Una discriminación medieval en una sociedad que se jacta de ser moderna y tolerante

Hace dos años colgué en el blog “Pollo Frito y Macarrones”, visible pero inactivo porque dio paso a “Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador”, un spot titulado “José Miguel Stahl Venegas”.

Como quiera que en ese blog solamente colgaba experiencias y anécdotas personales, ese escrito se refería a mi primo José Miguel, trágicamente fallecido en 1972, el día que cumplió los 18 años, en un país extraño donde participaba en un intercambio estudiantil y lejos de su familia, que le esperaba de regreso al día siguiente, con una fiesta sorpresa de cumpleaños.Quizás sea conveniente leer aquel artículo, haciendo click en el enlace (José Miguel Stahl Venegas) para comprender mejor este.
La cosa es que después de tanto tiempo, esta semana he recibido el comentario al respecto de uno de sus compañeros de colegio  que a pesar de ser amable y correcto, lo he asimilado como una puñalada. Tal vez no por su contenido, que ya digo, es amable y correcto, sino porque ratifica todo lo que he escrito sobre Chile, país donde pasé tantos y buenos años y donde tengo amigos de por vida. En mis escritos sobre el país y su gente he hecho referencia a una estructura de clases sociales tan exagerada que se convierte en caricaturesca y que requiere de la reconversión acomodaticia de apellidos ordinarios tanto vascos como castellanos, en símbolos de una inexistente ascendencia aristocrática para intentar conseguir que el carbón tenga una lejana similitud con el diamante.
Este es el comentario:
“.Por una tremenda casualidad me he topado con tu artículo sobre José Miguel Stahl. Él y yo fuimos compañeros de curso en el Colegio Mackay durante años. Lejanamente supimos que había muerto en el extranjero y jamás volvimos a saber nada de su familia.
Y aquí viene lo curioso y contradictorio: josé Miguel era lo más opuesto que te puedas imaginar a la descripción que de él haces. Era huraño, poco sociable, de muy pocas palabras y rara vez lo verías reír. Incluso era algo violento. Esto me hace pensar que quizás no se sentía cómodo en el colegio, algo nada de raro en un colegio que era un verdadero reino de la discriminación y la intolerancia. De hecho, recuerdo que se reían de él por su aspecto achinado…..”
Como podréis apreciar, es un mensaje neutro, objetivo en su intención y que a pesar de las diferentes apreciaciones, no desdice mis afirmaciones porque como soslaya el firmante, el caracter y comportamiento sociable de José Miguel, pudo estar condicionado por el entorno escolar.
Y ahí está el meollo del asunto. Mi primo, de madre chilena y padre panameño, integrante de una familia que en Caracas ostentó en su momento y durante varias décadas, una posición social y económica, sin necesitar artificios, ni superficialidades, que de llevarla a una odiosa comparación, le convertiría probablemente en el mejor situado y respetable de unos compañeros que, según se lee en la nota, y eso,es lo que encuentro indecente, le “discriminaban por su aspecto achinado”*, o sea por ser diferente, pero diferente no sé a qué o a quién, pues me he ido a ver fotografías de alumnos del Colegio Mackay de Viña del Mar, que es el centro educativo donde estudió , cuna laica de esa aristocracia de papel y creedme -lo afirmaré no sin antes pedir perdón por la torpeza a la que me arrastra la rabia- ninguno de los chavales congelados en las imágenes, pasarían, desde el rasero de medir de aquella sociedad, por una eventual prueba de presunta aristocracia. Todos tienen, para que os hagáis a la idea. un cierto parecido antropológico con Pinochet o con el Pepe Cortisona o con el “Garganta de Lata” personajes del popular y divertido comic costumbrista chileno, Condorito.
Y ya que hemos mencionado a esas creaciones de Pepo, José Miguel, si es por buscar semejanzas, la tenía con el “Comegatos”, pero en guapo.
Amén.-

*José Miguel reunía en su rostro los rasgos típicamente “aindiados” del chileno medio, el color de piel moreno  y  labios gruesos legados por su padre panameño que se enorgullecía de ser mulato y unos ojos, en efecto “achinados”,  intensamente verdes, heredados del abuelo paterno, alemán judío.

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Un comentario en “Una discriminación medieval en una sociedad que se jacta de ser moderna y tolerante

  1. Estimado Ricardo:

    No puedo sino estar de acuerdo con tu descripción y apreciación de nuestro arcaico medio social chileno. Es algo muy trágico y que compartimos con gran parte de los países de América Latina. Tal como dices, ninguno de los compañeros de José Miguel en el Colegio Mackay habríamos pasado —ni pasarían los alumnos de hoy— “una eventual prueba de presunta aristocracia”. El arribismo es un cáncer terrible e incurable que traspasa la clases sociales de Chile; presume tanto el pudiente como el desposeído, el letrado como el analfabeto. En tales ambientes, nadie muestra todas sus cartas, todos somos lo que no somos.

    Cuando leí tu artículo original sobre José Miguel, me impactó fuertemente el descubrir con casi 40 años de retraso que allí él era lo que no era, que fue una de las tantas víctimas de nuestro retraso social. Sin duda el tono de mi comentario pecó de objetivo y distante, pero la intención fue de acercamiento con ese pasado que, pareciendo ya superado, es capaz —luego de tantos años— de golpearnos con su cara más oscura y menos noble.

    Un sincero saludo.

    José

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