Unas historias de cine

Imagen del teatro Olimpo contenida en el Archivo Histórico Municipal de Viña del Mar

De pequeños y mientras vivimos en la ciudad chilena de Viña del Mar nuestra rutina, incluidos mi hermano Juan y mi primo Jordi, aparte de ir de lunes a viernes al cole, consistía en acudir cuatro veces por semana al cine. Dos, jueves y domingo, al Oriente, en la calle Quillota, una, los sábados al Olimpo en la Plaza Vergara y una, los domingos también, al cine Metro en la Av. Pedro Montt de Valparaíso.

Descomponiendo las diferentes sesiones, los jueves íbamos al Oriente la familia al completo, o sea los tres chavales, mi abuela y mi tía Soledad y a última hora se unían mi padre y mi tío Agustín. Allí, en lo que llamaban sesión continuada, nos calábamos una larga serie de películas mexicanas desde la una de la tarde hasta las nueve de la noche. Por otro lado los domingos en el mismo cine, pero desde las tres y hasta las ocho, solamente íbamos los tres a ver dos películas -nunca, jamás, pasaban las anunciadas de terror o policiales, sino aburridísimas comedias musicales- y un sinnúmero de seriales, viejas ya para la época, entre las que destacaban las de Fumanchú y Flash Gordon (eran como las telenovelas de la tele, con la diferencia que a veces se saltaban los capítulos o no seguían un orden correlativo).
En el Cine Olimpo asistíamos a la sesión de tarde (Vermut, la llamaban) con toda la familia, excepto mi padre, fuese cual fuese la película que exhibieran (cuando ya éramos algo más grandes, los tres nos íbamos a ver una vaquera a la sesión del mediodía (matiné) y luego nos uníamos con mis tíos y la yaya, en la siguiente).

Nuestra otra cita obligatoria era los domingos, en el cine Metro de Valparaíso. Allí llegábamos a las diez de la mañana (sesión matinal) solos con mi tío Agustín, para ver una larga serie de dibujos animados, centrados principalmente en Tom y Jerry y el Pájaro Loco y el hecho de que fuesen casi siempre las mismas pelis, no nos importaba y si nos hubiese importado poco podíamos hacer, porque aquella era una obligación como lo era para nuestros compañeros del cole, ir a misa. En ocasiones y siempre por decisión de mi tío Agustín, nos íbamos a pescar al muelle del Puerto de Valparaíso, aunque no recuerdo bien si algún día tuvimos éxito en esa actividad, aunque sí, que jamás se sirvió alguna de nuestras presas en los potajes caseros. Y en una ocasión visitamos una fragata fondeada en las afueras del puerto.
A veces no llego a entender qué magia tenía el cine entonces, con la mayoría de las películas cuadradas y en blanco y negro, que no nos aburría. A fecha de hoy puedo asegurar, por ejemplo -destruida con el paso de los años, la magia- que no voy al cine desde que vivíamos en Mataró, o sea hace cosa de diez u once años y que además veo poco la tele y que cuando se visualiza en la casa una peli grabada, pues irremediablemente me quedo dormido. Creo que las miles de películas engullidas durante mi infancia me alejan hasta del olor del celuloide (nunca he tenido la curiosidad de preguntarles a Juan y a Jordi si les ocurre lo mismo).

En fin, de las matinales en el Metro con mi tío Agustín sólo me queda el recuerdo de aquella ocasión en que el cine comenzó a remecerse y que comenzaron a parpadear unas luces rojas en todos los rincones, mientras que por la megafonía se invitaba a los asistentes a salir ordenadamente de la sala. En la huída el desorden, los gritos y los pisotones, unidos a los ruidos propios de un fuerte seísmo, al de la megafonía y finalmente el pánico que acrecentó la histeria de la multitud al cortarse la energía eléctrica, fueron dantescos. Sin embargo, mi tío Agustín nos contuvo y los cuatro nos refugiamos debajo de las butacas, siguiendo las instrucciones de un hombre experimentado como él, que había pasado mil penurias y más durante la guerra civil, de la que le considerábamos un héroe. Ese día, la estampida humana no produjo víctimas, aunque sí mucha gente contusionada. Finalmente, en aquella jornada, como es propio de un país acostumbrado a los movimientos telúricos, como no se había alcanzado las cotas de terremoto, la función continuó, aunque con la mitad o menos de los asistentes (la otra mitad o más, la encontramos a la salida, en medio de la plaza del frente, como a la espera de otro temblor de mayor magnitud.

Por otra parte, casi todos los sábados llegábamos tarde al cine Olimpo y como no nos enterábamos del camino en los pasillos entre las butacas con las luces apagadas, nuestros gritos llamándonos, obligaban al personal de la sala a encender las luces para terminar de ubicarnos y esto se hizo tan habitual, que nada más llegar al cine, ya encendían las luces para evitar nuestro escándalo. Pero esta encendedera de luces, una vez descubierta nuestra opípara merienda, también se hizo habitual, cuando el encargado del cine se enteró de que aquella familia española que iba todos los sábados a la función de vermut, aparte de los gritos que daba en su tardía entrada, consumía una extraña combinación de comestibles para la merienda que debían ser conocidos por el resto de espectadores, entre los que llegó un punto en que más interesante que la película, era su interrupción para ver lo que comíamos. Aleccionados por la yaya, mi tía y mi tío, terminamos por hacer caso omiso a las carcajadas y a los aplausos burlones de la concurrencia.

