POLUCIÓN NOCTURNA

Una vez, hace muchos años, tuve un sueño. Ese sueño me llenó de dulzura y lo volqué en un cuento. Me senté frente a mi para entonces nueva máquina de escribir, una Olympia portátil, pero de esas duras, de hierro, que me había regalado mi padre cuando cumplí años en 1964. Cogí tres folios, dos papeles carbón (porque aunque parezca que son cosa de toda la vida, los PC domésticos no existían en los 60) y me puse a contar mi onírica historia en la virgen hoja blanca.
Fue una conseja, como todas las que escribí por aquellos tiempos, que transcurría a saltos entre una vida atormentada pero llena de sentimientos y una muerte que era una nueva vida tras dejar el capullo corporal.
Caminaba a mis quince tiernos años, por senderos desconocidos en un país de fantasía. No buscaba nada. Es más, no tenía nada que hacer por aquellos luminosos parajes donde el suelo era violeta y los árboles rojos, el cielo negro y las nubes rosas. No había ruidos… ni mis pasos lo hacían. No había sombras… ni mi cuerpo las generaba. Es más, ni siquiera sé si tenía cuerpo porque solo percibía el entorno.
Y el entorno de pronto se hizo opaco con una amplia variedad de tonalidades marrones y el sueño y la necesidad de descanso se apoderaron de mi ser que en sueños tenía otro cansancio y otro sueño innecesarios porque ya los disfrutaba.
Las siluetas de unas casas, tristes, viejas, abandonadas, deslucidas, con huecos por puertas y oscuros ojos por ventanas, se perfilaron en la nada y en una de ellas que no veía, supe que encontraría una cama, con mantas de plumas y suaves y perfumadas sábanas y hacia ella me dirigí sin caminar, y, sin luz, brillaba en medio de una estancia enorme, llena de imaginados lujos e invisibles muebles, una cama de sábanas muy blancas que me invitaba en mi propia necesidad a recostarme, a soñar en mi sueño, pero una voz dulce, etérea, tierna, cantarina aunque sin cuerpo, me susurró al oído un “te amo” tan intenso, tan íntimo, tan sugerente, que me deshice de mi ropa con la rapidez de la fantasía, me tiré en la cama de mentira y sobre mí se extendió con su larga belleza sin cuerpo y sin rostro, con su suave cabello hecho de alegres luces y el calor de todos los sentimientos románticos del mundo, la chica más preciosa que jamás padáis llegar a imaginaros.
Entre susurros, gemidos, placer y sudores, hicimos el amor, creo que cien veces, o tal vez fueron mil, o a lo mejor sólo una con la fuerza de un millón, pero lo hicimos,
Finalmente, durmiendo en mi sueño de verdad, también me dormí en el sueño de mi sueño.Y de pronto desperté del sueño de mi sueño y me encontré tirado en el suelo de una casa abandonada en un pueblo solitario que nunca encontraréis en plano alguno, ni en historias, ni en crónicas, ni leyendas, más que aquí. A mi lado, también tirada, yacía una figura sin más formas que las de un esqueleto ennegrecido, vestido con trozos de carne seca y supe que era el amor fantasma de aquella noche apasionada. Me arrodillé junto a los restos, besé en la frente su fría calavera y con la blanca sábana que emergió oportuna, la cubrí con cariño, y… los primeros rayos de sol, la resposabilidad de ir a clase, la voz lejana de mi padre llamándome y los localizados y siempre pequeños aunque molestos estragos de una polución nocturna me indicaron que comenzaba un nuevo día… de verdad.

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