De bochornos también está hecha la vida


Hay ocasiones en que te ves enfrentado a una situación tan embarazosa, que no sabes si disimular tus colores en la sombra o simplemente tirarte desde la última planta de una torre de 500 metros, para que tu figura quede absolutamente irreconocible.
Antes de ir a la gorda, que no se trata de ninguna obesa ni dama rellenita, sino a la anécdota gorda, os contaré que hace un par de años o así, mi amiga Carme Martorell, atendía a uno de esos garrulillos que se las dan de listos y graciosos, pensando que con sus tonterías pueden llegar a impresionar a chicas guapas como ella. Así, Carmeta, controlando el acceso a unas grandes instalaciones, le requirió la identificación al sujeto de marras. El hombretón, con sonrisa sobrada que no mejoraba para nada el aspecto que le daban sus gruesas gafas de culo de botella, ni disimulaban sus picaduras de viruelas, alzó la voz para que todos los que estuviesen cerca oyeran su penosa genialidad y escupió:
-Carlos Hernández, Hernández con hache al principio y zeta al final.
Quienes estábamos cerca y pudimos escuchar tamaña memez, en mayor o menor grado, nos cabreamos, pero la dulce Carmeta, que amén  de todo es un ángel, se puso roja como un tomate y una vez que el hombre hubo traspuesto los tornos de acceso al edificio, la siempre paciente chica de voz melosa, estalló.
-¡Gilipollas! ¿Qué se cree el imbécil ese?  ¿Que soy analfabeta?. ¡Ya me va a escuchar cuando salga! -y hasta que no se desahogó, no se estuvo ni quieta ni callada. Y mira que el Alberto, la Isabel, la Encarna, el Luis y yo intentamos calmarla.
Mucho rato después, regresé a ver cómo seguía y la quise aconsejar.
-Mira, Carmeta, la próxima vez que venga y le preguntes el nombre,, tú te le adelantas para que no vuelva a decirte tamaña idiotez y cuando te diga  “Carlos Hernández”, averigua… ¿Con hache de burro y con zeta de polla?. – Pero la chavala ni se rió, ni siquiera sonrió, como esperaba, sino que volvió a ponerse roja, más roja aún que cuando le había hablado el sujeto y me sentí como un pobre desgraciado pues seguramente, pensé, la palabra “polla” habría resultado algo disonante a su dulce forma de ser.
-¡Pero no! Sus ojos fijos sobre mis hombros me indicaban dos posibilidades… una o que la caspa estuviera volviendo a hacer sus estragos sobre mi suéter oscuro u otra, que había algún testigo de mi sugerencia y mira tú, por dónde… Detrás mío estaba el impresentable Carlos Hernández con una cara de odio que le hacía verse aún más feo y desagradable.
¡Coño! No supe dónde meterme y con el sigilo de una serpiente supe retirarme a tiempo. Más tarde sacamos dos cosas en claro y positivas. Primero que nos reimos como unos orates y segundo que las siguientes veces que el hombre entró al recinto no hizo mayor acotación a su nombre y primer apellido.
La otra anécdota me ocurrió hace muchísimos años, cuando lamía las primeras mieses de la fama -¡maldita y escurridiza fama!- gracias a “Literatura de gente joven”.
No recuerdo bien las circunstancias ni el por qué, pero entre otras actividades como radios, televisión o revistas, un día me vi moderando un debate de sociólogos latinoamericanos.
¡No vean la cantidad de gente que asistió al encuentro! Ni me lo imaginaba, siendo la temática posiblemente aburrida! Os lo digo, yo jamás hubiese asistido al tal debate como no fuera como lo hice, en calidad de moderador.
Era un auditorio con capacidad para unas cuatrocientas personas y estaba, repito, a reventar. En el escenario, en lugar de una pantalla o actores, había una mesa larga, tras la cual estábamos los ocho sociólogos con cara de listos y este servidor con cara de “yonofuí” en el centro, o sea con cuatro profesionales a mi izquierda y otros cuatro a mi derecha.
Frente a cada uno de nosotros, había una carpeta conteniendo el sumario de temas a tratar, nueve botellas de agua y la misma cantidad de vasos de vidrio y tres platos con galletas distribuidos equitativamente. Además, frente a cada ponente y al moderador, o sea este pobre hombre que escribe tanto sus alegrías como sus penurias con el mismo entusiasmo. había un micrófono.
De aquellos micrófonos a los que hago referencia, al menos el mío jugó un papel protagónico indiscutible y hoy también lo asume su recuerdo bochornoso.
Eran pequeños y sus soportes largos y flexibles. ¡Vamos, toda una modernidad para la época! Aparte de su aspecto vanguardista, al ser unidireccionales, permitían que el volumen de las bocinas de la sala estuviese bastante alto sin posibilidad de acoplamiento.
Comencé a hablar con el orgullo propio de mi papel principal, presenté a los debatientes, hice un par de aquellas típicas bromas insulsas habituales en este tipo de actos de las que nadie en su sano juicio se reiría, pero que por educación, la gente te hacía sentir como un humorista consumado y comenzó el debate.
A mí lo único que me preocupaba al principio es que cada ponente no se pasara del tiempo previsto para cada turno tanto de exposición como de oposición o de réplica. Pero una vez que habló el primero, y en especial después que hubo terminado el segundo, noté que cada uno de ellos, no solamente encendía su respectivo micrófono, sino que también lo apagaba, aunque no llegaba a ver cómo ni por dónde, porque no era cosa de estirar la cabeza, que no se hubiese visto bien y me entró la preocupación de que alguna de mis toses inoportunas, potenciada por los altavoces hiciera perder el hilo al expositor de turno. Y mira que sí busqué, muy disimuladamente claro, un botón o algún interruptor, pero como noté que parte del público seguía mis movimientos con más interés que los aburridos temas que se planteaban con exquisita elegancia, desistí de seguir, Permitidme un breve paréntesis. Era tal la delicadeza de los hombres, que  tranquilamente podría haberse dado el siguiendo diálogo que aunque producto de mi ficción, era absolutamente posible
“-Es usted, mi colega y amigo, un hijo de puta…
-Le agradezco, carísimo hermano y mejor amigo, que no me haya calificado como hijo de la gran puta..

