Las infernales llamaradas de los ángeles

Cuando pretendía a uno de los amores más intensos pero efímeros de la adolescencia, cuyo nombre me guardo celosamente, ocurrió la historia que a continuación narraré y que para algunas mentes estrechas podría restarle valores a su condición de señorita de bien y de buenas costumbres, educada, claro, en la fe de Cristo y normas de una familia seria, respetable y formal.
Recientemente conocida a través de personas buenas, nobles y de alto nivel social, y cruzados por vez primera nuestros admirados ojos en sana pasión y  clara nuestra mutua atracción, naturalmente ajena a pecaminosos malos pensamientos, que no hubiesen hecho más que enturbiarla a los justos ojos del Creador, un buen día un grupo de sus también castas y formales compañeras, todas señoritas educadas para cumplir con su sagrada misión de esposas fieles y sacrificadas madres como bien manda la Ley de Dios, decidieron pasar un fin de semana en la playa. Lógicamente, las doce alegres amigas y compañeras se habían comprometido a seguir, aún lejos del lar protector durante esas horas, la misma vida y las mismas costumbres inculcadas desde la cuna y sobre todo, participar el domingo en la Eucaristía de la Misa. Vamos, que si en un desliz hubiesen cometido el horrible pecado de la fornicación, nada pasaría si no faltaban a su obligación dominical. Pero no. Eran damitas educadas en la amabilidad, las buenas palabras y la caridad y no pasaban por sus mentes las extraviadas ideas del sexo fuera de un matrimonio consagrado ante el altar.
La cosa es que entre tan dilectas personitas se incluía mi amada, así como la de mi amigo Rodrigo Yáñez y conocedoras todas ellas de nuestros valores humanos y respeto a toda prueba a sus propias virtudes, decidieron que las acompañásemos en el viaje tanto de ida como de regreso -no a la casa, lógicamente pues nuestra presencia podría tener un efecto llamada a las huestes de Satán, convirtiéndonos en inocentes víctimas de los malos pensamientos y de la lujuria desenfrenada, siendo flagelados por el indecente pecado de la carne. ¡Qué horror, madre mía!
Qué viaje tan lindo. Íbamos los catorce, ellas doce y nosotros dos en un vagón solo para nosotros, porque con el alegre bullicio de nuestros dulces cánticos a la amistad y al amor fraterno, ahunyentamos al resto del pasaje, Había mucho sol y el campo transcurría ante nuestros gozosos ojos al ritmo del deambular del tren. Ella, mi dulce sueño, estaba sentada junto a mí y Rodrigo y su dulce sueño, yambién iban juntos.
De pronto, las chicas se pusieron a cantar aquello de “José se llamaba el padre, Josefa la mamá, y al hijo que tuvieron le pusieron José”, pero combinando nuestros nombres y tan genial e inocente ocurrencia fue recibida por nuestros propios y complacidos aplausos, aunque el carmín del rubor tiñó las tersas mejillas de nuestras pías enamoradas. Temíame yo, no sé si también Rodrigo, aunque conociéndole presentí que también, que alguna de las graciosas jovencitas, en un arranque de entusiasmo o tal vez aconsejada por los ocultos tentáculos de Lucifer, que nunca se sabe en estas cosas, le diera por comenzar a gritar “¡Que se besen, que se besen!”, porque tanto Rodrigo como yo, hombres cabales, caballeros respetuosos y cristianos íntegros, nos veríamos obligados a interponernos entre el bien y el mal para poner coto a una situación que de haberse producido, no tenía otra salida por el bien de las jóvenes, débiles por naturaleza a las tentaciones de la “manzana”, que nuestra firma contención. Ha demostrado la historia que la fuerza varonil  se sustenta en la lección bien aprendida del pecado cometido por Adán y Eva.
Llegamos al balneario, regalados con tanta risa y noble canto, Felices por las alegres horas precedentes y el mensaje de cariño compartido, pero fatigados y deseosos de descansar, comer, saludar a los amigos que nos acogerían separadamente a Rodrigo y a mí, y volver a estar con las hermosas amigas y mujeres amadas a la mañana siquiente en la Misa de nueve en la parroquia del pueblo.
La cosa es que aburridos, al anochecer decidimos Rodrigo y yo, acercarnos a la cabaña a pie de playa que resguardaba las virtudes de nuestras damas. Nos quedaríams conversando con ellas en el portal porque naturalmente no estaría bien visto que entrásemos a su femenino refugio y luego nos marcharíamos sabiendo que sus limpios espíritus agradecerían nuestra gentil deferencia.
Era ya de noche cuando llegamos. Las cortinas de los ventanales de la sala estaban descorridas, a sabiendas las jóvenes que su intimidad la protegían Dios, Jesús, su madre Santísima y la soledad de un pueblo costero en pleno invierno.
Algo, sin embargo no encajaba en la vivienda -cómo me cuesta, Virgen de las Angustias, recordar aquellos instantes-. Con las luces de la estancia encendidas, sin guardar el menor recato, ni el debido pudor en su condición de señoritas cristianas, rodeaban once la mesa de centro de la sala, eso sí, todas ellas cubiertas con sus convenientes pijamas cuya hechura estaba pensada en apartar posibles malos pensamientos que pudiera anidar en algún alma impúdica. La chica que en ese momento hacía la número doce, estaba recostada sobre esa mesilla de centro con las piernas levantadas en ángulo recto ante la espectación de las demás. Pensamos Rodrigo y yo y lo comentamos en susurrante voz baja, que asumiendo aquella extraña postura, esa chica y posiblemente el resto en riguroso y respetuoso turno, ofrecían un complicado y doloroso sacrificio a María Auxiliadora, que era la patrona del colegio donde cursaban sus estudios, e inicialmente, cuando observamos atónitos que acercaban a la mesa una vela, pareció confirmarse la suposición, pero cuando con cuidadoso esmero le instalaron la vela encendida próxima a su virginal culo, las peores y tormentosas dudas hicieron acto de presencia.
