fuerza de mi probada hombría, me sujetaron hasta que llegó la policía.

Me acusaron los ignorantes que siempre he tenido por tontos, de haber agredido de palabra a una dama, por lo que no me dejaron más remedio que narrarles que debía probar primero su virtud antes de enviar un ángel nuevo al Creador.

Lo mismo le conté luego a un igual a Dios en un juzgado. Permanecía el individuo ceñudo y cabizbajo mientras le repetía lo que ya había dicho a la policía, hablándole de la media decepción que me había provocado la muerte del tío Eleuterio “al que por ser familia poco interés en esto puede tener su señoría”, me disculpé y lo del anciano cuyos dolores y achaques alivié con un certero estiletazo.

Y estuvo el igual a Dios más comprensivo que los crueles policías que no hicieron previamente más que golpear mis partes pudentas con toallas mojadas y me dio la razón en todo, tanto que seguramente enterado de mi situación de paro, decidió proveerme de forma gratuita durante un par de años -que lo que usted ha hecho no da para más, explicó- de techo digno y comida equilibrada, que aunque no era como la del finado tío Eleuterio, tenía sabor y sal, que los médicos enemigos declarados de las empresas salinas, siempre me han prohibido, pretextando mi tensión.

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