Jesulín de Ubrique le puso los cuernos a Belén Esteban con una monja muy vieja


En ocasiones he escrito para este blog verdaderas maravillas y no las ha leído ni Cristo, y miren que le rezo para el éxito a San Judas Tadeo, el patrono de los imposibles mientras que otros trabajos anecdóticos que no pasan más allá de la categoría de simpáticos, reflejan entradas por miles.

Después de mucho rumiármelo, o sea, analizarlo con detenimiento, llegué a la conclusión de que la clave del triunfo está en el título y si hoy, por ejemplo, que mi historia va de seminarios, conventos, curas, seminaristas, monjas y novicias y de que a pesar de que el contenido no deja nada para el desperdicio, si la hubiese titulado “Mi gozosísimo paso por las sacras celdas del Seminario Mayor de Santa Liduvina la Peluda”, la anécdota se hubiese perdido en la oscuridad de los tiempos. Es por ello que con perdón de ellos, aunque sin su permiso, me he visto precisado a recurrir a nombres con tanta solera y clase como lo son los de Jesulín de Ubrique y su ex esposa, Belén Esteban, como reclamo publicitario.

Habían pasado un par de meses de ese año que había decidido que fuese sabático, tras muchos lustros de estudios, cuando comencé a aburrirme que daba miedo. Estaba harto de cervezas, putas y tablaos flamencos y sobre todo de pagar los vicios de mis menesterosos amigos, cuando un día huyendo de aquella senda del mal por la que me llevaban esos alegres gamberros, pasé casualmente por el frente de un hermoso edificio madrileño, que ostentaba con sus orgullosas letras de bronce el nombre de “Seminario Mayor de Santa Liduvina la Peluda”.

Reían sanamente en su portal, un grupo de jóvenes caballeros de bien, cuya integridad era avalada por sus hábitos azules y una bellísima novicia ataviada de blanco, en cuyo precioso rostro y cristalina sonrisa, se dibujaban la santidad, la inocencia y la castidad. Decidido a restarle tan pesadas virtudes, tomé la decisión de hacerme cura y con franca ilusión, requerí de aquellos píos mozalbetes, la básica información:

-¿No necesitáis en esta Sacra Casa de Cristo y formadora de sus soldados, a un humilde aprendiz de sacerdote?

Ellos quedaron asombrados. La divina monjita, con el rostro demudado expresando aquella indisimulada alegría de los comerciales cuando han hecho una venta que les reporta una jugosa comisión, entró corriendo al edificio al grito de “padre Generoso, padre Generoso” y al poco estaba yo frente al despacho del prior, el padre Generoso con quien el Creador, al momento de hacerlo, fue ciertamente muy poco generoso, porque parecía confeccionado con las sobras de la fealdad de otros seres. Fue el encargado de responder a mi pregunta:

-Aquí, hermano Gervasio (que me llamo Ricardo, le dije) no necesitamos de vuestra humilde oferta. Es Cristo, hermano Gervasio (que me llamo Ricardo, le volví a corregir), quien ha solicitado tu espíritu a su servicio. Dichoso, hermano Gervasio (que me llamo Ricardo, insistí impaciente) el que siente la llamada del Hijo del Padre.

La cosa es que después de una larga perorata durante la cual no cesó de llamarme hermano Gervasio y yo de intentar vanamente de corregirle, hizo que me proveyeran de un caluroso hábito azul y de un extenso programa de actividades que se iniciaban a ,las cuatro de la mañana y entre oraciones, maitines, retiros, clases, comidas para alimentar el espíritu, y misas entre otras, apenas quedaba una horita de descanso, repartida entre media mañana y media tarde y antes de abandonarme a la suerte del resto de seminaristas y al rígido programa, quiso reconocer mi sentida vocación, con un regalo.

-Hermano Gervasio (que me llamo Ricardo, protesté adecuadamente), un hombre que ha recibido un mensaje tan claro en su corazón, sobre cuál es su lugar en este ejército de pescadores de almas para Cristo, quiero que comparta celda con el hermano Filomeno, un joven entregado a Jesús en cuerpo y alma y que avanza sin fatiga camino de la santidad.

La cosa es que cotejados los papeles de identidad entre los que obviamente se contaban los de mi bautismo, Primera Comunión y Confirmación, me integré al aburrimiento más espantoso que os podais imaginar y cuando a las siete de la tarde quise ir al bar de la esquina a echarme entre pecho y espalda una refrescante cerveza, me encontré con que era hora de dormir, además de que de esas mundanas costumbres debía olvidarme (algún día, cuando el padre Generoso haga la vista gorda, podrás degustar unas gotitas de vino dulce aún no consagrado para caer en un pecado venial de fácil reconocimiento y merecido perdón, me dijo uno de los chavales).

