SUCEDIÓ ENTRE EL TIGRE Y SAN JUAN DE LOS MORROS

A principios del 88 escribí un cuento, uno más de una larga lista, para el magazine cultural semanal del diario venezolano El Expreso. Llevaba por título “El negrito del camino” y no sé por qué, pero le había tomado especial cariño a esa narración, casi desde el momento que la imaginé, aunque como verán, no era gran cosa. La cuestión es que esa semana la dirección del periódico había decidido eliminar ese magazine para reemplazarlo por una sección que con el título “Ventana Cultural” me encargaron coordinar y obviamente jamás se me pasó por la cabeza utilizarla para mi propia autopromoción y ahí se quedaron los folios del cuento guardados por mucho tiempo, hasta que entre viaje y viaje en algún sitio se quedaron para siempre.
Hoy intentaré… (solamente intentaré, ya lo digo,  porque mi memoria no es tan larga para estas cosas…) reproducirlo…

EL NEGRITO DEL CAMINO

Eran algo más de las cinco de la mañana y el sol ya asomaba por el horizonte dando color a la escasa vegetación de la inmensa planicie de los llanos orientales venezolanos. Como siempre que me dirigía a Caracas, prefería coger por aquella carretera, la de los llanos se le llamaba, porque su mal estado me mantenía atento y espantaba cualquier tentación de entregarme a los brazos de morfeo.

El leve frescor nocturno me habia abandonado nada más salir de El Tigre y a pesar de la hora, apretaba un calor al que nunca he llegado a acostumbrarme. Aguardaba ansioso el momento de llegar a Santa María de Ipire, encender, por costumbre más que por convicción, una velita en la tumba del Anima de Taguapire y comerme una buena tostada de pernil de cerdo, acompañado por una refrescante cerveza… Cuando hace calor no hay horarios para la rubia. Mientras, mi infaltable cigarrillo era mi fiel acompañante como en todos mis largos viajes, como en el trabajo o como en la casa.

