Las mellizas de Playa Amarilla

Cuando pasábamos nuestras vacaciones en Viña del Mar, mi hermano y yo, cuando despuntaban nuestros primeros pelillos en aquella parte que es nuestro orgullo, pero cuya mención resulta indigna, solíamos ir a Playa Amarilla, donde al decir de los entendidos se reunían las chavalinas más guapas del universo, aunque las había de todo tipo, una heterogeneidad también aplicable a los chavales, pero poniendo el acento en el hecho de que entre los trece y los quince, la mayoría de los mozalbetes varones si no son simpáticos, se mueren de hambre.
La cosa es que teníamos un lugar fijo para instalarnos, como si aquel punto lo hubiésemos adquirido y para asegurárnoslo, llegábamos temprano. A nuestras espaldas, según se mirara hacia el Océano, siempre se ponía un grupo de chicos y chicas argentinos. A nuestra derecha, Marcela, una adolescente preciosa con la que rápidamente hizo migas mi hermano y con la que al final comenzó a salir. Al frente, siempre de cara al mar, extendía su joven humanidad un bombón. Era, os lo juro, una niña rubia espectacular, cuyo cuerpo apenas cubría con un minúsculo bikini. Y finalmente a nuestra izquierda, sin olvidar en ningún momento que la perspectiva era de cara al mar, de lo contrario, los chicos argentinos estarían al frente, la preciosa Marcela a la izquierda, la impresionante niña rubia del biquini a nuestras, espaldas. Decía que a nuestra izquierda, de cara al mar o a la derecha si estuviésemos mirando hacia los cerros de la contracordillera de la Costa, se apostaban dos espigadas gemelas que llegaban siempre a eso de las doce del mediodía en compañía de su hermana mayor, que por ser mayor no concitaba nuestro interés.
La cosa es que la niña rubia del biquini minúsculo no se cansaba de hacerme fiestas, pero a mí me habían cautivado por su pelo corto y liso, las mellizas espigadas, porque las pobres no tenían nada más, eran flacas sin que las formas hubiesen comenzado a modelar la piel que cubría sus huesos y por lo que pude constatar, tremendamente antipáticas.
Un día en que la niña rubia del biquini minúsculo me sonrió, yo les pedí a las mellizas que me dejaran jugar con ellas al “volibol”, pero como única respuesta se llevaron sus adorados huesos recubiertos de piel, a las frías aguas del Pacífico.
Otro día en que la niña rubia del biquini minúsculo, hacía extrañas muecas como lanzándome besitos, yo me fui al mar, donde estaban mis amores y comencé a tirarles agua para participar en la actividad que desarrollaban desde hacía unos minutos y me mandaron a la mierda.
Otro día en que la niña rubia del biquini minúsculo, comenzó a chupar un plátano como si fuese un helado, dándome unas miradas que parecía tonta, yo ignoraba el significado de aquella forma tan bestia de lamer un plátano, pero por lo que le dijo Marcela muy bajito a mi hermano, de que la niña rubia del biquini minúsculo se me estaba ofreciendo descaradamente, me fui a un chiringuito, compré un plátano y comencé a hacer lo mismo, pero mirando a mis amores escurridizos. El escándalo se reflejó en los ojos de las tres, incluída su hermana, que cogieron sus bártulos y se fueron raudas de la playa.
Otro día en que la niña rubia del biquini minúsculo se había puesto más cerca nuestro, me dio la espalda y comenzó a acariciarse el culete por dentro del biquini, girándose de vez en cuando para lanzarme encendidas miradas de deseo y a mí me pareció escandalosa su actitud, por lo que cogí un pequeño balón que había llevado ese día para hacer alguna tontería y las hice.
Las mallizas que seguían yendo a la misma playa e instalándose en el mismo punto, me ignoraban absolutamente, aunque siempre lo habían hecho, pero se notaba que desde el día del plátano habían redoblado su ignorancia, o sea hacían más ostentoda su forma de ignorarme.
La cosa es que comencé a tirar el balón en vertical y a lanzarme sobre él como si fuese un afamado portero de fútbol y además imitaba las ovaciones de un público tan entregado como admirado por mis hazañas. Pero lejos de impresionar a mis apreciados huesitos con piel de pelo corto y liso, de pronto me caí sobre una de ellas con todo mi peso y la chavala se echó a llorar y la otra y su hermana, comenzaron a golpearme con todo lo que tenían a mano. Menos mal que se marcharon rápido si no me hubiesen dejado muy maltrecho. Al final,  la niña rubia del biquini minúsculo se había marchado, mi hermano y Marcela también y los chicos y chicas argentinos y otra gentuza que quemaba sus sebosas tripas al sol, no disimulaban sus risas ni sus comentarios poco apropiados.
En las siguientes jornadas, Juan y Marcela optaron por quedarse en Reñaca mientras yo seguía mi camino hasta Playa Amarilla, con la esperanza de que las mellizas me pidieran perdón o, en su defecto, intentar una tórrida amistad con la niña rubia del biquini minúsculo, pero ni las unas ni la otra, ni siquiera las chavalas y chavales argentinos, se volvieron a aparecer.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s