Me la llevé al río pensando que era mozuela, pero…

En este caso, sin que sirva de precedente, he optado por omitir un nombre porque la anécdota puede herir la sensibilidad de la protagonista y si lo lee, solamente ella sabrá quién es el santo en este milagro donde la santa en este caso, judeo cristiana, podría llegar a los altares habida cuenta de las tremendas facilidades abiertas por la menguante iglesia católica, para tener en el cielo los feligreses que le son esquivos en la Tierra (eso siempre, claro está, si los acepta el Todopoderoso Creador del cielo y de la Tierra, su hijo Unigénito, también Dios y el Espíritu común, de ambos, Santo. Ciertamente un politeísmo, arrastrado forzosamente al monoteísmo a través de la “Santísima trinidad”, un invento muy de la época en que los obispos mataban y dejaban que sus amigos mataran porque tras la confesión, la absolución dejaba abiertas de par en par las puertas del Reino de Dios. Tiempos por cierto en que estos elementos, precursores de la que hoy sigue queriendo erigirse como la auténtica iglesia del cristianismo, inventaron una virgen María para cada gusto y cada pueblo, llamándolas advocaciones. Así como Dios,que como en las ofertas del Carrefour hay tres por uno, María tiene una oferta imposible de superar…. miles por una).

Vaya maldita costumbre la mía de irme por las ramas antes de entrar en materia.

La cosa, dejando de lado a dioses y vírgenes, multiplicados por tres y por miles respectivamente, es que quería contarles que un día, el primero de mi llegada desde Barcelona al paradisíaco pueblo de Chiguayante, me desperté, tras una noche sosegada, sintiendo a mi espalda el calor de un cuerpo desnudo, o casi desnudo, lo que no estaba yo en condiciones de saberlo, porque aunque la gente ordinaria y vulgar de la que por principio me aparto, suele llamar al ano el ojo del culo, lo cierto es que ni hay globo ocular ni nervio que lo conecte al cerebro, ni nada y, estirando mucho las posibilidades, si lo tuviese, el pudor siempre me ha aconsejado dormir al menos con los calzoncillos puestos, por lo que tampoco hubiese podido ver qué o quién estaba detrás mío.

Temiendo que pudiese ser un chico que pusiese en duda mi heterosexualidad, la que proclamo con orgullo, aunque en los días que corren, la propaganda gay/lesbiana, nos hace aparecer a los heteros, como unos tamarugos en desuso, de un salto quedé frente a un bello rostro moreno, de largo pelo negro y ataviada solamente con un sujetador y una minúscula braga biquini. Estaba la chavala que me sonreía con malicia, para comérsela, pero como pensé que se trataba de un sueño erótico, intenté seguir durmiendo, pero ella, con sus caricias, sus besos y sus francas insinuaciones, me despertaron, me despejaron y achisparon de tal manera a ese pajarillo que siendo muy macho, anida permanentemente junto a sus huevos, que la necesidad de buscarle un abrigo acogedor, tibio y húmedo, nos hicieron saltar de la cama para huir de la actividad que comenzaba a despertarse en la casa. Ella, con rapidez se puso unos vaqueros muy ajustados y una camisa blanca con cuadros rojos, atada debajo del sujetador, dejando a la vista un torso de atractivas y suaves formas. La chavala me acompañó por un camino nuevo para mí -todo era nuevo en esa casa familiar y en ese entorno agreste del sur de Chile-, hasta la solitaria playa en la ribera del río Bío Bío, que pasaba por detrás… Mientras recorríamos el bosque de pinos, entre cuyos troncos se divisaban las aguas, pensé… “Me la llevé al río pensando que era mozuela, pero…”

A pesar de que nos dimos el lote de lo lindo, siguió la hermosa niña siendo mozuela, porque me permitió casi de todo, menos horadar su virginidad.

Aquella desconocida, al menos para mí, porque todos los demás miembros de la familia y del personal de servicio la conocían por ser amiga de mi hermano, pasó a ser, desde ese día mi novia y la protagonista de un tórrido romance -con las limitaciones ya expuestas-, que se prolongó exactamente durante dos años, con un solapamiento no superior a un par de meses con aquellas entrañables amigas, las mellizas Garretón, con quienes desde el primer día me unió, gracias a una química instantánea, una relación incondicional unida a una fusión casi natural con el resto de su familia. La santa judeo cristiana, dejó de serlo de mi devoción nada más aparecer Sandra y Olga. Pudo más la amistad que el amor… más la química que el deseo.

