El hombre más bueno del mundo

Como no tengo nadie que lo sostenga, yo mismo afirmo en este instante que soy esencialmente un hombre bueno. Con mis defectos, claro, en ocasiones algo malhumorado, irascible de vez en cuando, un poco soberbio si se tercia, quisquilloso muchas veces sin razones, tímido, desconfiado, lacónico frente a desconocidos, cansonamente verborréico frente a amigos y enemigos, pero nada de eso ni quita ni pone a mi natural bondad.

Queda esta bondad plasmada en el hecho que os voy a narrar. Breve, sin casi importancia y mal pagada es la historia, pero da ella buena cuenta de mi bonhomía, de mi espíritu altruista y alejado radicalmente del rencor.

Conocía de joven un personaje cuyo nombre me reservo para no manchar su clase, que se había constituido a través de muchos años de rencillas y vanales desacuerdos en un enemigo potencial. Un enemigo, hay que advertirlo con quien una y mil veces intentamos enterrar el hacha de guerra, pero con el que no había tierra en el mundo suficiente que la pudiera mantener quieta. Las sonrisas y los saludos entre ambos eran puro protocolo y en reuniones de importancia cuando el mundo circundante respiraba aliviado por nuestra adecuada compostura, bien sea de su garganta o de la mía, tronaba en mal momento, el alarido de la ira, la voz desnfrenada del reto irracional, el aullido de mil odios concentrados.

Un mal o buen día, según se mire, el personaje de marras, varios años mayor que yo, cayó gravemente enfermo. Nada de morirse decían, aunque sus huesos fueron a parar a la cama de un hospital.

Buen sitio, pensé yo, dentro de mi beatifica bondad, para evitarnos encuentros irritantes o situaciones delicadas. Ya tendríamos tiempo de romper una y cien veces las hostilidades cuando se pusiera mejor.

Pero el “Pepito Grillo” no es solamente cosa de Pinocho. Yo también tenía el mío, pero multiplicado por diez y cada uno de esos diez llegó a convencerme que sería un acto de delicadeza, humanidad y hombría, y que incluso con suerte lograría limar las asperezas, si me presentaba en el hospital a interesarme por la salud de mi visceral enemigo.

¡Mira que me costó tomar la decisión! Temía incomodarle o perder yo mismo la compostura, pero, concluí, que años de desencuentros, aunque parezca extraño, logran construir un lazo de unión tan férreo como la misma amistad y en ello me basé finalmente para presentarme en su habitación del hospital.

Su blanca palidez recibió una suave pincelada carmesí, en cuanto traspuse la puerta y mi amplia sonrisa se estrelló con su gélida mirada. Tubos, monitores, suero y mucha gente le rodeaban. La tensión se apoderó de los presentes, aunque pienso que hablaría de empate si me hubiese dedicado a contar las recriminaciones y las esperanzas que reflejaron los varios pares de ojos que me contemplaron.

¡La bondad! Eso fue lo que emergió de mi noble espíritu y le dije con fingida camaradería…

-No sabes amigo mío, la alegría que me da verte lo bien que te veo.

Creció la tensión en el ambiente del mismo tamaño que sus sorprendidos ojos. Calculé entonces que en el estado en que estaba, no eran oportunas mis palabras y debía aclararlas…

-Hombre. por lo que me habían dicho, te daba ya por muerto, pero te encuentro vivito y coleando.

El rubor se acrecentó en sus mejillas e intentó decirme algo, creo que no relativo al agradecimiento, porque en lugar de palabras, se le escapó por la comisura de los labios, un líquido amarillento y mal oliente, pero en lugar de poner mala cara o apartarme de su lado, quise gratificarle con un poco de mi innato buen humor…

-¡Joder, tío! Te estás pudriendo por dentro.

Fue en ese instante cuando quedó a las claras que era él quien rompía la armonía, quebraba las sanas intenciones, evitaba los acuerdos y destrozaba los acercamientos, puesto que de no esquivarlo, su manotazo me hubiese dado de lleno en el rostro.

Un sonoro y estridente “¡¡¡Hijo de puuuuuuuta!!!”, me alertó que debía abandonar de inmediato aquella habitación. No lo había gritado el personaje, que estaba lívido sobre las blancas sábanas, sino su hijo menor, que por lo visto le seguía los pasos en cuanto a insensatez.

Cuando trasponía la salida principal del hospital, entraba su sobrina Marisela, comentando a su madre Rosita, “pero si le daban el alta esta rtarde,,, ¿Qué ha pasado?”.

Muy a mi pesar, porque debo reconocer que pese a nuestras diferencias, le admiraba de corazón, no acudí al día siguiente a su entierro, porque ya había tenido ocasión de comprobar que los suyos seguían sus errados, rencorosos y vengativos pasos, incluso a pesar de mis buenas intenciones y deseos.

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