El pene pecador

Cuando era muy pequeño pero con la edad suficiente según la ley para comenzar a amargarme la vida en el cole, fui por primera vez a clases, no sin antes soltar ese día un berrinche histórico.

Era pequeño, repito; lo suficiente como para que los curas no desviaran su atención sobre el peligro de que un curso mixto de cinco años como edad media, pudiese desviarse hacia una indeseable bacanal u orgía sexual pero no tanto como para pensar que ya estábamos en edad de comenzar a asimilar tonterías como palitos, circulos, líneas verticales y horizontales y todo eso que formaba parte de un mundo de aburrimientos.

Todavía me acuerdo de algunos de esos primeros nombres que identificaban a niños y niñas, con muchos de los cuales llegué a hacer buenas migas y a otros, simplemente a aborrecer. La sociabilidad humana comienza a perfilarse en los primeros estadios de la vida.

Eran tiempos en que al Gerard, al Didac o a la Carmeta debíamos por imperativo legal llamarles Gerardo, Diego o Carmencita, so pena de un buen sopapo en la boca o un reglazo en la palma de nuestras tiernas manitas. El padre César Murillo, un tiarraco enorme al que su negra y brillante sotana le venía pequeña, por madrileño y fanático del Caudillo era el que con mayor vehemencia defendía el uso del idioma cristiano en los nombres, por lo cual le obedecíamos y llamábamos al Gerard, al Didac o a la Carmeta, como él quería, o sea Gerardo, Diego y Carmencita, pero además, simplemente por joder, lo que también se aprende a tempranas edades, llamábamos a Montserrat, Monte Serrado para irritación del religioso y divertimiento de la niña que detestaba a aquel remedo de pingüino obeso y antipático.

Aquellos días de aburrimiento dentro de unas aulas en las que siempre rezábamos lo mismo, cantábamos lo mismo y recitábamos lo mismo, se convertían en las horas de patio en una juerga vigilada por media decena de ojos adustos estratégicamente situados para evitar agresiones, conatos de violencia o algún atisbo pecaminoso de prematuros roces sensuales entre niños y niñas.

En ocasiones el salón se convertía en un centro lúdico, cuando nos daba clase de Sagradas Escrituras la cariñosa seño Benita, que nos contaba cuentos y enseñaba juegos. A la seño Benita que se ganó mi corazón enseñándome a hacer un perro con un rectángulo y un triángulo, dejamos de verla a mitad del curso y según Carles (Carlos para el padre César) que era sobrino del padre Bartolomé, la habían echado del cole porque la habían sorprendido en los lavabos de las profes besuqueándose con la madre Piedad que trabajaba en la cocina y a la que tampoco vimos nunca más. Nosotros encontramos bien que echaran a la seño Benita porque era un pecado horrible besar a la Madre Piedad que era fea como el demonio, pero no entendíamos por qué también habían echado a la Madre Piedad que había besado a la seño Benita que era muy guapa. Sin embargo, antes que el tema pasara al olvido, la Nuria que lo sabía siempre todo nos explicó que no era cosa de belleza o fealdad, sino de perversión y como no teníamos ni puta ides de qué era perversión, nos quedamos tan tranquilos.

Aunque de aquellos años todos los recuerdos son vagos, ha quedado grabado como una isla el caso de Germán del que todos nos reíamos guiados por aquella inconsciencia infantil que nos hace aparecer como punzantemente malos a los ojos de quienes saben controlar sus actos. Lo que pasaba con Germán es que el pobre no carburaba bien y en todo iba mil kilómetrois por detrás del grupo. No sabía dibujar, la cara la tenía siempre llena de mocos y si se daba el caso y reíamos de algo, él reía cuando el último “ja” estaba ya olvidado y entonces nos descojonábamos de la rida, pero de él y cuando dejábamos de hacerlo, él comenzaba a reire hasta que mucho rato después percatándose gracias a alguna posible grieta que permitía que le asomara alguna luz, se echaba a llorar y nosotros, vuelta a las risas. Cuando eso sucedía, los padres Bartolomé, Fernando y la seño Benita primero y el padre Amadeo después de que la echaran, nos castigaban, aunque el padre César que llamaba siempre tonto a Germán, le castigaba a él

Fue aquel un año hermoso en cuanto a la sociabilidad y aprender las primeras normas de disciplina lejos de casa, pero al terminar aquel primer curso, nosotros, los chavales, menos el Germán y dos que se fueron a otra ciudad, seguimos en el mismo cole, pero las niñas tuvieron que irse a uno de monjas cercano. Fue la Nuria que era la enterada de estas cosas quien nos explicó gráficamente la razón.

Los chicos, nos dijo, pecan con su pilila y al mismo tiempo hacen pecar a las chicas y por eso nos separan, para que sigamos siendo santos y fue entonces cuando me enteré -o al menos eso me parecía haber entendido- que mear era pecado porque no para otra cosa utilizaba yo mi polla y al menos durante un par de años estuve sorprendiendo a mi cura confesor, el padre Martín, iniciando mi listado de pecados por orden de importancia, reconociendo con profundo arrepentimiento de que a pesar de que intentaba evitarlo, cometía el abominable pecado de mear….

¡Qué tiempos aquellos!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s