¡Oh, Cristo de la Buena Muerte! Aún hoy quisiera no haber sido testigo de lo que a continuación, congelados por el estupor, nos tocó ver y oir, porque el pedo de la pristina chiquilla, resonó como el peor de los peores pedos de mi buena abuela y el fogonazo que le siguió partiendo de la lumbre agigantada por el gas, fue espectacular. Le siguieron aplausos y risas y gritos de “me toca, me toca”.
Mi chica, estoy seguro, no participó en esos gritos, por lo que le tocó a otra, una chica alta, roja y gorda, de pelo rubio natural. Se recostó también sobre la mesa, debiendo dos de sus compañeras, la amada de Rodrigo una de ellas, ayudarla a levantar las piernas y nuevamente puesta la vela en su sitio, es decir, a la vera de tan juvenil culete, otra ventosidad, menos sonora tal vez que la primera (que habíamos visto), pero inesperadamente larga, pareció prender fuego en la tela de sus pantalones, por lo que la rolliza chica, saltó de la mesilla  con diferente agilidad a la que la acompañó subiéndose, golpeando sus nalgas con las manos intentando apagar un fuego que ya se había llevado el viento.
¡Qué risotadas! ¡Qué entusiasmo en las palmas! ¡Qué gritos de festiva admiración!
La pobre gorda -nadie estaba en su pellejo para sentirlo- seguramente se había ganado un indeseado ardor en la meta de su humana e inocente cloaca, porque se sobaba disimuladamente el nalgatorio, dando miradas de reojo sobre su hombro que era lo más cercano que abarcaba su vista. Sin embargo, valerosa la niña, sonreía satisfecha del clamor que su pedo había ocasionado.
Dos, tres, seis chicas, una detrás de otra, con dispar suerte en el fogonazo, extensión e intensidad, pero con el mismo resultado entusiasmado de las compañeras, precedieron a la toma de posesión de mi dulce, cauta y casta amada.
Rodrigo enmudeció pensando que aquel sitio podía estarlo ocupando su chica, a la que creía incapaz de tamañana indecencia, lo mismo que yo lo creía de la mía. Mi sorpresa fue roja porque agolpó la sangre en la cabeza, dejando al resto de mi cuerpo lívido y sin fuerzas.
Lo mismo que las otras, menos la gorda, levantó mi amor sus piernas en ángulo recto, aunque las abrió en forma de “V” y tras recolocar la vela a mayor distancia de su culo, demostrando una humillante experiencia en esas lides, dejó escapar tal gas -¡Ayúdame a continuar, Santísima Madre de Dios de la Soledad, que el recuerdo abochornado titubea y la pluma conque escribo clama decencia en el escrito- con tal repiqueteante y poderoso sonido e impresionante largura, que avergonzado y todo, uní mis aplausos a los de las arrebatadas chicas, momento que aprovechó Rodrigo, con el pretexto de que podíamos ser descubiertos por mi entusiasmo, en sugerir largarnos. Lo cierto es que seguramente no quería ver a su niña amada en tan inconfesable menester.
Al día siguientes, con pías posturas de santas, pero con el sueño de una noche de fiesta pedorra, dibujado en sus rostros, las acompañamos a oir misa. Paseamos, desayunamos, comimos y merendamos el resto del día y en la tarde, embarcados en el tren, nos fuimos rumbo a casa.
Volvió a hacerse oir la canción de “José se llamaba el padre, Josefa la mamá, y al hijo que tuvieron le pusieron José”, cambiando esos nombres por los nuestros. Le siguieron otras canciones, y finalmente algunos chistes de lo más insulsos, como correspondía a niñas de la alta sociedad educadas en colegio de monjas.
Rodrigo, a diferencia del viaje de ida, estaba taciturno y algo indiferente respecto a su chica -de hecho no se volvieron a encontrar, pese a que no esperó a ver su turno la noche anterior-. Y yo, que intentaba disimular y  rumiaba mi venganza desde aquel aciago acontecimiento, sin pensarmelo, aunque lo venía pensando hacía rato, me eché atrás en el asiendo, alcé mis piernas, encendí una cerilla y… ¡la bomba atómica! Sí, mis amigos. ¡La bomba atómica, literalmente!.
Los rostros de aquellos angelitos demudaron en expresiones de sombría reprobación. De escándalo en el de las más hipócritas, De cinismo entre las que se percataron del mensaje.
Y mientras desde el fondo del vagón, es decir donde estaban aquellos pasajeros que decidieron no irse a otro sitio huyendo delas canciones memas, surgieron los primeros aplausos y risas contenidas. miré a mi chica, la señalé con el dedo apuntando su adorada naricilla y grité -¡¡¡Te gané!!!
Llegamos a la estación en absoluto, respetuoso y respetado silencio. Sin mirarnos a la cara. Y sin decirnos siquiera adiós, nos separamos.
No obstante,  la dulce y guapa chavala, poco tiempo después, fue mi novia por dos días y amiga por muchos años.

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