-Pues si lo prefiere, portento del saber, ya se lo digo, es usted un hijo de la gran puta.

-Es, se lo repito, mi estimado e inconmensurable doctor en sociología, un hombre recto, honesto y honorable, por lo que le agradezco con la mano puesta en el corazón, que no me haya catalogado como un hijo de la grandísima puta”.

Pero vamos a lo nuestro. Bruto como decía mi buena abuela, que soy, aunque solamente torpe en mi tal vez interesada opinión, no hubo forma ni manera de encontrar el botón o el interruptor, ni momento oportuno para preguntarlo, así es que opté por bajar el micrófono a la altura de mi panza después de hablar, para evitar cualquier exabruto auditivo.
Así entre: “Tiene la palabra y cinco minutos, el sociólogo argentino” o “señor Muñóz, le agradezco, se le ha acabado el tiempo. Luego podrá utilizar su derecho de réplica”, escondía el pequeño micrófono, pegado a mi  estómago, gracias a su largo y flexible soporte.
Sin embargo, Dios ese día no estaba conmigo (si es que alguna vez lo ha estado) y en un momento no esperado, se desperezaron mis nobles tripas emitiendo un sonido que en circunstancias normales hubiese pasado desapercibido, pero que con aquel sensible micrófono casi recostado sobre mi barriga, se escuchó como un pedo descomunal o peor aún, como los petardazos que acompañan a una diarrea incontrolable.
Claro que con haber mirado para otro lado, como buscando el origen de aquella inapropiada sonajera, como hizo toda la concurrencia, sociólogos incluidos,hubiese salvado la pensosa situación, pero me puse en avidencia, llevándome las manos a la cabeza y recostándola con evidente pesar sobre la mesa.

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