Un día comencé a vivir

Hace poco cumplimos Norma y yo 35 años de casados y aunque parece toda una vida, es decir, se llega a tener la sensación de que no hay un “antes” en nuestras existencias, o sea que siempre hemos sido una pareja y los hijos han estado en todo momento ahí, lo cierto es que en esta historia de amor, como en todas las historias sea cual sea su signo, existe una prehistoria que no es otra que la conformada por aquel período que comprende desde la pubertad hasta que comienzas a sentar cabeza.

Y lógicamente también tengo esa prehistoria durante la cual me enmaoré casi de cada falda que se cruzó por mi camino, donde cada sonrisa hermosa me hizo soñar, y fantasear cada caricia casual. Sin embargo, pocos nombres lograron alcanzar el pico que como frondosa isla emergía sobre aquel mar embravecido de una juventud que se movía entre la tradición conservadora y la irreverencia más encarnizada -mi amigo Jaime Hales logró encauzar ese remolino desbocado contenido apenas por una oportuna timidez-. Así, la preciosa Claudia Barraza, mi primer gran y efímero amor, enarboló los emergentes estandartes de un amor que me dejó tan marcado, que debieron pasar dos años, que en tiempos de impaciente juventud se antojan como dos largos siglos, antes de dar cabida a un nuevo corazón. Mientras tanto Vicky Harris, la futura Miss United Kingdom y Primera Finalista del Miss Mundo, encarnó durante un tiempo la amistad romántica, ingenua, pasiva y entregada, la novicia Carmencita, el deseo contenido y las promesas sin deseos de cumplir, y la rabiosamente guapa Maite, sensual, sexy, artificialmente descarada y en realidad tradicional, llenó de sueños mi cabeza y de erotismo el corazón.

Un día entró Kuky, un torbellino de pasión, guapa, coqueta, lista, intranquila, intransigente, infiel y cariñosa. Agitaba las segundas aguas en mi vida. y con ellas traía el reencuentro de la razón con el amor. Una razón, no obstante impregnada con matices de muy distintas gamas de locura. Aquel sentimiento huracanado con altibajos radicales, fue muy difícil de seguir y el esfuerzo por hacerlo, lo convirtió de pronto en brisa y en un día calmo todo se acabó. Y con la misma calma entró con fuerza la amistad.

La relación amistoso-fraterno-estudiantil-laboral con mis queridas mellizas Sandra y Olga, se desarrolló con pasiva intensidad y vehemente dependencia. Fue al mismo tiempo autodefensiva y excluyente y marcada por ese inmenso amor oculto que me postraba sin postrarme a los pies de Olga. Era un amor que se filtraba junto a la negación; un amor secreto que evitaba las miradas que pudieran delatarle. Un amor, asimismo, probablemente jamás compartido. Un amor, en definitiva, amparado en la amistad.

Y mira tú por donde, una prehistoria tan bonita tenía que joderse.

Un día, de la noche a la mañana, me gustó una chica guapísima que vi en el autobús. Casualmente en la tarde cantó en el festival que animaba junto a las mellizas y al otro día, como un idiota sacrifiqué la amistad con mi amor secreto y su hermana y embobado por la juvenil belleza y simpatía de Verónica, nos juramos sin pensarlo, amor eterno y un año después… ¡La gran cagada!… nos casamos… Diecisiete añitos tenía la moza, 22 este tontorrón. A los doce meses, ya con el amor menguado, el arrepentimiento pugnando por expresarse y aniquilada la pasión por mil horas de lujuria y sexo, nos dimos el “sí quiero” en el Registro Civil. Ese mismo día lo daba también mi querida Ximena, una catalanita guapa, comprensiva y hermosa con quien de tanto en tanto me enrollaba en momentos de pasión sin compromiso. Se casaba con un chaval cuyo parecido con Omar Shariff la había encandilado. Me preguntó si estaba contento y le dije francamente que no y al yo preguntarle lo mismo, solo sonrió.

Otro año resistimos en una relación que ni siquiera intentó mantener las apariencias y otro más sin relación, pero marcado por un período anárquico de mucho sexo sin amor y remunerada pasión.

Y un día apareció Norma… y comencé a vivir.

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