La curiosidad mató al gato

Paseaba un día primaveral con mi buen amigo Jaime Hales por el centro de la ciudad, cuando se detuvo repentinamente en una esquina y fijó su vista en la azotea de un edificio de once plantas que teníamos frente a nosotros. Obviamente, con curiosidad, hice lo mismo y aunque no veía nada anormal más que el borde superior de la edificación, seguí mirando a la espera de algún detalle, cuando Jaime me pregunto

-¿Ves ahí la esquina de la azotea que forma un ángulo recto?

-Pues sí, -dije con interés incipiente

Entonces con su mano derecha extendida hacia el infinito, hizo un semi círculo imaginario, al tiempo que explicaba:

-Si hubiesen hecho el canto redondeado, no formaría un ángulo recto.

Con esa explicación sin sentido y habiéndo unido su mirada a la nuestra un par de viandantes que estaban de pie a conveniente distancia para disimular, sospeché que aquella era otra de las excentricidades de mi colega.

Cuando me explicó que la esquina de la azotea terminaba en ángulo recto, para dificultar que por allí se lanzase un eventual suicida y gesticuló enérgicamente llevando el brazo de arriba hacia abajo y echó medio paso atrás, los ocho o nueve que ya estábamos reunidos, le imitamos, como si algo o alguien hubiese caído desde el vacío a nuestros pies.

En un momento dado, Jaime me sugirió que me marchara y lo esperase en la siguiente esquina, que llegaría en un par de minutos. Así lo hicimos y nos alejamos dejando atrás a una veintena de seres que oteaban sobre la planta más alta del edificio en busca de alguna anécdota que llevar a casa o al trabajo. Eran las once de la mañana.

A la una de la tarde volvimos a pasar por aquella esquina y, os lo juro, había al menos un centenar de curiosos buscando inconscientemente una dolorosa tortícolis. Ninguno, no obstante parecía ser del grupo inicial, lo que dejaba a las claras que se había producido un reciclaje humano. Lo asombroso es que desde el mismo edificio, se asomaba la gente para averiguar qué suceso había concentrado aquella pequeña multitud en la calle. Algunos incluso, quizás temerosos de algún fuego u otro incidente, salían de la construcción y engrosaban la masa humana, que murmuraba complacida y expectante cuando algún mirón dejaba ver su cabeza desde la propia azotea.

Nos sentamos en la terraza de un bar cercano a comer y una media hora más tarde, cuando el gentío que se había formado alimentado por quienes salían de sus trabajos era insólitamente grande, aparecieron tres patrullas de la policía y a golpe de porras disolvieron la “manifestación”.

Jaime se sintió satisfecho, mientras yo no fui capaz de reirle la gracia.

Lo anterior viene al caso para enlazarlo con un acontecimiento que sin intencionalidad, tuvo no obstante, resultados similares.

Había ocurrido años antes, cuando aún no teníamos televisión, ni pública ni privada, pero ya se anunciaban las primeras emisiones, por lo que la práctica totalidad de las tiendas de electrodomésticos parecieron cambiar su ya de por sí rentable negocio por el casi exclusivo de venta de televisores. Algo así como ahora las cajas de ahorro que se han reconvertido en agencias de seguros y en inmobiliarias a fin de prolongar su lenta y dolorosa agonía a la espera de un milagro… chino.

En fin, que la cuestión es que pese a no haber ninguna cadena emitiendo, todos los aparatos. Grundig, Saba, Motorola, etc., estaban encendidos sin más imagen que aquel hormigueo luminoso al que algunos denominaban “nieve” y el desagradable zumbidito “fssssssssssssssssssssssssssssssssssssss”.

A esos negocios no les fue bien al principio , pues circulaba el rumor de que la industria de Hollywood aplastaría aquel osado invento, por lo cual comprar un aparato era una inversión de riesgo.

Pero entremos en materia.

Un día, al atardecer, caminaba con mi hermano frente a una de estas tiendas con todos los aparatos de televisión encendidos en los escaparates, sin más oferta programática que aquel perenne hormigueo o nieve y el “fssssssssssssssssssssssssssssssssssssss”. y decidió él detener la marcha para fijar su vista en una de aquellas cajas hipnotizantes y opté por hacer lo mismo, alertado por si había visto algo. Pegados a los cristales que nos separaban de aquellos prometedores receptores audiovisuales, pasaban tras nuestro decenas de caminantes, algunos de los cuales se interesaban por un momento en las pantallas, para luego seguir su camino.

Mas, amigas y amigos míos, de pronto, una pequeña interferencia mostró en cada caja, en cada pantalla, en cada televisor, una fugaz sombra negra y ¡Madre de Dios de las Miserias!, mi hermano, con cara de ilusión, de asombro satisfecho, de sorpresa rutilante, mirando hacia todos lados, comenzó a dar voces:

-¿No te dije que en cualquier momento comenzarían las emisiones en prueba? ¡Qué bien se veía!

Y yo que no había visto más que la fugaz mancha de la interferencia tuve la osadía de preguntar… “¿El qué se veía bien?”

Se llevó las manos a la cabeza…

-¿No viste al hombre caminando? Se veía clarísimo… Son emisiones en prueba… ¡Qué bien se ve!

Y claro, tanta gesticulación, emoción y felicidad, comenzó a congregar a la gente a nuestro alrededor y mi hermano comenzó a hablarles maravillas de la calidad de la imagen… que se estuvieran atentos, porque las emisiones en prueba tenían eso, que iban y venían… ¡Hasta me convenció a mí, que comencé a secundar sus palabras con un convencimiento tal que ya había dado en mi mente, forma humana a la mancha fugaz.

Cuando rato después, sin que otra interferencia disparara la fantasía de mi hermano, nos alejamos de aquella tienda, dejando a un nutrido grupo de personas a la espera del milagro. Lo curioso es que muchos opinaban que la calidad de imagen era insuperable.

Al día siguiente, mientras el resto de negocios de electrodomésticos de la ciudad seguían sin curiosos al frente, el nuestro, o sea aquel en que nos habíamos detenido la tarde anterior, tenía ante sus cristaleras a decenas de personas que escuchaban a otras hablar de las emisiones en pruebas y que lo que ellos habían tenido oportunidad de ver, superaba en calidad y nitidez, cualquier sueño. ¡Era milagroso!

Cuando dos semanas después, comenzaron de verdad las emisiones en prueba con una carta estática de presentación, que tiritaba como si tuviese frío, decenas de personas plenaban las aceras frente a estos locales, casi nunca dentro, y cuando al fin una guapísima locutora a las ocho en punto de la tarde de un viernes saludó a la teleaudiencia, un “¡Oh!” admirado emergió desde las entrañas mismas de la urbana humanidad. Para esos días, algunos atrevidos ya habían adquirido un aparato de aquellos que hoy pueblan todos los hogares como un indispensable artículo de culto.

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