Se llamaba Viviana


El caso de Viviana no tuvo más historia que la que duró; un par de semanas, tal vez algo más, pero no mucho.

Comenzó en el primer día del curso del 60, o sea tendría yo  11 años.

Estábamos los más o menos mil alumnos del cole de curas, formados para entrar cada grupo a su salón, cuando hizo su aparición Viviana. En realidad no sé, ni lo supe, ni nunca supimos, cómo se llamaba en realidad. El nombre de Viviana nació algo así como por combustión espontánea.

Apareció por la puerta principal de acceso, algo retrasado y con  pasitos cortos, la cabeza alzada orgullosamente, algo grande diría yo para su  menudo cuerpo, y meneando ostensiblemente sus estrechas caderas, se paseó por el patio en busca de su .clase

Varios silbidos de admiración acompañaron su delicado caminar hasta uno de los salones de quinto de primaria, o sea que tendría unos diez años.

Uno de los estudiantes, de pronto, le gritó “adiós Viviana” y Viviana o como se llamara frunció la nariz y levantó aún más su cabeza y el contoneo de caderas se acentuó.

Más silbidos y también chuleos.

Sentí lástima por aquella pequeña criatura. Lástima porque en su rostro se reflejaba dolor, tristeza, deseos de llorar y no tendría en ninguno de aquellos más o menos mil chavales, incluyéndome a ninguno que poseyese la suficiente valentía como para dar un paso adelante y ponerse de su lado. La tuvo, por contra, Madame Marie, la profesora de francés de primaria, que se acercó al chaval, lo cogió por el hombro y le buscó un lugar en la ordenada fila de entrada al salón de quinto, pero el orden se rompió. Sus nuevos compañeros se apartaron de él como de un apestado y el niño con su cara triste y ganas de llorar, se mantuvo orgullosamente sereno, aunque por dentro clamara, implorara, rogara por un poco de comprensión, una pizca de amistad, un atisbo de compañerismo y, sobre todo en aquel colegio, una pincelada de caridad cristiana.

Primero sus nuevos compañeros y después por extensión todos nosotros -sí, digo bien, todos nosotros- comenzamos a corear:

-Vi-via-na! ¡Vi-via-na!

Y aquello se repitió duariamente  en cada uno de los tres recreos del día, cuando Viviana, o sea el chico afeminado del quinto, se quedaba inmóvil en algún rincón del amplio patio, sintiendo las miradas de desdén, oyendo los comentarios inoportunos, los gritos de “maricón” y el coro que acompañaba las campanadas del reinicio de las clases al grito de “Vi-via-na… Vi-via-na”.

Una semana más tarde, durante la cual nada había cambiado, Juan Pablo y yo, conmovidos por el evidente dolor emocional del chico, tomamos la decisión de darle nuestro apoyo, brindarle nuestro compañerismo, si era posible hasta nuestra amistad. Sin embargo, nuestra quijotada se estrellaba cada mañana, cada recreo, cada término de la jornada escolar, con los gritos de “Vi-via-na… Vi-via-na”, a los que como unos corderos sin personalidad terminábamos uniéndonos.

Un día el niño dejó de ir al cole, en un intento quizás en vano de sus padres, porque algún día fuese respetado.

Con seguridad pasarían para ello, muchos años.

Lo más curioso de aquella corta historia  fue que entre el grupo que se erigió como líder del rechazo hacia aquel niño afeminado, hay hoy dos eminentes y respetados, homosexuales declarados, y muy orgullosos de su condición.

¿Se acordarán de su… digo, nuestra… infamia?

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