Esta reacción tuvo, obviamente, otras motivaciones, porque la chiquilla, hermosa. coqueta, simpática, divertida -buena amiga también, debo reconocerlo- era además mimosa, malcriada y… sensualmente adúltera y estos adulterios en forma de rollos con algunos de sus amigos, los utilizaba para cabrearne y por amor propio, hacerme más dependiente de ella por la comprensión que ingenuamente solía dispensar a sus promesas, repetidas promesas, de que no lo volvería a hacer porque me amaba demasiado. Y debo reconocer que el sufrimiento me ataba más a ella, hasta que, algunas pequeñas aventurillas de sexo sin amor ni compromiso, convirtieron el cabreo en indiferencia, la indiferencia en una amenaza por parte de ella de cortar la relación -en eso aparecieron mis queridas mellizas- y en un definitivo sentimiento de libertad sentimental.

La chavala, un genio en el arte de la manipulación, dejó de llamarme o acercarse a mi durante un par de semanas, lapso en el cual la asombrosa profundización de la amistad con Sandra y Olga. me había proporcionado un definitivo antídoto contra ella. Tal vez sorprendida de que por primera vez un chico la dejara escapar con tanta frialdad, volvió a la carga y tras unas quejumbrosas palabras acompañadas de lágrimas y juramento de amor eterno, nos besamos, nos tocamos, nos provocamos, nos desnudamos y nos enrollamos, protegida ella por su invisible cinturón de castidad, pero como en esa ocasión, el sentimiento fue inferior al que me invadía con las chavalas con las que hice el amor, al irme, convencida ella de que me había reconquistado, reinició el jueguecito y me informó que lo nuestro se había acabado para siempre. Cuando me marchaba, sonreí… Esa misma tarde hice el amor con Jimena, una chavalilla, preciosa, pero tan ardiente que de haber surgido una relación estable, su fidelidad hubiese sido absolutamente incierta .

Dos semanas más tarde regresó la titular de mi menguado amor a “darme otra oportunidad”. Rechacé el beso de una boca por la que caían profusas lágrimas y le confirmé “esto se acabó”. Y es que hacía tiempo que se había acabado.

Los siguientes meses, la entrega a las mellizas, en la amistad más hermosa que recuerde en mi vida, me apartó incluso de aquellas aventuras a las que había comenzado a acostumbrarme y las reemplacé por el ardor puesto en los proyecctos que llevamos a cabo los tres en el mundo de la radio, donde una imprevista fama nos encumbró a niveles inesperados.

Un día, paseando por la Plaza de Concepción, me crucé con mi antigua chica que tal vez en un arraque de locura se había teñido el cabello del color de su piel morena y le dije “fea” porque estaba horrible y como respuesta me dio una bofetada (bien merecida me la tengo, porque eso es algo que no se le dice a una mujer) y al poco rato, calmados los ánimos, aclarado el punto de que el pelo no le hacía justicia a su natural belleza y perdonada la bofetada, me comentó que en un par de meses se casaría con un hombre al que yo ya conocía de la radio y que sin haberlos relacionado jamás, me caía como una patada en los huevos. Me alegré por ella porque se lo merecía y por él porque se la merecía (ambos en el sentido punible, ciertamente). Esperó mi reacción, pero no hubo sino buenas intenciones y mejores deseos. Quedó en enviarme una invitación a la boda que se realizaría por el rito judío, me comentó. Me fui, tras la conversación, en pos de mis mellizas.

Pasaron un par de meses y un día que jugaba con nuestro perro Duque por entre los sauces llorones del inmenso jardín que rodeaba la casa, llegó la novia de su novio. Vestía como el primer día, porque sabía que así me parecía irresistiblemente sensual. Mientras se acercaba la tomé un par de fotos con mi cámara Yashica, que llevaba usualmente colgada por el cuello. Una vez más tenía el rostro bañado en lágrimas y tirándose literalmente a mis pies, me imploró a gritos y entre sollozos que le dijera que la amaba, que le pidiera que no se casara, que le rogara que se fuera conmigo hasta el fin del mundo. Me pareció ridículo. No sentí nada, ni piedad, ni sentimientos, ni tristeza y me asaltó paralelamente la certeza de que si algún vestigio de ese amor que habíamos compartido aún anidara en mi corazón y hubiese cedido a sus súplicas, su respuesta a mi eventual debilidad era un “esto se acabó”, para dejar en paz su humillado espíritu. La levanté por los hombros, le di un suave beso en los labios y le deseé mucha suerte en su matrimonio.

Diez minutos antes de las siete -a las siete y media era la ceremonia-me llamó para preguntarme si iría. Me necesitaba, me expresó, como apoyo a una de las decisiones más desatinadas de su joven existencia. Le dije que no. Me pidió una última vez que le impidiera casarse. Volví a decirle que no. Me mandó a la mierda y colgó.

Muchos años después, hemos tenido contactos esporádicos y de muy escasa importancia a través de la línea telefónica. Sigue casada con el mismo hombre y les va bien, aunque a mí, con mi amor de siete lustros, mejor.

Anuncios

Un comentario en “Me la llevé al río pensando que era mozuela, pero…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s