En un momento dado, noté que a medio kilómetro, poco más, poco menos, una silueta hacía señas hacia la carretera y como a esa hora solamente circulaba yo, al menos en lo que podía otear, supuse que era a mí, por lo que opté por no inquietarme, no hacer caso, porque en esas soledades, así como nada malo puedes esperar. tampoco nada bueno. Seguiría de largo y… ¡Santas pascuas! Pero ya más cerca de la figura, noté que era un niño, negro como el carbón y con los dientes blancos como la nieve. Sí, amigos míos. A pesar del tremendo calor, el chaval sonreía de tal forma que amén de dejar al descubierto su dentadura, expresaba la ilusión de ver un coche que pudiera llevarlo a… ¡Qué sabe uno dónde!
Me detuve y se subió el niño de no más de ocho o nueve años. No era usual que en esa región hubiese gente con el color de piel tan oscuro; sería de El Callao, hacia Guayana o de la región de Barlovento en el litoral central, de todas formas cada una a unos mil kilómetros de distancia.
La cosa es que el chaval se subió rápidamente a mi coche, un todoterreno Jeep CJ-7 al que considero el mejor y más noble de todos los que he tenido y sin mediar saludo ni nada de nada, me ordenó:
-Voy hacia San Juan de los Morros y rápido, que tengo prisa.
Me lo quedé mirando entre enfadado y sorprendido y él, sin suavizar su voz, apremió:
-¡Vamos!
No sé por qué, pero obedecí sin siquiera pretender saber quién era ni qué le llevaba con tanta premura a San Juan de los Morros.
Él, poco a poco, con dosis que no parecían tener frontera entre la fantasía y la realidad, me fue despejando las ideas.
-Mi abuela estaba enferma en San Juan de los Morros y me quiere ver.
-¿Y qué tiene? -Quise saber.
-Tenía -corrigió el niño.
-Ah, menos, mal -le dije, -¿Y qué tenía?
-¿Te vas a parar en la tumba del ánima de Taguapire? -Ignoró mi pregunta con otra.
Le respondí afirmativamente con la cabeza y el niño me quedó mirando y estuvo varios minutos, o sea varios kilómetros, en silencio, aunque inquietándome con esa mirada fija y penetrante.
Desde el momento mismo que aparqué frente al restautante de Santa María de Ipire, al costado de la capilla que contiene los restos venerados del ánima, el pequeño desapareció. Lo busqué con la mirada, me asomé entre algunos camiones de combustible, miré en el restaurante y no estaba. Me comí dos tostadas de pernil de cerdo y me bebí una cerveza. Pedí además una tercera tostada para darsela al niño si es que tenía a bien aparecer. Me fuí  a la capilla y ahí estaba, sentado sobre la tumba, hablando solo y sonriendo constantemente. Encendí una velita y la puse junto a otras miles encendidas o apagadas y el chavalote, se puso en pie y mirando la tumba y luego a mí, afirmó:
-Este es mi amigo Ricardo.
No recordaba haberle dado mi nombre, pero más que eso, me sorprendió oirme decir:
-Mucho gusto, -porque como no fuera a la animita, no sé a quién se lo estaría diciendo.
Ya de vuelta en la carretera, quise nuevamente intentar conocer la índole de la dolencia de su abuela.
-¿Y qué tenía tu abuela?
-No sé. Estaba muy enfermita, pero no sé de qué. Ahora solo sé que tiene que hablar conmigo.
Nos quedaba un largo trecho hacia su destino y el sol ya picaba fuerte… ¡Muy fuerte!
Hubo instantes de prolongado silencio y otros de cháchara incontenible, pero era él, el negrito del camino, el que marcaba el ritmo. Yo me quedé con mil y más preguntas que hacerle.
En otro momento me sorprendió una vez más…
-El ánima de Taguapire, Pancha,  es mi amiga… Y ahora también tuya  -me contó y entonces supe que a quien le había dicho “mucho gusto”, era al venerado espíritu de Los Llanos
-Hace muchos años, ella y yo jugábamos en el patio de su casa y cuando se murió seguimos jugando -la fantasía hacía su aparición por primera vez durante el viaje, -pero un día ella que había crecido más que yo, se murió y aunque seguimos siendo amigos, ya no jugábamos y poco a poco se fue dedicando a la gente que cree en ella y solo nos vemos en días como hoy, que paso por su casa.
-Me acuerdo que el día que murió mi mamá, la animita, que ya era animita me dijo “corre a tu casa que tu mamá acaba de morir” y cuando llegué estaban dos vecinas y el doctor con ella pero ya estaba muerta y me dijo “mi niño, no me puedo quedar contigo, así es que te quedarás solo con tu abuela. Yo te esperaré el tiempo que sea necesario allá en el cielo”..
Madre mía, la imaginación que tienen algunos niños, pensé, pero así y todo, le quise corregir:
-Al menos llegaste a tiempo para conversar con ella.
-Sí, porque dos ángeles, niños como yo, pero muy blanquitos y de ojos azules se la estaban llevando.
Meditó un rato y luego acotó:
-Fue divertido que Dios enviara a dos ángeles blancos a buscar el alma de una mujer negra . -Y sonrió.
Y a mi comenzaba a divertirme aquel niño y sus historias en retazos,
-Un día, me acuerdo, mi abuela me vino a buscar porque decía que había un hada muy brillante dando vueltas alrededor de su tumba y que como ella no entendía nada de nada, hablase yo con el hada para averiguar sus intenciones.
-La otra abuela, -quise saber.
-No, mi abuela, la única que tengo, porque no conocí a mi papá.
-Pero vamos a ver -quise ordenar las ideas. -si la abuela que vas a ver está en una tumba es que está muerta.
Pero el negrito del camino no reparó en mi curiosidad y prosiguió:
-Entonces me fui a hablar con el hada brillante y el hada me dijo que tenía que irme al cielo.
-Como todo el mundo, -acoté.
Pero él me ignoró:
-Me dijo que los ángeles deben estar arriba y solamente bajar cuando se les ordene.
-¿Y cómo vas a subir, como no sea en un avión? -Le insinué no sin cierta y malsana, tratándose de un niño, ironía.
Esa vez no me ignoró y me explicó:
-Es que tengo unas alas muy grandes y puedo volar donde quiera.
-Ahá, -fue lo único que supe decir. Pero él sí tenía más fantasías que compartir.
-Mi abuela resulta que era amiga del hada brillante y me hicieron una encerrona para recordarme que debía ir al cielo.
Ya no supe qué decir y luego de otros minutos de silencio y otros tantos kilómetros, añadió.
-El hada me dijo que un día tú me recogerías en la carretera y que camino hacia San Juan de los Morros, ella me indicaría dónde debía quedarme para volar al cielo.
-O sea, -dije sin perder mi estúpido tono ironizante, -que en algún punto de esta carretera hay una especie de rampa de lanzamiento de ángeles hacia el cielo.
El chaval sonrió pero no dijo nada. Me miró y acarició mi mano que tenía posada en la palanca de cambios. Y fue sentirla, pero no sentirla. Sabía que estaba ahí, pero no existía un contancto físico. Era como una suave brisa sin brisa. Simplemente una sensación y no sé por qué, me sentí contento, invadido por una enorme alegría, solo comparable a las que he tenido con el nacimiento de cada uno de mis hijos.
El sol ya inundaba hasta el último rincón llanero, cuando vi sobre la luz, una luz más intensa. Un foco que surgía de la nada y comprendí que hasta ahí llegaba mi acompañante.
Me detuve.
Y sin que fuese necesario, el chaval me explicó, una vez fuera del coche:
-Mi abuela no está enferma, pero todo lo que te he contado es tan real como mis alas. -Y se deshizo de su camisa, extendió unas enormes alas con lustrosas plumas negras y se fue volando hacia… el cielo… ¡Digo yo!

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