La del bombero, una profesión admirable para gente valerosa

Cuando era pequeño, cinco o seis años, pasábamos nuestras vacaciones en casa de mi tía Ciprianita (Prini para los amigos y amigas y mal nacida para los clientes de la única verdulería del pueblo, por los precios que se permitía por la falta de competencia) y se celebraron las fiestas patronales.

¡Huy qué colorido! ¡Caramba cuántas luces! ¡Diantres con el jolgorio. Todo eran luces de colores, risas, muñecos de trapo y juguetes de hojalata, un tiovivo pequeñajo y una noria gigantesca y muchas cosas más…

…tantas, que el sábado por la noche la banda del cuartel del pueblo de al lado, irrumpió por la calle principal con sus cascos prusianos y detrás de ellos les seguían los soldados y en una tarima sonrientes les saludaban el alcalde vestido con su camisa negra y americana blanca, el coronel del regimiento con uniforme verde oliva y pingajillos colgantes de colores por todo el pecho y un chapiri de legionario con borla amarilla espantando las moscas de su nariz. Estaba también don Aurelio Rodríguez de Montes de Oca, Comandante del Cuartelillo de la Guardia Civil, que solía jugar a la petanca con mi padre, pero que cuando estaba con el alcalde y el coronel fingía no conocerle. Además, muy vestidas, guapas y perfumadas les acompañaban sus esposas.

Después de la banda y los soldados, desfilaron un grupo de señores que vestían como el alcalde camisas negras debajo de americanas blancas y detrás de ellos muchos chavales solo con camisas negras y más atrás de ellos, un montón de señoras todas de negro, tocadas con mantillas que seguían a don Segundo, el cura del pueblo y a la virgencita de la Tolerancia a la que había tocado años antes con sus propias manos doña Carmen, la mujer del Caudillo para mayor gloria de la estatua.Detrás de todos ellos venían quienes inspiraron esta historia, es decir los bomberos, que lo hacían en correcta formación con guerreras color verde esmeralda y charreteras doradas que parecían mariscales. Sus grandes cascos negros con ribetes también dorados, les daban aspecto de centuriones romanos y el último de la fila de los bomberos, fue mi perdición. Era un niño más o menos de mi edad uniformado como los mayores lo que me causó una honda e indisimulable envidia y un casco que desde ese momento ambiciconé como el tesoro más caro y querido del mundo. Y, para que veais que mi espíritu pese a envidias y ambiciones, es desde la cuna escencialmente noble, sentí que aquel chavalillo que desfilaba horriblemente mal, era el mismísimo hijo de Dios y le admiré con devoción.

Pero dejemos la retórica para otro momento más solemne. Debo confesar que lo que de veras admiré fue el casco del niño que encajaría a la perfección en mi cabeza y con mi estampa y belleza innatas, y con él puesto la gente sin duda me habría confundido con el propio César del gran Imperio Romano.

Aquella noche, absorvidas por la oscuridad las fanfarrias festivas, no hice más que pensar y ambicionar aquel casco puesto equivocadamente sobre la testa de aquel crío anónimo y a la mañana siguiente, con apenas descanso en mi infantil humanidad, comencé a atosigar a mi paciente madre conque yo quería un casco igual al de aquel niño y cada vez que se lo decía, me repetía que sí, que ya lo compraría. En la noche y sin tener aún el casco, urdí incluso un complot para secuestrar al pequeño y quedarme con su casco de bombero, pero fue durante las breves averiguaciones que descubrí que era sobrino de don Aurelio Rodríguez de Montes de Oca, el comandante del Cuartelillo y que ya se había ido a la capital por la mañana… ¡Fue un terrible trago amargo!

Seguí pues a manera de cruel letanía exigiendo a mi madre un casco como el del niño y por la noche, después de estar toda la tarde fuera, llegó mi linda madrecita con una caja del tamaño del cascio de bombero. Sin agradecerle su bondad, me avalancé sobre el paquete, rompí el papel y la caja y… ¡Menos mal que no se lo agradecí!, porque lo que había dentro era un casco de bombero de cartón piedra rojo y blanco que malamente encajaba en mi cabeza y horas después, al irme a la cama, aún lloraba amargamente.

Mas, amigos míos, transcurrida otra jornada, me dejé llevar por la codicia al saber que el vecino de mi tía Ciprianita, don Armando, era bombero de verdad y que llevaba siempre el casco en el asiento trasero de su Mercury del 47. Cogí pues el mío, me aproximé cautelosamente al coche que como era usual por aquellos tiempos a falta de cacos, tenía las ventanillas abiertas y le dí el cambiazo.

Corrí hacia mi cuarto, me puse aquel casco de bombero de verdad, menos brillante y más usado que el del niño y en el que cabían dos cabezas o más como la mía, pero debo confesarlo, me sentí dichoso. Me imaginé mientras me miraba en el espejo, desfilando como un bombero grande, admirado por mis padres, y la linda Elenita a la que le faltaban dos dientes delanteros, pero que no me hubiera importado casarme con ella para jugar al bombero y la quemada… Y mientras soñaba despierto, oí la sirena del tototerreno de la benemérita que se acercaba, me asomé luego a la ventana y ahí al lado del coche estaban don Armando que sostenía mi birria de casco de cartón piedra en una mano y don Aurelio y dos guardias más, con sus tricornios puestos con chulería, trinchándose de la risa.

Aclarado pocos minutos después el caso calificado como una niñería de la que todos se reían, mi madre me dio un cachete en la cara, mi padre dos en el culo y don Armando me soltó tal hostia, que todos dijeron que me la tenía bien merecida, que aún hoy le odio con rencor.

Y como colofón a la desgracia, mi madre echó a la basura mi humilde casco de bombero rojo y blanco de cartón piedra, con el que me hubiese conformado.

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