El lastimero aullido de la muerte

Vivimos cuatro años en la casa del fondo de aquella calle sin salida. Era una chalé grande de dos plantas y un extenso jardín en el que mi padre cultivaba hermosas rosas amarillas,.Mirando desde la entrada de la calle que llamábamos “el pasaje”, a mano derecha y haciendo esquina solamente veíamos un paredón alto de color  amarillo claro por donde muy de vez en cuando se asomaba una buena señora para regalarnos nísperos. Aquella residencia tenía su entrada por la calle principal.. Seguía la casa de Ana María, gris, enorme, con una pequeña cerca y cuyo jardín limitaba con el nuestro. A la izquierda de nuestra vivienda, siempre desde la misma óptica, había un extenso terreno vacío al que llamábamos “el sitio” y era donde solíamos jugar con Ana María, cuando no estaba María Luisa su bella mejor amiga, que era más fina para sus cosas y lo suyo eran los juegos de salón.
Ojo. que estoy hablando de cuando la edad media del grupo transcurrió entre los cinco y los nueve años.
Ya comenzando a salir del pasaje por la izquierda, estaba la pequeña pero encantadora casa de Björn, un chaval noruego que cuando llegamos tenía 11 años y cuando nos fuimos tenía otros menesteres propios de la adolescencia por lo que casi ya no le veíamos. Detrás de la casa de Björn se ve que había una construcción adicional que su familia alquilaba a una pareja tan discreta que rara vez pudimos ver y de la que sólo sabíamos que el hombre era practicante y llegando a la esquina, por el otro lado, estaba otra gran pared alta, pero blanca y también con entrada por la calle principal. Allí vivía Miriam, la tierna hija de un italiano viudo que la quería y cuidaba como un tesoro. De hecho, pocas veces, casi nunca, jugaba con nosotros, aunque no dejó de invitarnos nunca a sus cumpleaños.
Muchas son las historias que se acumularon durante aquellos 48 meses. No pocas ya las he plasmado en este blog. Otras, como estas, lo hago por primera vez.
El practicante y Miriam serán hoy los protagonistas.
El pequeño pasillo situado al lado de la casa de Björn por el que se accedía a la vivienda del practicante y su mujer, era sombrío y silencioso. Muy de vez en cuando asomaba su hocico un enorme y noble perro desrazado. Un sábado el animal amaneció junto a la puerta enrejada del pasillo gimiendo y parecía llorar. Le llevamos trocitos de carne pero no los probó. Lo intentamos con golosinas y tampoco. El domingo más de lo mismo. Llamamos a gritos a sus dueños, pero no hubo respuesta. El lunes, cuando nos marchábamos de madrugada a pasar dos semana en un puerto de montaña donde mi padre esquiaba como un campeón y mi hermano y yo nos aburríamos de lo lindo, aquel perro con sus lastimeros aullidos, había contagiado a todos los de la ciudad que hacían la vez de un lúgubre coro de dolientes mascotas,”El practicante se ha muerto”, sentenció mi abuela. “No diga tonterías, mamá”, le respondió mi padre.
Pero, en efecto, al regresar, supimos que el pobre hombre había fallecido la madrugada de aquel lunes de los escalofriantes aullidos. También nos enteramos de que la yaya sabía que no andaba bien de salud y por eso no había dudado en asociar los lamentos caninos con su posible deceso. Esto del perro nos dejó marcados de por vida.
Acerca de Miriam ya he dicho que teníamos poco contacto con ella. Era alta, blanca, de pelo negro como su padre del que era una versión exacta en pequeño y en niña y guapa aunque él era feo y ordinario y ella por contra, ya lo digo, linda y además delicada.
Tres años seguidos entramos a su casa para celebrar su cumpleaños. Había tarta, golosinas, bocadillos de todo tipo, refrescos para tirar, sorpresas y, lo más importante, sesiones combinadas de cine de “El pájaro loco” y “el gordo y el flaco”, Y cosa rara, mientras sus vecinos y amigos alborotábamos el ambiente ante la mirada complacida de don Armando, que así se llamaba el padre, ella fungía de atenta anfitriona en miniatura. Era algo así como la madre pequeña de aquella casa o, quizás, la hija grande, con solo cinco, seis y siete años.
Un día padre e hija se fueron a vivir al campo y cuando cumplió los ocho, mi padre nos llevó al nuevo hogar de Miriam donde una preciosa casa compartía el lugar con unos árboles, quizás condicionados por un momento especial durante aquella visita, que parecían sacados de un cuento de hadas. Miriam, que no había invitado a nadie más, demostró en el reflejo de sus tristes ojitos negros la alegría de vernos. Estaba más delgada y blanca que lo usual, pero se veía preciosa.
Nos llevó a los pies de un cerezo y nos sentamos bajo él. Nos habló de la madre que ya no estaba, del cole al que ya no iba y de las últimas fiestas de su cumpleaños. Reía con su risa cristalina, nos miraba con sus ojos encendidos, nos cogía las manos con sus manos frías, hasta que poco a poco se fue apagando. En la casa se sentó en una silla frente a la mesa donde ocho velas encendidas en una pequeña tarta saludaban su nuevo año. Un pasajero entusiasmo la animó al apagarlas  y una repentina indisposición la llevó a la cama y puso fin a la pequeña reunión.
Una o dos semanas después había muerto, camino en el que la siguió voluntariamente don Armando nada más enterrarla.
Siempre tuve este último trozo de mi vida bloqueado. Quería escribirlo y no podía y hoy que no era mi intención hacerlo, ha fluido de manera espontánea. El bloqueo tal vez quería evitar el dolor inmenso que ahora, más de medio siglo después, siento y la solitaria lágrima que al escribir, se me ha escapado. Mi primera y probablemente única lágrima por Miriam.

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