La cosa es que al llegar a la celda que compartiría con el hermano Filomeno, tuve ocasión de conocerle. Era un chaval alto, y bien parecido, aunque muy serio.

-¿Crees en Dios, su Hijo y en el Espíritu santo? -me preguntó.

-Como te estoy viendo a ti, -le respondí sin titubear.

-Bien, pues así habrás de comprender mi diario martirio por amor a la Santísima Trinidad.

Y madre mía. A eso de las diez de la noche, cuando el silencio se había adueñado de los pasillos, salones, capillas y celdas de aquella alta casa de estudio y oración, encendió el hermano Filomeno la luz del cuarto, se empelotó completamente, dejando a la vista una espalda y un culo repleto de pequeñas heridas punzantes. Me observó con cara de intenso sufrimiento, abrió la puerta de su armario de la que sobresalían centenares de puntas de clavo y comenzó a golpear su espalda contra ellos y a lanzar contenidos gemidos de dolor. Su rostro, bañado por profusas lágrimas, reflejaba, sin embargo una sublime euforia.

Cuando su espalda se había convertido en una superficie sangrante, sacó del mismo armario un pequeño latigo con hojillas de afeitar en la punta y me invitó:

-Acércame al dolor y al sacrificio de Nuestro Señor, hermano Gervasio. Azótame con fuerza en el cuerpo y las piernas y únete a mi santidad.

Fue entonces cuando, comprendiendo que el pobre chaval lo que en realidad necesitaba era una dómina y que yo no tenía esas aspiraciones, me excusé:

-Lo siento, hermano Filomeno. Mi humildad está muy alejada de buscar la santidad y si ella es suficiente para agradar a los ojos del Todopoderoso, solo con eso me sentiré feliz.

Entonces, creo que impresionado por mi fe y sencillez de espíritu me dejó en paz, se siguió autoflagelando hasta muy entrada la madrugada y sin querer poner en duda sus merecimientos y virtudes ni su ilimitada capacidad de martirizante sacrificio, me pareció que aquella noche el santo se corrió al menos en media docena de ocasiones.

Temprano, al siguiente día, me personé en el despacho del padre Generoso y le expresé con el más profundo y temeroso respeto:

-Padre. Yo no soy digno de compartir la santidad del hermano Filomeno, ni menos de perturbar con mi pecadora presencia su íntimo sacrificio de dolor y goce sagrados.
Por el contrario -añadí- quiero que me dejéis poner a prueba mi celibato, esfuerzo duro especialmente ahora que recién llego de un mundo libertino, permitiéndome compartir cama y roces con la hermana Virtudes -que así se llamaba la novicia de la puerta.

Los ojos del padre Generoso quisieron huir de sus cuencas de la pura sorpresa, así es que antes de que me dijera que no, quise adicionar unos argumentos que me parecieron útiles.

-La virginidad de la hermana Virtudes, padre Generoso, será el diario testimonio de mi enorme sacrificio.

Aquella noche, no obstante, compartí celda con el hermano Lamberto y a primera hora de la mañana siguiente, después del desayuno, pedí al padre Generoso que me escuchase en confesión:

-Ave María Púrísima -me dijo.

-Sin pecado concebida, -le respondí y comencé a narrarle mi pesar.

-Dormía anoche, reverendo padre Generoso, como usted sabiamente había dispuesto, compartiendo celda con el buen hermano Lamberto, cuando a hora no conocida, sentí algo que circulaba entre el dedo gordo de mi pie izquierdo y pasando por el resto de la pierna, terminaba jugueteando con la punta de mi polla y una vez espantado definitivamente el sueño por el asombro, me percaté de que era el hermano Lamberto quien recorría con sus ágiles manos desde mi pie hasta la pecaminosa vergüenza de servidor.

-No puedo consentir, hermano Gervasio -me advirtió severamente el padre Generoso, -que confeseis ante Dios el no comprobado pecado de otro, pues ni él os ha escogido como su intermediario, ni sentís vos el pesar de tal penosa falta si existiese.

-No padre, Generoso, -reconocí. -La narración de estos hechos no tienen más fin que atenuar el pecado de soberbia del que fui víctima y el de violencia que le siguió, pues si es o no pecado de confesar el del hermano Lamberto, queda a la consideración de él, pero si asistís, padre Generoso, a la enfermería, en un ojo del tamaño de un melón está el resultado de mi doble pecado.

Dos semanas después de haber permanecido encerrado en una celda solitaria, en la que no me faltaron los alimentos, eso sí, fui dado de baja del seminario y cuando me marchaba, vi a la hermana Virtudes contemplándome con una admirada sonrisa desde su celda de sirvienta.

¡Gracias Belén! ¡Gracias, Jesulín!

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