¿Fue Richard Widmark un acosador de niñas?

Ciertamente hay edades -la del pavo, principalmente- en que uno comete cada tontería que si en el momento fuera consciente, primero que no las cometería y si las cometiera en estas condiciones, la vergüenza me hubiese matado del disgusto al instante. Pero no. A esas edades ni existe el limite, ni menos la sensación de bochorno.
Pero vamos al grano y a una anécdota que encaja dentro de lo que afirmo.
Transcurrió en Chile, donde vivía para entonces, durante unas vacaciones de  verano que las pasábamos, como siempre, en Viña del Mar.
Una tarde, cuando el sol languidecía, iba con un amigo de mi edad, doce años pasados, sin llegar a trece, por la Av. Perú, un paseo frente a las costas del Pacífico, muy concurrido, lo mismo que la calle Valparaíso,  especialmente por chavalas y chavales de nuestra edad, que realmente íbamos a exhibirnos. Sinceramente debo admitir que yo, canijo, penosamente flaco y la cara, frente, cuello, hombros, parte del pecho y brazos, llenos de granos, tenía muy poco que exhibir y mucho que esconder… pero me daba igual, porque tenía muy asumida mi semejanza con Richard Widmark, un actor de Hollywood muy famoso durante mi infancia, que según comentó una vez la peluquera de mi abuela poniendo cara de sorpresa “¡Qué niño tan parecido a Richard Widmark!” y siempre me quedé con ese orgullo.
Vamos, que lo nuestro es que paseaba con un amigo por la Av. Perú, cuando a lo lejos, sentada en una muralla baja que servía de contención a las rocas rompeolas, me pareció ver a María Luisa, la preciosa amiga de nuestra antigua vecinita viñamarina,  Ana María y ni corto ni perezoso, poniendo cara de listo, seductor y conquistador, me acerqué a ella, que estaba acompañada por una amiga más o menos de la misma edad y la saludé:
-Hola, María Luisa.
Y la niña me miró de arriba abajo con desprecio y luego perdió su mirada en otros jovenzuelos que pasaban por allí.
-¿No te acuerdas de mí, María Luisa? -insistí.
Me respondió con otra mirada despreciativa, se levantaron y se fueron caminando lentamente. Obviamente mi amigo y yo las seguimos y yo dale que suena con lo de María Luisa, aunque ya había comenzado a dudar que lo fuera, porque pese al largo tiempo desde que no la veía, la recordaba más alta que yo y esta era más pequeña.
Las chicas, con el hastío reflejado en sus rostros, apuraron el paso y miraban de un lado a otro como esperando encontrar a algún conocido que les salvara la situación, pero se ve que no lo consiguieron, porque de pronto echaron a correr… ¡Y nosotros también! Y yo, como un gilipollas redomado la llamaba a gritos “¡Espera, María Luisa!” y a la presunta María Luisa le faltaban piernas para correr más rápido.
En la carrera recorrimos tres veces la Av. Perú, una de bajada y dos de subida, después cruzó el puente del estero Marga Marga, cruzó la calle Arlegui hasta llegar a la calle Valparaíso, al final giró hacia la Plaza Vergara, cruzó otro puente sobre el estero en dirección a la Av. Libertad, pero en el cruce con la calle 1 Norte donde había un carabinero de punto dirigiendo el tránsito, las chicas, extenuadas como nosostros, le solicitaron ayuda. ¡Vaya bronca nos dio el policía!
Dos días después, paseando de nuevo por la Av. Perú, pero solo, porque mi amigo nunca más me quiso acompañar, volví a ver a la supuesta María Luisa y seguramente ella también a mí, porque junto con la misma  amiga, echaron a correr como alma que lleva el diablo y yo, imbécil sin redención, también detrás de ellas…

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