¡RESPETAD LA PAZ DE LOS MUERTOS!

La primera vez que entré en una morgue, anexa a la facultad de medicina de una importante universidad, lo que no impedía que se realizaran necropsias judiciales, fue con ocasión de una clase práctica de periodismo en su crédito de medicina legal. A mí, he de reconocerlo. me daba mucho reparo  acercarme a un muerto, más aún si no me separaba de él al menos un ataúd cerrado, porque si la caja estaba abierta, este hombre que escribe, desde luego no se asomaba para ver el contenido.
La cosa es que acudí, aparentando una valentía que no existía, porque iba entre otros compñaeros, acompañado por mis amigas las mellizas Sandra y Olga, las que sin necesidad de valor, porque no les hacía falta, asistieron con algunos de ellos a una autopsia de un pobre desgaciado que había muerto aparentemente de cirrosis. Cierto es que algunos de los coleguiillas vaciaron el contenido de la tripa en cualquier sitio de aquella amplia y fresca sala, pero otros, como ellas, pusieron interés y atención en lo que veían y explicaba el patólogo forense..
Yo, nada más entrar tuve la misma visión de todos los demás, pero con distintos resultados psicológicos, porque para no huir despavorido, cerré los ojos y cogí a la izquierda por un pasillo que me desviaba de aquella figura. Los buenos estudiantes de medicina, a manera de bienvenida, alertados de nuestra presencia, cogieron un finado que estaba a punto de explotar  por los gases acumulados y que con su color grisáseo no hacía buena cara, lo sentaron en una silla de lo que parecía ser un rincón reservado al celador, desnudo tal como Dios le había traído al mundo. Algunos de mis compañeros, divertidos unos, nerviosos otros, rieron ante la “ocurrencia” de los futuros galenos. Este servidor, ya lo digo, cerró sus ojos y siguió por el pasillo de la izquierda.
¡Qué olor tan nauseabundo había en aquel subterráneo!
Al abrir los ojos, lo hice con tal oportunidad, que me evitó chocar contra una mesa en la que yacía un cuerpo con el costillar abierto, con la tapa de los sesos separada de la cabeza y el cerebro en una mesita anexa. Por lo poco más que vi, tenía aún todos los órganos en su sitio, por lo que, no sé si lo pensé en el momento o después, porque no lo pregunté, deduje que era el finado de la autopsia docente. Olía el fallecido, que Dios tenga en Santa Gloria, a diarrea de gastroenteritis aguda, pero aumentada, o a la mejor de amebiasis, que no sé cuál huele peor, porque nunca he tenido la curiosidad de  de dilucidar esa duda.
La cuestión es que más por temor a desmayarme que a vomitar, salí espantado de aquel infierno que resumía en una todas mis mortales pesadillas y accedí por una puerta de madera a cualquier sitio que me apartara de la muerte, su significado y su inexplicablemente dulzón hedor.
Cerré tras de mi la puerta y me encontré en una sala pequeña, donde apenas cabía una  mesa larga y angosta y yo. Sobre ella yacía una mujer joven, morena, Sobre el pecho de la mujer y formando una cruz, estaba boca arriba el cuerpo de una niña que no pasaría de los diez años y sobre sus piernas (las de la mujer), también boca arriba y cruzado, un bebé quizás de meses, todos con las impresionantes cicatrices en “Y” sobre el pecho y marcas mal cosidas sobre la frente, siguiendo a ojo la línea del cabello. Por un momento olvidé mis reparos, mis fobias a los muertos, mi temor al desmayo y me invadió una indefinible sensación de piedad, especialmente por la niña, en cuyo pecho habían adherido con “cello” un papel blanco en las que se señalaban las causas de su horrible muerte, que saltaban a la vista en aquellas demoníacas heridas y laceraciones. Instintivamente quise brindarle consuelo, acariciando su cabello y en lugar de transmitirle le calidez de la vida, me llegó hasta el alma la eterna gelidez de la nada.
Desde luego, en un momento salí de allí, pero ese es un detalle que no recuerdo.Durante mucho tiempo, años para hacernos a la idea, llevé conmigo esa sensación del poco respeto que para algunos merecen esos cuerpos que han albergado vida. Quienes así actuan, es muy probable que tengan asumida la idea de que abandonado el último atisbo vital, los despojos pasan a ser materia orgánica de desecho, nada más.
