El infinito placer de fumar

Así como ahora los grandes cárteles de la droga han logrado que los gobiernos -el español incluído, porque el nuestro se apunta a todo- comiencen a suprimir el tabaco para lograr una mayor base viciosa enganchada a los estupefacientes cuyo consumo está casi normalizado, hubo una época, parte de la cual me tocó vivir, en la que fumar no solamente estaba permitido, sino que era socialmente bien visto y conveniente.
Mira que si era socialmente bien visto y conveniente, que si en una reunión no fumabas, te tachaban de “raro”, o de “snob” e incluso algunos iban más allá y aventuraban conclusiones como las de que no fumabas tabaco porque te drogabas con “LSD”. Así que el no fumador habitual, se veía precisado a serlo al menos de manera social, o sea sacaba su pitillo de una brillante pitillera durante las fiestas o reuniones, pero como no aspiraba el humo, siempre cabía la posibilidad de que alguien echara a correr la voz de que igualmente no eras fumador.
En esto del fumar, además,  existían normas muy estrictas pero a la vez simples… Una, que el hombre podía fumar donde la placiera y la otra que la mujer solamente podía hacerlo en lugares cerrados, jamás en la vía pública so pena de generar las más variopintas habladurías, todas las cuales incluían con mayor o menor vehemencia, el término de “zorra”. Esto tenía un lado positivo, si es que así podemos llamarlo, y es que si la mujer no fumaba ni siquiera en reuniones, jamás la tildarían de rara o de drogata, sino, por el contrario. de virtuosa, fiel, hacendosa, buena cocinera, planchadora ideal y lavadora pulcra y refinada, o sea que era la esposa ideal… ¡Vamos, cosas del machismo!
La cuestión es que llegado yo a los 16 años, ya había conocido mujer a través de los primeros apasionados besos y pecaminosas caricias, pero no tabaco y como por escribir ya me llamaban raro, no sentía la manor atracción por el cigarrillo, porque nadie diría que era “raro, raro” o doblemente raro, sino simplemente, raro.
Mas, hete aquí que al cumplir aquella edad, reunida la familia en pleno en una cena, a la hora de los postres, mi padre me regaló dos paquetes de tabaco rubio, ante lo que los admirados comensales exigieron que me hiciera hombre y calara uno de los pitillos, aunque mi padre ordenado como siempre, decidió que la del café era la hora  más  adecuada.
El primer cigarrillo sirvió de pretexto para enseñarme a aspirar y disfrutar del humo, el segundo, para depositar de mala manera en el retrete y por la boca, todo el potaje ingerido durante el día.
No fueaquella indisposición pasajera  obstáculo, sin embargo, para que a partir de aquel día me convirtiera en un consumidor compulsivo de tabaco y menos mal que en el Insti nos permitían fumar en los recreos y en las clases de Historia y Religión y en la de Castellano, solamente cuando el profesor fumara, que lo hacía muy de vez en cuando. Sin esas licencias, el “mono” hubiese podido conmigo”.
Eran aquellos otros tiempos. Tan distintos, que mi padre políticamente de derechas, republicano por principio y socialmente liberal, cuando llegué a los 18, en lugar de más tabaco me regaló dinero para, así mismo me lo dijo, “ir de putas para terminar de hacerme hombre”, sin imaginar que si por follar me hacía yo más hombre, pues ya lo era, porque si hubiese llegado a saber que “me había hecho varias veces más hombre” con una linda vecinita, me hubiese abofeteado tantas veces como las que con ella estuve. Todo ello porque dentro de su peculiar ideología, era preferible una mala gonorrea a una buena criatura, cuantimás en aquellos tiempos que mientras que la primera se combatía con unas cuantas inyecciones de penicilina, el embarazo se saldaba con un matrimonio de honor.
Señores… ¡He dicho!
Por si acaso, aclaro que no fumo desde 1991.

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