Voy a explicar qué comíamos durante la función.

Pues simplemente un bocadillo de media barra cada uno a la que primero se le aplicaba aceite de oliva y sal y se rellenaba con abundantes rodajas de queso de bola, sobre la que se aplicaba una capa de tabletas de chocolate y finalmente se le añadía un plátano cortado en ruedecillas. Para los niños, sobre todo, meternos aquella enormidad en la que se aplicaban en hacer en la oscuridad  mi yaya y mi tía, en la boca, era una tarea trabajosa y ciertamente muchas veces no entraba por el hueco de la boca, sin que trozos de queso, chocolate y plátano, fueran a dar al suelo entre las protestas de la abuela o de la tía o de las dos, mientras mi tío intervenía sonoramente exigiendo un silencio en el que no colaboraba. Casi siempre era en este punto que se encendían las luces y las miradas convergían unánimes hacia nosotros. Y claro no solamente exhibíamos el peculiar bocadillo, sino también la manzana -para los postres, que sosteníamos en la otra mano, compartiendo sitio con una botella de Coca-Cola de vidrio, de las que se usaban por aquellos tiempos, que no pocas veces se nos caían de las manos, dejando un reguero de líquido pringoso en el suelo y sonoras reprimendas especialmente de la yaya, a la que poco le importaba el mierdero añadido que quedaba, sino lo que había costado el refresco que se perdía entre las butacas. En ocasiones pienso que la gente iba al Olimpo, más que a ver las películas, a vernos a nosotros. Esto podría explicar el hecho de que cuando se inició la rutina, la sala siempre estaba a medias y al poco tiempo estaba a reventar, aunque curiosamente siempre teníamos nuestra fila completa, como si alguien nos la reservara.

Lo único lamentable de la rutina del Olimpo fue que el único día de nuestras vidas que pudimos haber visto un eclipse total de sol, fuimos los únicos asistentes y cuando por megafonía se nos invitó a disfrutar del inusual espectáculo, la yaya, con el argumento de que no nos dejarían volver a entrar, nos impidió salir, aunque la peli se suspendió durante casi una hora, dejándonos durante ese tiempo en penumbras.

En las sesiones continuadas de los jueves en el Oriente, la merienda era la misma, pero como los espectadores habituales de aquel cine de barrio eran tanto o más ordinarios que nosotros, pasaba desapercibida. Lo que sí molestaba al principio a la concurrencia, era cuando llegaban mi padre y mi tío, después del trabajo. Los gritos de “mama” y “Sole” y nuestros bullangueros “aquí, aquí” agitando los brazos, puesta la vista en la puerta de entrada, impacientaban al resto del público, que como ya digo, tanto o más ordinario que nosotros, exigía silencio utilizando los más disonantes e irrepetibles epítetos imaginables. Claro que a veces, aunque con el tiempo, principalmente cuando la película de turno era una patata, nada más se abría la portezuela de entrada y se agitaban las cortinas que la resguardaban, el cine se convertía en un atronador “mama, Sole” que venía de todos los rincones, que solamente se acallaba con un “¡callad, malparidos!” que escupía por su nada delicada boquita mi yaya. Pero se ve que aquello llegó a formar, como en el Olimpo, parte del espectáculo.

Y termino esta historia cinematográfica con la anécdota sórdida a cargo de Jordi.

Resulta que el domingo por la tarde que era el de las dos películas e incontables seriales, nuestro horario era de 3 a ocho de la tarde, pero la función rotativa que así le llamaban a la de los domingos, comenzaba realmente a la una, pero por asuntos de comida familiar nos era imposible ir antes. La cosa es que al llegar siempre al final de la primera película, tanto la sala como la galería, que eran los dos sectores del cine estaban repletos a rebosar y los chavales atestaban asimismo los dos amplios pasillos, incluyendo el que separaba platea de galería, que quedaba algo más alta.

Pues lo anterior nunca fue obstáculo para que a los pocos minutos de nuestra entrada pudiéramos escoger localidad, siempre, eso sí, en las últimas filas de una sección o las primeras de la otra.

Pues bien. Llegábamos, nos poníamos en el pasillo paralelo a la pantalla, aquel que separaba la platea de la galería y comenzaba mi primo, que para ello tenía una facilidad envidiable para eso -al menos desde nuestro infantil punto de vista- a expeler unos pedos tan silenciosos como horrorosamente fétidos y no veas cómo se iba disolviendo la chiquillería tanto del pasillo, como de las dos últimas filas de la platea y las dos primeras de la galería, aunque en forma de círculo y como además de gaseoso, era un guarro de cuidado, una vez que escogíamos nuestras butacas,  expresaba su satisfacción con un eructo tan sonoro que era agradecido con risas y aplausos de un público que como nosotros, esperaba en aquellas largas sesiones, cualquier alteración para aclamarla con el mismo entusiasmo con que recibíamos a la caballería yanqui que aparecía al toque de clarín (ta-ta-ta-ta-ta-ta-tiiiiii-ta-ti-ta-taaaaa) en defensa de sus heroicos compañeros sitiados por unos indios malvados que merecían la muerte por defender su histórica tierra de los sinvergüenzas que venían a usurpársela a nombre de la “civilización”.

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