Así lo pude constatar muchos años después con la fotógrafa de redacción del pequeño aunque importante diario que dirigía por aquellos tiempos, durante una visita a un apartado y solitario cementerio judicial, al que he mencionado en otras ocasiones pero que hoy prefiero no identificar.
Allí, en las jornadas escasas en noticias policiales, solíamos acudir para arañar algo morboso, superado para entonces mi temor juvenil a los cadáveres.
Un día por ejemplo, nos topamos en la entrada con un finado dentro de un barril de petróleo vacío. Estaba desnudo, pues seguramente los deudos que le dejaron allí posiblemente por no tener dinero para el entierro, se habrían quedado con su postrera vestimenta, o a lo peor, alguien antes que nosotros le había descubierto llevándose sus prendas para añadirlas a su seguramente escaso ropero.
En otra ocasión, dentro de la pequeña y humilde construcción destinada a depositar víctimas de hechos violentos para  una visualización inicial por parte del forense, estaba recostado de lado, un hombre que parecía dormir, posibilidad que desmentían el mango de un gran cuchillo que asomaba por su espalda y las moscas que impidieron a mi compañera por su enorme cantidad y gran revuelo. acercarse a tomar fotos.
Sin embargo, en otra oprtunidad, alertados por un vecino que había visto por la noche al celador del camposanto manipular la tumba de una bella joven fallecida tres días antes, víctima, según decía la autpsia de un envenenamiento debido a un queso en mal estado, nos acercamos al lugar.
Este aviso nos había llamado la atención, principalmente, porque el suceso lo habíamos cubierto convenientemente.
Llegamos a las siete y media de la mañana y a unos 50 metros de la entrada, a mano derecha, visible, tras dejar atrás la construcción del depósito de cadáveres, estaba, apenas enterrado, un ataúd abierto.
Dentro, yacía la joven, sospechosamente desnuda y con la belleza apenas mancillada por los primeros rasgos destructivos de una muerte siempre implacable. Algunos pocos moscardones de color verde aterciopelado, recorrían sus frías carnes y revoloteaban de un sitio a otro, especialmente en sus maltratadas partes pudentas. Apenas era perceptible la fetidez de la corrupción en su proceso preliminar, acelerado, no obstante, por el calor del trópico. No hicieron falta palabras para que entre nosotros surgieran las más negras sospechas.
Una. Por qué el cadáver no tenía ni una traza, ningún corte, nada que señalara la realización de una autopsia.
Dos. Qué hacía ese ataúd abierto y a flor de tierra.
Tres. Por qué aquellos restos estaban desnudos (la ropa la vimos después, tirada a unos tres o cuatro metros de la tumba).
El encargado del cementerio, al que localizamos detrás de un árbol, nervioso y confuso balbuceó lo que en resumen expongo a continuación.
Que no le había dado tiempo de cavar una tumba suficientemente profunda y que antes de hacerlo por la mañana, había querido comprobar si no se habían llevado el cuerpo (¿?). Sobre la desnudez de los despojos no dijo nada, ni menos acerca de aquellos trapos cercanos que a todas luces los habían cubierto pudorosamente para su supuesto descanso eterno. No supo explicar tampoco las extrañamente maltratadas condiciones de su sexo.

Publicado el caso en el diario, las autoridades correspondientes “aclararon” oficialmente que al cuerpo se le había realizado la autopsia antes de su inhumación y que por lo visto en las fotografías, que como digo mostraban a las claras la falta de cicatrices que desmentían la versión oficial,, evidenciaban que al cadáver no presentaba signos de necrofilia, aunque las fotos eran dramáticamente evidentes al respecto.
No hubo investigación, no hubo acciones, se archivó la causa judicial interpuesta posteriormente por la familia…

Aquel tétrico cementerio, más tétrico desde mi punto de vista, después de aquella vivencia, nos dio material para muchos otros números del periódico, aunque nunca tan dramático y deleznable como el acontecido en aquella ocasión..

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